InicioESTADOS UNIDOS“Nadie en la Argentina está preparado para todo lo malo que viene”

“Nadie en la Argentina está preparado para todo lo malo que viene”

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por Eduardo Saldaña

El sociólogo y antropólogo argentino Pablo Seman, explica la crisis política que vive el país y cómo ha disparado la popularidad del libertario Javier Milei.
Pablo Semán: “Nadie en la Argentina está preparado para todo lo malo que viene”
 Pablo Semán durante una charla en 2015. Fuente: Ministerio de Cultura de Argentina (Flickr)

Argentina enfrenta uno de sus momentos políticos más convulsos. Javier Milei, con su discurso libertario y contra la “casta”, ha conseguido crear un movimiento de derecha popular que va camino de conquistar las urnas. Sin embargo, su éxito no se entiende sin los errores de la izquierda y la derecha tradicional en los últimos años. La aparición de Milei es el resultado de décadas de crisis económica, insatisfacción con la política tradicional y una desconexión entre el liderazgo kirchnerista y la calle.

Pablo Semán (Buenos Aires, 1964) es sociólogo y antropólogo especializado en culturas populares y religión, e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina y profesor del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Lleva años analizando el giro libertario de la derecha popular argentina y se muestra pesimista sobre el futuro del país más allá de quién gane las elecciones presidenciales.

Fuera de Argentina el fenómeno de Javier Milei se suele enfocar desde la excentricidad del personaje, pero es necesario ir más allá. ¿Qué explica el auge de ese perfil?

Te daría dos grandes coordenadas para alguien que no está en Argentina. Hay un proceso de mediano plazo que tiene que ver con la salida de la crisis de 2001 y la caída de la convertibilidad. Esto dejó grupos importantes de ciudadanos que se adherían a propuestas neoliberales que incluso eran excluyentes. Esa ciudadanía volvió a encontrar oportunidad de crecimiento político a partir de 2007 y de 2011, cuando el kirchnerismo creía que estaba en su cénit, pero probablemente estaba empezando a irse a pique.

La propia política del kirchnerismo facilitó que surgieran grupos nuevos de ciudadanos que se sumaron a la vieja resistencia neoliberal. Desde 2012 hay un crecimiento continuo de propuestas que están cada vez más a la derecha, desde el punto de vista de las dirigencias políticas. Contienen demandas antielitistas y críticas de la política. Se abrió el espacio para el crecimiento de una fuerza demagógica de derechas. Para mí era claramente visible ese año, cuando se produjo una de las manifestaciones más grandes que yo vi en la democracia. Escribí un artículo que se llama “Un sujeto en plan de nacer”, donde decía que todo lo que el kirchnerismo iba dejando fuera se iba a unificar contra el kirchnerismo en el frente amplio de la libertad. Ese es el proceso de largo plano: las viejas filas neoliberales ampliadas y resignificadas por las exclusiones kirchneristas, que armaron el antagonismo creyendo que les saldría a favor.

Milei crece en muy buena parte en Argentina por la irresolución del problema económico

Después hay otra cosa con la que yo quisiera polemizar, más que explicar: hay una tentación de vincular el crecimiento de Milei a fenómenos parecidos. Efectivamente, hay un escenario internacional que le permite posicionarse y crecer, y corrientes globales que fortalecen derechas extremas o radicales que favorecen la existencia de sujetos como Milei. Pero de la misma manera que la izquierda decía al inicio del siglo XX que el nacionalismo es el refugio de los pícaros, hay que pensar acá que el globalismo interpretativo, no como ideología, también es el refugio de los pícaros. No se quieren hacer cargo de su responsabilidad política en el crecimiento de Milei en Argentina. En el crecimiento abrupto y para muchos inesperado del mileísmo media también una responsabilidad política de las fuerzas que se suponía estaban en contra.

