El sello de la casa y el billete que no quiere esperar
Por La redacción de TeclaLibre
En la capital de los Estados Unidos, donde los monumentos suelen ser de mármol y las historias de bronce, el presidente Donald Trump parece haber confundido el servicio público con una sesión de diseño de interiores —y de marca personal—. La última semana en Washington ha dejado claro que, aunque el inquilino de la Casa Blanca quiera estampar su firma en cada piedra, todavía queda un juez con el mazo suficiente para recordarle que el país no es una propiedad privada.

La reciente bofetada judicial llegó de la mano del juez Casey Cooper. Resulta que, en un arrebato de optimismo arquitectónico, la dirección del Centro Kennedy —esa que el mandatario renovó a su imagen y semejanza— decidió que «Centro Kennedy» ya sonaba a siglo pasado. Sin mucho preámbulo, colocaron el apellido «Trump» en la fachada, ignorando un detalle nimio: la ley que dio origen al recinto.
El juez, con la frialdad de quien pone orden en un jardín alborotado, ordenó retirar el nombre en un plazo de dos semanas. El argumento fue sencillo, casi aburrido para los estándares del actual Ejecutivo: el Congreso lo bautizó en honor al presidente asesinado en 1963, y solo el Congreso tiene la llave para cambiarle la identidad. Trump, fiel a su estilo en Truth Social, no tardó en tildar al magistrado de vergonzoso, sugiriendo que la «izquierda» prefiere que el centro se desmorone antes que verlo transformado en un monumento a su propia gestión.
Pero si lo del teatro fue un contratiempo, lo del billete de 250 dólares raya en la aspiración de convertir la historia en una billetera. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, compareció esta semana ante los medios con la soltura de quien presenta un producto de colección. Confirmó que, por si acaso a los legisladores se les ocurre aprobar una ley —una excepción a la norma sagrada que impide que los vivos aparezcan en la moneda—, el Tesoro ya tiene el diseño listo.

¿Por qué 250 dólares? La excusa, o la musa, es el 250 aniversario de la Declaración de Independencia. Bessent, visiblemente molesto ante las preguntas sobre la idoneidad de este diseño en tiempos de carestía económica, insiste en que «tenemos que estar preparados». Es una forma elegante de decir que, en esta administración, el futuro se diseña antes de que sea legal.
La suspicacia es inevitable. ¿Estamos ante un fervor patriótico inusitado o ante el mayor ejercicio de marca personal de la historia moderna? Lo cierto es que la insistencia en colocar su nombre en teatros y su rostro en billetes plantea una pregunta incómoda: ¿es el Estado una institución al servicio de los ciudadanos o el lienzo de un líder que no tolera que nadie más sea el protagonista del cuadro?
Los críticos ven en estos movimientos un «culto a la personalidad» que roza lo autoritario, mientras que sus defensores hablan de reconocer las «contribuciones históricas». Entre el mármol que se niega a cambiar de nombre y el billete que espera su turno en una impresora federal, lo que queda claro es que la era Trump no se conforma con gobernar; quiere ser la moneda de cambio y el telón de fondo de la nación.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada

