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¿SE TAMBALEA FRANCIA O COMIENZA A CRUJIR TODA EUROPA?

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TECLALIBRE DIGITAL | NOTI-ANÁLISIS INTERNACIONAL | 22 DE OCTUBRE DE 2026

Francia arde por dentro: Macron, la deuda y una Europa que comienza a perder el equilibrio

La patria de la Revolución Francesa vuelve a levantar la voz, pero esta vez no es contra un rey, sino contra un sistema político que promete bienestar mientras acumula deudas. Macron enfrenta una rebelión social, los mercados financieros pierden la paciencia y la extrema derecha espera su oportunidad. ¿Se tambalea Francia o comienza a crujir toda Europa?

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Cuando los estudiantes encienden la mecha

París.— Francia tiene una vieja costumbre: cuando sus gobernantes se olvidan de escuchar, el pueblo termina recordándoles que las calles también forman parte de la República.

Y esta vez el asunto comenzó por algo aparentemente sencillo: estudiantes reclamando profesores, aulas dignas y escuelas que no se estuvieran cayendo a pedazos.

Pero la protesta estudiantil terminó abriendo una caja de Pandora.

Trabajadores, sindicatos, sectores populares y antiguos integrantes del movimiento de los chalecos amarillos encontraron motivos suficientes para sumarse al descontento.

El 17 de octubre, unas 550,000 personas salieron a manifestarse, según las autoridades. La jornada derivó en violentos enfrentamientos, saqueos, incendios y centenares de detenciones. La mayoría de los manifestantes, sin embargo, participó pacíficamente.

Lo interesante no es solamente que Francia proteste. Eso forma parte de su ADN político.

Lo verdaderamente preocupante es que las protestas coinciden con una crisis fiscal, un Parlamento fragmentado y un presidente que parece haber perdido buena parte de su capacidad de convencer.

La deuda: ese invitado que termina cobrando la fiesta

Francia, una de las grandes potencias económicas de Europa, enfrenta una deuda pública equivalente aproximadamente al 119 % de su producto interno bruto.

El déficit fiscal previsto para 2026 ronda el 5.4 % del PIB, mientras el gobierno intenta preparar un presupuesto para 2027 que contempla ajustes por unos 54,000 millones de euros.

Y aquí aparece la contradicción que tiene al país caminando sobre una cuerda floja.

Los ciudadanos exigen mejores salarios, servicios públicos y protección social. Los acreedores, por su parte, reclaman disciplina presupuestaria, reducción del déficit y garantías de que Francia podrá seguir pagando sus compromisos.

Es decir, el pueblo pide que el Estado abra la cartera, mientras los mercados le exigen que la cierre.

El 21 de octubre, los rendimientos de los bonos franceses a diez años llegaron a superar brevemente el 5 %, una señal de creciente desconfianza financiera.

Francia no está en bancarrota, pero financiarse más caro puede agravar una situación ya delicada.

Y cuando los intereses de la deuda comienzan a competir con los presupuestos de educación, salud y servicios sociales, la aritmética económica termina convirtiéndose en dinamita política.

Increasingly isolated, pressure mounts on France’s Emmanuel Macron to resign - Monocle

Macron: mucho escenario internacional y poco aplauso doméstico

Emmanuel Macron llegó al poder en 2017 prometiendo modernizar Francia, superar la vieja división entre izquierda y derecha y devolverle dinamismo a la economía.

Casi una década después, el balance político resulta bastante menos luminoso.

La disolución parlamentaria de 2024 dejó una Asamblea Nacional fragmentada. Las reformas sociales provocaron resistencia y el macronismo llega debilitado a las elecciones presidenciales de 2027.

Para completar el cuadro, mientras Francia vivía una de sus jornadas más turbulentas, Macron emprendió una gira por países del Golfo Pérsico, oficialmente vinculada con la diplomacia y la seguridad energética.

Sus críticos interpretaron el viaje como una muestra de desconexión con la crisis interna. El mandatario defendió su agenda internacional.

La ironía resulta irresistible: el presidente busca estabilidad energética en el extranjero mientras en casa se le incendia la estabilidad política.

Pero sería demasiado fácil atribuir toda la crisis a un solo hombre. Francia arrastra problemas estructurales de gasto, crecimiento y representación política que ningún presidente resolvería con un discurso televisado.

Trump y Netanyahu: cuando la crisis ajena sirve para hacer política

Como si Francia no tuviera suficientes problemas, Donald Trump y Benjamin Netanyahu decidieron aportar sus propias interpretaciones.

Ambos han vinculado los disturbios con la inmigración y el extremismo islamista. Macron respondió denunciando la manipulación informativa y la circulación de imágenes falsas, algunas generadas mediante inteligencia artificial.

Sin embargo, las verificaciones de Associated Press no encontraron pruebas que permitan atribuir la violencia principalmente a inmigrantes musulmanes.

Aquí conviene afinar la suspicacia.

Una cosa es reconocer los problemas migratorios y de integración que enfrenta Francia. Otra, muy distinta, es utilizar esos problemas para explicar cualquier incendio, protesta o escaparate destruido.

Porque cuando el debate se reduce a inmigrantes contra nacionales, desaparecen convenientemente del escenario la deuda pública, los salarios, las pensiones y el deterioro de los servicios.

Y una crisis económica que tiene responsables políticos termina convertida en una batalla de identidades.

La extrema derecha espera sentada a la puerta

Marine Le Pen y el Reagrupamiento Nacional encuentran en esta situación un terreno favorable para su discurso de orden, seguridad y recuperación nacional.

Jean-Luc Mélenchon, desde la izquierda radical, intenta canalizar el malestar social hacia una crítica más profunda del modelo económico.

Mientras tanto, el centro político aparece debilitado y sin una figura capaz de entusiasmar a una ciudadanía cada vez más desconfiada.

Las presidenciales de 2027 podrían convertirse, por tanto, en algo más que una disputa por el Palacio del Elíseo: un plebiscito sobre el modelo político y social que ha gobernado Francia durante las últimas décadas.

¿Y si el incendio cruza las fronteras?

Francia no es Grecia. Su economía es más grande, diversificada y dispone de una importante capacidad industrial y financiera.

Pero tampoco es una isla.

Como integrante fundamental de la zona euro, una crisis prolongada de confianza en la deuda francesa podría elevar los costos financieros de otros países europeos y complicar la actuación del Banco Central Europeo.

No significa que el euro esté a punto de desplomarse. Significa que una crisis francesa suficientemente grave podría dejar de ser un problema exclusivamente francés.

Además, las tensiones sociales observadas en Italia y Bélgica sugieren que el malestar por el costo de vida y los ajustes presupuestarios no conoce fronteras.

Europa enfrenta una pregunta incómoda: ¿cómo mantener sus compromisos sociales, financiar su seguridad y sostener su competitividad económica sin trasladar una factura insoportable a sus ciudadanos?

Porque los gobiernos pueden cambiar, pero las cuentas pendientes no desaparecen con las elecciones.

Conclusión TeclaLibre: la República también pasa factura

Francia no está viviendo otra Revolución de 1789. Tampoco puede afirmarse que esté al borde del colapso institucional.

Pero algo importante se está quebrando: la confianza entre gobernantes y gobernados.

Macron puede desplegar policías, buscar acuerdos energéticos y prometer estabilidad. Los mercados pueden exigir austeridad. Y la oposición puede aprovechar cada disturbio para conquistar votos.

Sin embargo, ninguno de esos movimientos resolverá por sí solo la contradicción fundamental: una sociedad que reclama más protección frente a un Estado que dispone de menos margen financiero para proporcionarla.

Lo que ocurre en Francia debería preocupar a toda Europa, no porque mañana vaya a caer la Quinta República, sino porque demuestra que la prosperidad económica y la legitimidad democrática no siempre avanzan juntas.

Y cuidado con una última paradoja.

Durante décadas, Francia fue uno de los países que enseñó al mundo que la soberanía reside en el pueblo.

Ahora, cuando ese pueblo reclama, sus gobernantes deben mirar simultáneamente hacia las calles de París y hacia las pantallas de los mercados financieros.

Porque cuando un gobierno teme más al precio de sus bonos que al descontento de sus ciudadanos, la democracia comienza a pagar intereses.

TeclaLibre — Aquí se escribe con criterio, no con miedo.

rodriguezsluism9@gmail.com  https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

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