Hay una tercera cuestión: Milei crece en muy buena parte en Argentina por la irresolución del problema económico. Es mucho más una reacción por el problema económico clásico de la Argentina que por otras cuestiones que hacen reaccionar, por ejemplo, en España a las derechas y a Vox. Justamente por eso puede ser una fuerza tan masiva. Vox no se tragó al PP entero, y en cambio acá [el mileísmo] sí se está comiendo al equivalente al PP, Cambiemos, aunque ese partido también ya se había voxizado o bolsonarizado.

Entonces hay tres ejes que yo combinaría en una explicación de Milei: el mediano plazo, no fundirlo en una interpretación puramente global y una reacción contemporánea a los cuarenta-cincuenta años de irresolución, del trauma de cómo afectó a Argentina la caída de Bretton Woods. Argentina no encontró una manera de insertarse en el mundo, y todas las maneras que encontró fueron fracasadas. El último peronismo vivió dramáticamente eso, la dictadura militar tampoco supo qué hacer más allá de todas sus intenciones criminales y la democracia también carga con eso. Son cincuenta años de evolución.

Milei también bebe de la desafección de los argentinos con el Estado. ¿Qué nos enseña su auge sobre el desencanto con esas fuerzas políticas tradicionales que prometieron cosas que el Estado no ha dado? De ahí que los votantes encuentren un refugio en ese libertarismo de Milei.

No son hipótesis incompatibles. Creo que el Estado en general, en Occidente y otros países, está en crisis. En el sentido de que los capitales de la información se mueven más rápido que los Estados y las subjetividades no se dejan encuadrar por estos. Es un fenómeno de por lo menos treinta años. En ese contexto, la política, los partidos, siempre intentaron actuar en los marcos de las viejas presuposiciones sobre el Estado. Incluso los partidos neoliberales y la socialdemocracia derechizada contenían una promesa acerca de las posibilidades de la política, pero terminaron siendo frustrantes porque la sociedad cambió. Cambió la forma de encastre entre Estado y sociedad, y los partidos fueron la polea de transmisión de esa nueva relación. En Argentina eso fue exacerbado, sobre todo a partir del 2000 y de la crisis de 2008, donde la imposibilidad de financiarse del Estado a la medida de esas promesas lo hacía fracasar cada vez más.

Ahí aparece otra situación histórica, que yo creo que cataliza y acelera el problema, y al mismo tiempo lo revela: la pandemia. El Estado creyó que era la oportunidad de legitimarse y salió a predicar la idea de que nadie se salva solo y a buscar la legitimidad de la salud pública. En paralelo ocurrió que todo era controversial por las condiciones del aislamiento y por la polémica que proponía el virus: no se sabe cómo enferma, de qué enferma, cuánto mata, cómo se cura, qué vacuna es buena… Entonces, la promesa de restaurar la razón estatal a través de la razón sanitaria derivó en la afirmación de que en realidad la única manera de salvarse es solo.

Y en ese contexto, en ese cambio social, ¿quién le habla a ese pueblo ahora?

En esa mutación de la sociedad y de la relación entre sociedad y Estado, el peronismo, que es una fuerza muy sensible y muy adaptativa, para mí permaneció dentro de los viejos marcos interpretativos, y dentro de los viejos marcos de la relación Estado-sociedad. El que pudo hablarle a eso, porque de alguna forma lo encarna, es Milei. Justamente, le habla una sociedad que espera otras cosas del Estado, y que se acostumbró y da por hecho que el Estado es el que es, no el que los partidos políticos tradicionales desearían que fuera.

¿Qué espera la sociedad argentina del Estado?

No hay una sola demanda. Por un lado, espera que ciertos bienes públicos sean administrados de forma equitativa, razonable y eficiente: la seguridad, la salud, la educación… Pero como a veces esos servicios son tan malos, el votante argentino tiene una fórmula alternativa: si no me vas ayudar, por lo menos no me jodas. Es decir, pide menos impuestos, menos intervenciones, menos trabas, todo ese tipo de reivindicaciones de libertad negativa, de no ser presionado.

