Lula saca los cuchillos largos: Pánico rojo, asesinos en pantalla y un Flávio Bolsonaro que ya saborea el pastel
El viejo zorro se quitó los guantes de seda. La noche del 4 de octubre, los números cayeron como un balde de agua helada en el búnker del Partido de los Trabajadores (PT): un 45,16 % que sabía a derrota frente al 47,03 % del heredero del bolsonarismo, Flávio Bolsonaro. ¿La respuesta de Luiz Inácio Lula da Silva? Tirar al zafacón el discursito diplomático sobre los «logros de su gestión» y activar la maquinaria del lodo, el miedo y la guerrilla psicológica. Bienvenidos a la segunda vuelta, donde ya no se buscan votantes, se cazan supervivientes.
El morbo vende: La carta de los «asesinos»
Con la suspicacia de quien sabe que el tiempo se agota, el jefe de Estado soltó a los perros esta semana. A través de sus redes, Lula compartió una joyita audiovisual de minuto y medio titulada «Los asesinos votan a Bolsonaro». Pura pornografía política. En la pieza desfilan celebridades del pabellón penitenciario brasileño: Cristian Cravinhos, el infame exgoleiro Bruno y la macabra Flordelis, todos confesando su simpatía por el candidato del Partido Liberal (PL).
La jugada es una respuesta envenenada a una provocación previa de Flávio, quien había tenido la osadía de preguntar en un mitin si un homicida preferiría votar por Lula o por un Bolsonaro. El PT, que ya había coqueteado con este material en agosto, ahora le estampa el sello presidencial. Es el morbo servido en bandeja de plata: «Si el diablo vota, vota por mi enemigo».
El «cuco» de los recortes: Activando el factor pánico
Pero el morbo no camina solo; necesita de la paranoia. En paralelo, la campaña oficialista encendió la sirena del miedo. Lula le está diciendo a los brasileños que si Flávio pisa el Palacio de Planalto, pueden ir despidiéndose de la Farmacia Popular, de Minha Casa Minha Vida, de los médicos y hasta de la comida en las escuelas.
Con un video que desempolva los fantasmas de la austeridad de la era de Jair Bolsonaro, el PT remata con un eslogan que huele a exorcismo: «Los Bolsonaro, nunca más». La picardía detrás de esto es evidente: Lula sabe que no puede ganar hablando de su gobierno, así que necesita convertir el balotaje en un plebiscito sobre el «monstruo» de la derecha. Polarizar por repulsión.
Mientras tanto, Flávio amarra la faja (y los votos)
Y mientras el PT tira patadas voladoras, ¿qué hace Flávio Bolsonaro? Lo que manda el manual del buen político: sumar y repartir (o al menos prometer que va a repartir).
El candidato de la derecha agarró sus maletas, se fue a Goiânia y montó un show de unidad con Ronaldo Caiado (PSD), el conservador histórico y cacique del agro que quedó quinto en la primera vuelta con 2,6 millones de votos. En un acto donde sobraron los abrazos y faltaron las distancias, Caiado le juró amor «de cuerpo entero». Aunque el PSD nacional se lava las manos, la derecha se está alineando. Flávio, muy zorro él, evitó prometerle un ministerio en público, pero dejó caer que tienen una «convergencia del 115 %», dejando que la grada coreara «¡Caiado ministro!». Augusto Cury y otros derrotados ya están guiñando el ojo. La derecha huele sangre y se está uniendo para el festín.
La maldición matemática: ¿Crónica de una muerte anunciada?
Las encuestas, esos termómetros que ponen a sudar frío a los estrategas, no traen buenas noticias para el oficialismo. Datafolha pone a Flávio respirando tranquilo con un 52 % de los votos válidos frente a un 48 % de Lula. AtlasIntel/Bloomberg es aún más cruel (52,8 % a 47,2 %), y PoderData/Aya sentencia un 53 % a 47 %.
Pero hay un dato que atormenta los pasillos de Brasilia: desde la redemocratización, ningún candidato que ha quedado segundo en la primera vuelta ha logrado voltear la torta en la segunda. Es cierto que la diferencia (1,87 puntos) es la más pequeña desde 1989, una ventana por donde apenas entra un hilo de luz. Pero la historia no perdona: el que pega primero, se queda con la silla.
¿Milagro rojo o extremaunción?
Para que Lula logre el milagro, los astros tienen que alinearse de una forma casi esotérica. Necesita exprimir su bastión en el Nordeste hasta la última gota, pellizcar votos huérfanos del centro-derecha y lograr que el asco hacia Flávio sea más fuerte que el histórico «anti-petismo» (ojo: el 25 % de los votantes de Flávio lo apoyan solo por ver caer a Lula, mientras que solo el 13 % de los de Lula votan por él para frenar a Flávio).
La estrategia del miedo y la criminalización es una ruleta rusa. Puede encender a sus bases, sí, pero también corre el riesgo de victimizar a Flávio, regalándole la codiciada corona de «perseguido político». Con los debates a la vuelta de la esquina y la propaganda en TV al rojo vivo, Flávio llega con la inercia del ganador y los bolsillos llenos de aliados.
Lula no está noqueado, porque en la política brasileña los muertos a veces resucitan. Pero el repecho es empinado, las piernas pesan y, a estas alturas, la carga de la prueba —y el sudor de la desesperación— corren por cuenta del PT. Preparen las palomitas, que este desenlace promete sangre, sudor y mucho morbo.
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