Son las nueve de la mañana y la temperatura en Al Mawasi, zona costera del sur de la franja de Gaza donde se hacinan centenares de miles de desplazados, supera ya los 30 grados. “Pero por la humedad parece que hace más calor y dentro de la tienda de campaña ya no se puede aguantar durante el día, porque literalmente nos derretimos”, explica Hajar al Ghoul, profesora de 30 años. Sus armas para hacer frente a estas temperaturas son un plato de plástico que usa como abanico y una precaria ducha construida por la familia, que consiste en entrar a una rudimentaria cabina fabricada con madera y plástico y echarse un cubo de agua por encima. Eso cuando hay suerte y los camiones cisterna humanitarios llegan hasta la zona para hacer un reparto.
Seguir leyendo