Mucha gente siente que se salvó sola y quiere seguir salvándose sola

En este contexto, y producto no solo de la pandemia, mucha gente se encuentra con que ha tenido que sobrevivir sola y ha podido hacerlo. No estoy diciendo que sobreviviera bien, o que es lo que mejor que le podría pasar, pero sí que mucha gente siente que se salvó sola y quiere seguir salvándose sola. Y eso también pesa en la configuración de la demanda frente al Estado.

¿El peronismo, la izquierda, no supo leer el cambio? ¿En qué falló para no ver que la sociedad cambiaba a su alrededor?

El peronismo, para mí, que muchas veces he votado al peronismo, no es exactamente la izquierda, y menos en el sentido europeo de la izquierda. Podría decir que ha sido el partido de los de abajo, y que siempre ha logrado combinar intereses populares e intereses de las élites. En segundo lugar, el peronismo y buena parte de los partidos de izquierda, socialdemócratas o incluso los partidos de derechas no vieron el cambio de la relación entre sociedad y Estado. Confundieron la potencia de los instrumentos que manejaban por tener poder. Estaban todos en torres de control con radares muy poderosos que detectaban en algunas cosas, pero débiles para captar otras.

Pero en el peronismo y sobre todo su versión más kirchnerista sucedió algo: confundieron la oficialización del punto de vista con la hegemonía. La hegemonía gana los corazones y la cabeza de la gente; el punto de vista oficial a veces impone respeto. Cuando te va mal en todo, el punto de vista oficial ya ni siquiera es respetable y aparece una hegemonía muda. Es lo que estuvo vigente durante la mayoría de los últimos veinticinco años: el peronismo en su versión kirchnerista creyó ser hegemónico y en realidad fue una gran batalla defensiva contra una visión neoliberal de la sociedad. Pudo tener cierto éxito entre 2010 y 2013, pero después fue cediendo posiciones. Los dirigentes peronistas no lo vieron porque entre 2007 y 2015 se fueron radicalizando, y confundieron su radicalización con la de la sociedad. Y el hecho de que manejaran instrumentos poderosos del Estado les permitía mantener esa confusión.

Yo diría que desde 2008 la hegemonía neoliberal se fue recomponiendo. De hecho, tengo un lapso permanente, y es que cada vez que quiero hablar de oficialismo, hablo de la oposición. Porque en realidad la visión opositora coincide más con lo que está en la cabeza y la lengua de la gente. El peronismo no lo vio por las mismas razones que no lo vieron el resto de formaciones políticas. Pero además, fue más ciego que cualquier otra fuerza.

¿A qué se refiere cuando habla de radicalización del peronismo y de que no estaba en línea con la sociedad? ¿Hacia dónde miraba cada uno?

Para mí hay varios hitos: la resolución 125 de 2008 [que aumentó las retenciones a las exportaciones y provocó una huelga agraria nacional] y el triunfo de 2011 [la reelección de Cristina Fernández de Kirchner]. En 2008, el peronismo se volvió más homogéneo en una composición política que se define en términos conflicto: pueblo versus oligarquía. En 2011, el triunfo del 54%, que debe mucho a la recuperación económica, a que no se presentó Mauricio Macri y a que había muerto Néstor Kirchner, fue considerado como el triunfo de la línea dura. Se confundió el triunfo de un partido que lograba mantener más o menos bien las cosas en la economía, con el triunfo de una propuesta de agudización del antagonismo. Eso es lo que no vieron: que su propia radicalización no era igual al curso por el que caminaba la sociedad, que simplemente había dado un apoyo electoral, transitorio, condicional.

El peronismo no vio que su radicalización no era igual al curso de la sociedad

La pérdida de ese apoyo se vio reflejada un año después con una de las marchas más grandes de la historia de Buenos Aires. Y antes también, aunque no hubo movilización, con el accidente ferroviario de Once, donde buena parte de la credibilidad del kirchnerismo como organizador estatal fue puesta en duda. Yo en mi vida pocas veces escuché un silencio tan atronador como el silencio que viví en esa mañana, cuando murieron 52 personas. Y tengo muy claro cuáles fueron las circunstancias: en el ‘74 cuando murió Perón hubo ese silencio; en el ‘94 cuando a Maradona le echan del Mundial de Estados Unidos hubo ese silencio; y cuando fue el incendio de Cromañón en el que murieron 194 jóvenes. Fueron silencios angustiados de la sociedad. Yo percibí algo de ese mismo silencio en 2012 cuando ocurrió el accidente de Once.

