InicioIBEROAMERICAEL HILO DE PÓLVORA QUE DESNUDA LA CRISIS MIGRATORIA EN RD

EL HILO DE PÓLVORA QUE DESNUDA LA CRISIS MIGRATORIA EN RD

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La trágica protesta en el principal polo turístico de La Altagracia y la avalancha en el recinto deportivo de la capital no son hechos aislados, sino los síntomas crudos de una autoridad que parece correr siempre un paso por detrás del desborde demográfico.

La semana que acaba de transcurrir deja sobre la mesa una radiografía cruda de la realidad migratoria e institucional en la República Dominicana. Lo que a simple vista parecen dos eventos aislados —el caos en el Estadio Olímpico de la capital y las protestas en la zona turística de Verón— son, en rigor, síntomas de un mismo desborde que el aparato estatal parece perseguir siempre un paso por detrás.

Aquí no hay coincidencias, sino un hilo conductor que conecta la ebullición social en distintos puntos de la geografía nacional.

Lo ocurrido este fin de semana en Villa Playwood, Verón, es el desenlace trágico de una tensión acumulada. Un operativo de la Dirección General de Migración (DGM) terminó con el fallecimiento de un joven haitiano, lo que desató una protesta inmediata y atípica: decenas de ciudadanos haitianos se lanzaron a las calles intentando trasladar el cuerpo de su compatriota hasta el mismísimo cuartel policial.

Esta reacción colectiva en el corazón del principal polo turístico y económico del país (Punta Cana – La Altagracia) levanta suspicacias evidentes. Ya no se trata de la evasión silenciosa ante la «camiona» de Migración, sino de una confrontación abierta y una exhibición de fuerza demográfica frente a las autoridades. El Estado se encuentra atrapado en su propio laberinto: por un lado, la presión social interna y el mandato de aplicar la ley migratoria; por el otro, la dependencia estructural de esa misma mano de obra en la construcción y los servicios de la zona Este, lo que convierte cada operativo en un potencial detonante de violencia.

Para entender el avivamiento de los ánimos en Verón, hay que mirar lo que ocurrió apenas 48 horas antes en el Distrito Nacional. El partido de la Liga de Naciones de Concacaf entre República Dominicana y Haití el pasado jueves 1 de octubre, que terminó con una victoria haitiana 4-1, pasó a un segundo plano ante el espectáculo extradeportivo.

Las imágenes de multitudes forzando los accesos y derribando portones en el Estadio Olímpico Félix Sánchez para ingresar al recinto fueron elocuentes. La abrumadora mayoría de fanaticada haitiana superó cualquier protocolo de seguridad previsto por los organizadores. El mensaje que quedó flotando en el ambiente —y que encendió las redes sociales y el orgullo nacionalista dominicano— fue el de una autoridad rebasada en su propio territorio.

El rebú del Olímpico sirvió como un catalizador del discurso público. Ver a una multitud extranjera desbordar el principal recinto deportivo de la capital generó una onda expansiva de indignación y exigencias de «mano dura» en la opinión pública.

La relación entre ambos episodios es directa, no porque los actores sean los mismos, sino porque el clima psicológico es idéntico.

El incidente en el estadio alimentó la narrativa de que las instituciones dominicanas son incapaces de mantener el orden frente a la masividad de la diáspora haitiana.

Con la opinión pública enardecida por las imágenes del Olímpico, las autoridades migratorias sienten la presión inmediata de mostrar control y efectividad, endureciendo los operativos en zonas de alta concentración como Verón.

Al incrementar la presión de las repatriaciones en comunidades que ya se sienten empoderadas o numéricamente fuertes, el choque frontal es cuestión de tiempo, resultando en tragedias como la de Villa Playwood.

Asistimos a una dinámica de acción y reacción donde la falta de políticas de largo plazo, sumada a la histórica mirada de reojo a los controles fronterizos y laborales, pasa factura. La ironía del asunto es que mientras en los despachos se firman acuerdos y se anuncian planes de regularización o deportación, la realidad impone su propio ritmo en los estadios y en los barrios obreros del Este.

La interrogante que queda en el aire no es si habrá un próximo incidente, sino dónde ocurrirá y si, para entonces, el Estado habrá aprendido a prevenir el incendio en lugar de correr a apagarlo cuando ya las puertas están rotas.

-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com    https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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