La búsqueda de los aerotécnicos salvadoreños ha movilizado refuerzos y respaldo internacional. La pregunta es cuánto del despliegue responde al rescate y cuánto a una ofensiva cuyo alcance todavía debe explicarse.
Por Luis Rodríguez Salcedo | TeclaLibre
En Haití, cuatro hombres desaparecieron después de una emboscada y, detrás de su rastro, comenzaron a llegar soldados. La urgencia del rescate resulta comprensible. Lo que exige explicaciones es hasta dónde llegará una operación que puede terminar persiguiendo objetivos mucho mayores que localizar a los desaparecidos.
El ataque ocurrió el 18 de octubre en Santo, Croix-des-Bouquets. Según la versión militar salvadoreña, los cuatro aerotécnicos consiguieron abandonar el vehículo blindado incendiado y después se perdió contacto con ellos. Al cumplirse quince días, seguían sin confirmación pública su paradero y su estado.
Uno tiene nombre conocido: Edimar Rosales, de 23 años. Sus familiares relataron a Univisión que recibieron audios y videos enviados durante la agresión. Esa familia pone rostro a una angustia que los comunicados suelen despachar con números. Las identidades de sus tres compañeros no aparecen divulgadas en las fuentes consultadas.
Pero mientras escasean las respuestas sobre los hombres, crece la dimensión de la respuesta militar.
Le Nouvelliste documentó la llegada de más de un centenar de soldados salvadoreños el 22 de octubre para participar en la búsqueda. Reuters informó posteriormente de un despliegue cercano al millar, según una fuente, y del apoyo estadounidense con aviones de transporte C-130. Las cifras corresponden a momentos distintos de una movilización en expansión.
Aquí comienza la pregunta incómoda: ¿qué parte del despliegue busca localizar a los cuatro y qué parte corresponde ya a una ofensiva más amplia, con qué mando, recursos y condiciones de salida?
Enviar refuerzos no demuestra que exista una agenda encubierta. Una búsqueda en territorio controlado por bandas puede requerir protección, inteligencia y capacidad de respuesta. Sin embargo, tampoco basta pronunciar la palabra «rescate» para explicar todas las operaciones posteriores.
El analista salvadoreño Luis Contreras planteó a Reuters la posibilidad de que parte de los refuerzos actuara fuera de la cadena de mando de la misión internacional. Es una valoración que necesita comprobación, pero coloca el dedo donde corresponde: quién ordena, quién supervisa y quién responde.
Bukele también ha comprometido capital político. Romain Le Cour, director del Observatorio de Haití de Global Initiative, señaló a BBC Mundo que el mandatario presentó el episodio como una toma de rehenes y prometió recuperarlos vivos. Esa promesa eleva el costo político de cualquier desenlace adverso; no constituye, por sí misma, prueba de manipulación.
Para República Dominicana, el asunto tampoco queda lejos. Abinader ha respaldado públicamente la defensa de los salvadoreños. Ese apoyo hace pertinente preguntar qué compromisos acompañan la solidaridad y qué límites tiene la colaboración dominicana.
Las respuestas deben incluir el objetivo final, la coordinación con Haití, la protección de civiles y las circunstancias que permitirían reducir o retirar el despliegue. Si los cuatro aparecen, ¿concluye la operación o comienza otra etapa?
Reservar movimientos puede proteger un rescate. Mantener borroso el destino de una intervención protege decisiones políticas. Y cuando llegan más tropas que explicaciones, preguntar deja de ser suspicacia: se convierte en obligación periodística.
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