No es lo mismo que una movilización de cientos de miles de personas, pero es muy significativo. En la movilización de 2012 se vio que el kirchnerismo giró para un lado y la sociedad estaba yendo para otro. Eso se terminó de convalidar cuando el kirchnerismo perdió la elección parlamentaria de 2013. El kirchnerismo estaba pensando en la reelección de Cristina y en hacer una reforma constitucional porque creía que tenía todo, y por otro lado la sociedad votó algo qué le puso fin a ese sueño.

¿El kirchnerismo se alejó de la gente al dejarse llevar por el personalismo y las rencillas internas?

En 2011 el kirchnerismo ve correctamente el programa del relevo de Cristina para la próxima elección, y al mismo tiempo se ve como un Gobierno sitiado, cosa que también es verdad. Porque tampoco es que la actitud de la oposición fuese amigable. Además, se ve como un Gobierno sitiado porque apenas gana la elección se empieza manifestar más gravemente la restricción externa que tiene Argentina económicamente. El gran problema económico que viene de hace cincuenta años.

El kirchnerismo ve todos esos problemas y apuesta por una estrategia de verticalización absoluta en torno a Cristina. Además, una parte de lo que queda por debajo asume a Cristina como infalible. Ella no se asume como infalible, pero el cristinismo la asume como infalible. Yo diría que fue peor el cristinismo que Cristina. De todas maneras, para mí era una estrategia que no funcionaba en un contexto muy difícil para el kirchnerismo porque sus oposiciones estaban también dispuestas a todo.

Cabe preguntarse si la gestión de ese declive fue la correcta. Muchos pensamos que ese declive se podía haber gestionado de otra manera. La formación de una fuerza política verticalista y excluyente no solamente llegó a gestionar mal ese declive, sino que llevó a no tener capacidad de renovar al peronismo para llegar a 2019 mucho mejor de lo que se llegó. El peronismo llega al 2019 muy mal, partido entre sectores que hicieron un acuerdo electoral. Sin embargo, había muy mala fe por parte de los dos principales actores de ese acuerdo: Alberto Fernández y Cristina. Hicieron un pacto con cartas guardadas, donde cada uno pensaba que la única solución era destruir al otro.

Yo he hablado con militantes albertistas que lo único que pensaban eran superar al cristinismo, y con cristinistas que lo único que pensaban era poner una dirección propia al Gobierno de Alberto. Además, esto yo lo he escuchado del riñón del kirchnerismo con una seguridad histórica que no se compadecía con la realidad. Ellos decían: “Nosotros queremos que a Alberto le vaya bien, pero no tan bien como para que sea reelecto”. Como si se pudiera tener control de esas condiciones. Es como decir: “Yo voy a jugar al Maracaná y voy a ganar dos a uno porque no quiero que al técnico le vaya tan bien”. Bueno, vos vas al Maracaná y te hacen cinco goles. No puedes controlar por cuánto triunfás en el Maracaná.

Mientras todo esto pasaba, ¿la derecha tradicional en Argentina entendió que había un cambio social y empezó a adoptar las tesis de Milei, o también estaba perdida?

Yo creo que [Horacio] Larreta [alcalde de Buenos Aires] subestimó ese cambio y terminó cómo terminó. Por eso le ganó [Patricia] Bullrich. Y Bullrich, también creyendo que por ser mimética y más creíble que Larreta en esa tendencia, iba a llevarse los votos, cuando ella podía ser vista como parte del conjunto de políticos que no resolvieron el problema económico de Argentina, y por tanto siendo parte de la “casta”.

