Crónica de un Trump despechado y la rebelión de los vasallos europeos
Por la redacción de TeclaLibre
Desde la Casa Blanca, con ese inconfundible tono de quien siente que le han estafado en un trato de bienes raíces, Donald Trump ha vuelto a sacar la artillería pesada. ¿El blanco del día? España.
Para el mandatario estadounidense, Madrid ha pasado de ser un aliado estratégico a un inquilino moroso que busca vivir de arriba. «España es nuestro espectáculo. España es terrible, incluso desde el punto de vista de ustedes. Es decir, no quieren pagar nada. Creen que les van a regalar algo», masculló esta jornada ante la prensa. Lo dijo con el ceño fruncido de quien acaba de descubrir que, en la geopolítica de alto vuelo, la lealtad ciega ya no se puede comprar ni amenazando con la tarjeta de crédito. «No es un buen compañero, para nada», sentenció.
Pero la rabieta no terminó en la Península Ibérica. Como quien repasa, lleno de rencor, la lista negra de invitados que lo dejaron plantado en su propia fiesta, el líder republicano repartió decepciones al por mayor contra los históricos de Europa. Y es que a Washington le ha sentado a cuerno quemado que el Viejo Continente no quisiera subirse al vagón de su nueva aventura bélica —esa nada disimulada guerra de agresión contra Irán que inauguró el pasado mes de febrero—.
«Me decepcionó Italia. Me decepcionó el Reino Unido… Nos decepcionaron Alemania y Francia. Nos decepcionó la mayoría», soltó, en tono de mártir incomprendido. De paso, aprovechó para lanzar una paladita de tierra sobre el recién evaporado primer ministro británico, Keir Starmer: «Ya saben, tuvo muchos problemas». Trump, siempre tan empático con las desgracias ajenas.
La madre de todas las pataletas
¿De dónde viene tanto despecho transatlántico? Para entender esta telenovela hay que rebobinar la cinta hasta principios de marzo. Pedro Sánchez, en un arrebato de soberanía que en el Despacho Oval todavía no terminan de procesar, le cerró la puerta en las narices al Pentágono: se negó en rotundo a ceder dos bases militares españolas para escalar el polvorín en Asia occidental, tachando de «guerra ilegal» la cruzada estadounidense-israelí.
Trump, fiel a su estilo de diplomacia de mazo y tuit, respondió como un capo contrariado. Amenazó con cortar «todo comercio» con el país ibérico y, en un alarde de profundo respeto por el derecho internacional, amagó con usar las instalaciones castrenses a la fuerza, le gustara a España o no.
La jugada, sin embargo, le salió rana. La Unión Europea, en un inusual y milagroso momento de cohesión espinal, cerró filas con Madrid. Francia, Italia y el Reino Unido hicieron mutis por el foro y le dieron la espalda a la escalada bélica, dejando a Trump más solo que en una convención de energía solar. El quiebre en el seno de la OTAN fue de proporciones épicas y, a día de hoy, las grietas siguen produciendo crujidos y un incesante intercambio de dardos envenenados.
Por si la tensión geoestratégica no fuera suficiente, el culebrón atlántico tiene su indispensable dosis de patio de colegio. La semana pasada, el Comandante en Jefe decidió que era buena idea enzarzarse en un pleito de redes sociales con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.
Según la versión —siempre imaginativa— del magnate, Meloni le habría suplicado poco menos que de rodillas por una fotografía con él durante la cumbre del G7. La lideresa italiana, que no suele morderse la lengua, lo negó categóricamente. ¿La madura respuesta de Trump? Burlarse de los índices de popularidad de la premier. Ella, con la paciencia ya en números rojos, le sugirió elegantemente que se metiera en sus propios asuntos.
Así están las cosas en el vecindario occidental. Aliados que se miran de reojo, guerras de las que nadie quiere ser cómplice, y una Casa Blanca que, cada vez más, se parece al confesionario de un reality show donde el guión dicta que los «malos compañeros» siempre son los demás.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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