Piero se despide de un continente que aún arrastra los pies
Sobrevivió a las listas negras, a la censura de los censores de turno y a la bota militar de la década del 70, pero finalmente la biología hizo lo que las dictaduras no pudieron. Este miércoles, el silencio se apoderó de las redacciones y los tocadiscos: Piero de Benedictis, el «Tano» que le cantó a las verdades incómodas de nuestra América, falleció a los 81 años en un hospital de Buenos Aires, derrotado por una severa neumonía. Su familia, con la sobriedad que escasamente se ve en la farándula de hoy, confirmó que la voz de la «música propuesta» ha pasado a la posteridad.
«Mi viejo»: Anatomía de una explotación disfrazada de homenaje

Si hay algo que despierta suspicacia es cómo la maquinaria comercial intenta domesticar el arte. A estas alturas, «Mi viejo» —aquella joya esculpida a medias con el periodista José Tcherkaski— ha sido secuestrada por el mercantilismo para vender tarjetas y perfumes cada Día del Padre. Pero en esta tribuna leemos entre líneas: esa canción nunca fue una balada edulcorada. Fue, y sigue siendo, una radiografía brutal y melancólica del hombre latinoamericano explotado. Ese «buen tipo» de caminar lerdo, sangre lerda y figura encorvada no era solo el padre de Piero; era el retrato hablado del trabajador de nuestro continente, aplastado por el peso sistémico y las deudas que nunca terminan de pagarse.
Mientras algunos se conformaban con cantarle al amor de primavera, Piero empuñó la guitarra como un bisturí social. Se convirtió en un pilar indiscutible de la Nueva Canción Latinoamericana, codeándose con gigantes de la talla de Mercedes Sosa. Y, claro está, a los regímenes totalitarios nunca les ha gustado que el pueblo cante cosas con sentido. Con el asalto al poder de la junta militar argentina en 1976, sus letras se volvieron material subversivo. Temas como «Para el pueblo lo que es del pueblo» le ganaron un boleto de ida al exilio en España.
Fiel a su picardía intelectual, él rechazaba el término facilista de «canción protesta». Lo suyo, decía, era «música propuesta». Una diferencia semántica punzante: no bastaba con quejarse del opresor, había que tener la decencia de proponer un país mejor. Algo que a muchos de nuestros políticos caribeños de hoy todavía les cuesta entender.

El eco inagotable en el Caribe y el refugio colombiano
Las fronteras nunca pudieron contener su mensaje. Si bien Colombia lo abrazó, otorgándole la nacionalidad en 1994 y nombrándolo Embajador de Paz por su trabajo con los más vulnerables, su impacto en la República Dominicana fue innegable. Sus vinilos y casetes circularon por nuestras calles, educando política y sentimentalmente a una generación de dominicanos que, saliendo de sus propias turbulencias históricas, exigían verdades sin filtro. Sus acordes resonaron en las aulas, en las peñas literarias y en los colmadones de un Santo Domingo que aprendía a leer el mapa geopolítico a través de sus estrofas.
Hoy, el periodismo y la cultura lo despiden sin falsas lágrimas de cocodrilo, pero con el respeto que merece un gigante. Piero ya es su silencio y es su tiempo. A los que nos quedamos de este lado del pentagrama, nos toca seguir lidiando con los mismos males que él denunció, esperando que, alguna vez, el pueblo de verdad reciba lo que es del pueblo. Buen viaje al querido viejo.
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