El que se dio cuenta de ese cambio de la sociedad muy rápidamente fue Macri en 2018. Me acuerdo porque en 2018 escribí un artículo sobre la bolsonarización de Macri. Él vio ese giro en la sociedad y se empezó a mover entre dos aguas: entre su partido, digamos de derecha mainstream, y la tendencia de la derecha alternativa. Aún hoy sigue a dos aguas, pero no neutralmente, sino más bien tratando de que la mayor parte de la derecha institucionalizada se transforme en organización política de la derecha alternativa.

Tanto la derecha como el cristinismo fueron irresponsables respecto al ascenso de la ultraderecha

¿La derecha tradicional en Argentina se siente cómoda con los discursos de Milei?

Una parte, sí. Por ejemplo, Macri. Aquí hay otro problema y es que hay que ver cómo funcionan las fuerzas políticas, específicamente la derecha. Hay una demanda de cargos, todos los partidos son buscadores de cargos, como los definía Max Weber. Parte de los buscadores de cargos los buscan a través del ascenso de la ultraderecha, y otra parte ve que no los va a conseguir por la ultraderecha y activa su sensibilidad más democrática. La derecha está dividida en eso. Creo que fue muy irresponsable, tanto como el cristinismo respecto al ascenso de la ultraderecha, porque jugaron con ese fuego. El cristinismo también pensaba que era interesante darle aire a Milei para desactivar el voto de la derecha.

Usted también ha tratado la cuestión evangélica y la religiosidad. ¿Hay relación entre estas corrientes y el auge de Milei? El fervor que despierta parece tener un carácter mesiánico.

Los evangélicos en general han votado como su sector económico y social, hasta donde hay datos, que no hay muchos. Por lo tanto, los evangélicos en los sectores populares votaron al peronismo en la misma proporción que los sectores populares que votaban al peronismo. Eso fue manifiesto en 2019, cuando debido al fracaso de Macri muchos electores populares volvieron al peronismo. Inclusive los evangélicos, pese a que Alberto Fernandez hizo explícito que iba a sancionar una ley de interrupción voluntaria del embarazo.

En esta elección [las primarias del pasado agosto] no hay datos, pero el 70% de la Argentina votó contra el kirchnerismo por alternativas radicales de derechas. ¿Cuánto más que el resto de la Argentina los evangélicos votaron a Milei? Yo hago esa pregunta, porque en realidad se revela un prejuicio: por un lado, la evangelicofobia; por otro, la creencia en una actitud intelectual de algunos analistas de izquierda que transforman concomitancias en causalidad. Creen que es lo mismo el protestantismo del siglo XVI que el neoliberalismo, y te confunden todo. Y como son antirreligiosos, les resulta muy fácil encontrar un actor religioso malo. No creo que [los evangélicos] hayan votado en mayor proporción. Es posible que un poco más porque ahora sí se pueden cobrar contra el oficialismo la ley de interrupción voluntaria del embarazo, pero no creo que eso haya sido determinante en el desvío de su voto.

Por otro lado, ese análisis, que es ridículo, parte de la creencia de que las instituciones dirigen los votos. Y lo que se ha manifestado en esta elección es que no. La Unión Cívica Radical no dirige sus votos, la derecha institucionalizada no dirige sus votos y, por ejemplo, Larreta tuvo una candidata evangélica que no le aportó mayor cantidad de votos. No hizo ninguna diferencia. Lo mismo pasa al revés: muchos creen, yo no, que el papa puede dirigir a los católicos a la izquierda. Yo tengo mostrado en un trabajo que hicimos en 2015 las reacciones por derecha que desata la posición del papa en Argentina. Si se pone muy a la izquierda, los católicos muchas veces prefieren dejar de identificarse como católicos.

El voto evangélico no es random, pero de ninguna manera es homogéneo y monolítico, y no lo dirige nadie

Esa idea de que la religión lleva automáticamente a un voto es propia de ateos con una ignorancia sociológica supina, pero que tienen púlpito para predicar una sociología totalmente bastarda. Si hubiera un voto evangélico que correspondiese al 20% de evangélicos que hay en Argentina y se pudiera unificar, habría pastores que dirían: “Lo que hay que hacer es esto”, y lo harían. Eso tiene muchas posibilidades de capitalización. ¿Quién se va a perder la oportunidad de dirigir el voto evangélico si lo hubiera? ¿Vos creés que los pastores evangélicos son todos estúpidos, que se van a perder esa oportunidad y se la van a dejar a un político? No.

Más bien, lo que pasó es que hay pastores o creyentes evangélicos que comparten la misma teoría que los izquierdistas evangélicofóbicos, y creen que hay un voto evangélico y van y se lo venden a un político. El político que cree la misma teoría va y se la compra, y después se decepciona. El voto evangélico no es random, pero de ninguna manera es homogéneo y monolítico, y no lo dirige nadie. Si se pudiera dirigir, ya más de uno habría armado la empresa política que permitiría dirigirlo y capitalizarlo. ¿Qué político no daría muchísimo por un 10 % de votos cuando los tres principales están en 30?

¿Y la clase trabajadora vota de forma homogénea? ¿Vota a Milei?

El voto popular se ha heterogeneizado desde hace muchísimo tiempo. Se suponía que el voto popular era cautivo del peronismo, y tuvo su primera derrota en 1983 cuando una parte del electorado popular votó al radicalismo. Después de la experiencia menemista [por el expresidente Carlos Menem en los años noventa], una parte muy importante del voto popular fue antiperonista. Ya en la época del kirchnerismo, el voto popular volvió a ser más peronista, pero ya no era un voto cautivo. Aunque obviamente hubo un lazo emocional muy fuerte entre una parte de los sectores populares y el kirchnerismo, sobre todo con Cristina.

En Argentina hay un pueblo derechizado

En los últimos diez años ha habido muchos partidos políticos que han tenido el proyecto de ser populares en el sentido de tener raíces entre los sectores populares. Cambiemos lo logró y Milei lo logró. Uno de los grandes cambios que impulsó Milei es el proyecto de una derecha popular con militantes y bases populares. Al mismo tiempo, hay un pueblo derechizado. Un proyecto de derecha popular eficaz converge con un pueblo volcado hacia la derecha.

Si Milei pierde, ¿seguirá vivo el mileísmo? Y si gana, ¿están Argentina y el peronismo preparados para un gobierno de Milei?

Sobre la primera, yo no creo que si Milei pierde su movimiento dejará de existir en el mediano plazo. Aparte, ninguno de los dos grandes partidos alternativos tiene soluciones para los problemas que causan la insatisfacción que lleva a votar a Milei. En cuanto a la segunda, es un enigma. Una parte de los partidos tradicionales va a resistir de todas las formas posibles la estabilización de un eventual Gobierno de Milei. Pero pienso que una parte de los partidos, en tanto buscadores de cargos, van a tratar de darle organicidad y estabilidad. Habrá que ver cómo en el tipo de crisis económica que sobreviene logra estabilizarse esa alianza entre Milei y fuerzas que salen en auxilio del vencedor.

Gane quien gane, viene un periodo muy turbulento porque Argentina no tiene soluciones buenas a mano. La solución económica implica siempre en algún grado asignar pérdidas para todos los actores. Ya sea por una salida revolucionaria, que es imposible, pero que sea ponerle todos los impuestos que se quiera a los más ricos. O una salida equitativa que carga para todos, o una salida inequitativa que es sólo beneficios para los ricos y esclavitud para los pobres. Ninguna de esas salidas es tranquila. Por lo tanto, viene un periodo muy turbulento: hay que asignar pérdidas muy grandes porque el deterioro económico en los últimos años fue muy grande. No sé exactamente qué se viene, pero la Argentina no está preparada. Me gustaría poder decirte otra cosa, inclusive por mí mismo. Pero nadie está preparado porque lo que viene va a ser más malo de lo que todos se imaginan.

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