POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
HÉCTOR J. DÍAZ: EL POETA OLVIDADO
Por Ramón Emilio Espinola

DEDICACIÓN ESPECIAL
(Dedicado a aquellos ilustres seres de la mutua admiración, que reunidos en pequeños cenáculos se proclaman poetas unos a otros con la misma generosidad con que los reyes antiguos repartían títulos nobiliarios entre sus cortesanos; y a ciertos cronistas de arte y literatura que, armados de una lupa para agrandar las mediocridades de sus amigos y de una venda para ignorar los méritos ajenos, ejercen con admirable disciplina el difícil oficio de confundir el silencio con la crítica y la envidia con el juicio estético.
A ellos, que han convertido el reconocimiento en moneda de intercambio y la omisión en instrumento de castigo, va dedicada esta reflexión. Porque nada resulta más revelador que contemplar cómo algunos guardianes autoproclamados de la cultura se esfuerzan por esconder el sol con un dedo, creyendo que la grandeza de los otros disminuye la propia, cuando en realidad solo dejan al descubierto la pequeñez de sus miradas).
INTRODUCCIÓN
La historia cultural dominicana posee una curiosa costumbre: recordar con entusiasmo a quienes cuentan con padrinos intelectuales y olvidar con sorprendente facilidad a quienes conquistaron el corazón del pueblo. Es una enfermedad vieja de nuestra vida cultural. Mientras algunos nombres aparecen una y otra vez en conferencias, antologías, homenajes, congresos, seminarios y suplementos literarios, otros son condenados al silencioso exilio de la memoria colectiva.
Entre esos grandes olvidados se encuentra Héctor J. Díaz, un poeta que no necesitó el respaldo de círculos académicos ni de cofradías literarias para alcanzar la inmortalidad popular. Su voz resonó en la radio, sus versos viajaron de boca en boca y sus canciones penetraron profundamente en el alma dominicana. Sin embargo, hoy apenas es mencionado por quienes se presentan como guardianes de la cultura nacional.
LA VOZ QUE ENAMORABA AL PUEBLO
Héctor José de Regla Díaz nació en Azua de Compostela el 21 de enero de 1910. Fue poeta, declamador, trovador, locutor, productor radial y compositor. Su figura representó una rara combinación de sensibilidad artística y comunicación popular.
Como locutor poseía una voz grave y cautivadora que impresionaba a quienes lo escuchaban.
No era simplemente un lector de textos o un animador de programas; era un intérprete de emociones. Su dicción impecable y la profundidad de su voz convertían cada intervención radial en un acontecimiento.
En una época en que la radio constituía el principal medio de comunicación y entretenimiento del país, Héctor J. Díaz se convirtió en una figura ampliamente conocida y respetada por el público.
UNA TRAYECTORIA DE SERVICIO CULTURAL
Su labor en la radiodifusión dominicana fue extraordinaria. Se desempeñó como jefe de locutores de La Voz Dominicana y produjo programas que dejaron huellas importantes en la cultura nacional, entre ellos Recordar es Vivir, Serenata Moderna, Tradiciones, Leyendas y Supersticiones Dominicanas, Cartas a la Posteridad y Canción de la Vida Diaria.
A diferencia de muchos promotores culturales contemporáneos, que sólo promueven a sus amigos, familiares o compañeros de grupo, Héctor J. Díaz utilizó los espacios bajo su responsabilidad para impulsar el talento nacional. Su interés estaba centrado en divulgar el arte dominicano y fortalecer la identidad cultural del país.
También creó la Revista Dominicana, una publicación dedicada a difundir poesías, canciones y expresiones del folclore nacional, contribuyendo así a preservar manifestaciones culturales que hoy constituyen parte fundamental de nuestro patrimonio.
EL POETA DEL PUEBLO
La poesía de Héctor J. Díaz abordó los grandes temas universales: el amor, la ternura, el despecho, los celos, la pasión y el olvido. Sus versos poseían claridad expresiva, musicalidad y una notable riqueza de imágenes.
Influenciado en parte por la poesía negroide y por las corrientes modernistas que todavía ejercían influencia en América Latina, desarrolló una voz propia que conectó directamente con los sentimientos populares.
Publicó varias obras que gozaron de gran aceptación entre los lectores de su época, entre ellas:
• Lirios Negros (1934)
• Flores y Lágrimas (1935)
• Ritmos Íntimos (1936)
• Plenitud (1943)
• Versos para una Sola Noche (1946)
Su poesía no se encerró en las bibliotecas ni quedó secuestrada por los especialistas. Vivió en las calles, en los hogares humildes, en las tertulias bohemias y en la memoria de generaciones enteras. Borojol, el hoyo de Chulin y el Trocadero de la avenida Mella y José Trujillo Valdez eran su cuartel donde fácilmente se le encontraba.
EL COMPOSITOR
Además de poeta, fue autor de numerosas letras musicales que alcanzaron gran popularidad. Entre ellas destacan El Negrito del Batey, Mal Pelao, La Muerte de Martín, Tú Eres Mía, Entre tu Amor y mi Amor y Lirio Fragante.
Estas composiciones evidencian su extraordinaria capacidad para traducir en palabras las emociones del pueblo dominicano.
Sus canciones trascendieron el tiempo y permanecen como parte del repertorio sentimental de varias generaciones.
EL OLVIDO DE LOS GUARDIANES DE LA CULTURA.
Resulta paradójico que un creador tan influyente haya sido relegado por buena parte de la crítica literaria y de las antologías oficiales. Lo han invisibilizado.
Pero la paradoja desaparece cuando comprendemos cómo funciona el ecosistema cultural dominicano.
En nuestro país existe una curiosa tradición: los poetas suelen premiarse entre sí, reseñarse entre sí, homenajearse entre sí y citarse entre sí. Es una especie de cooperativa de elogios mutuos donde cada miembro aplaude al otro esperando recibir idéntica cortesía.
Mientras tanto, quienes verdaderamente conquistaron el afecto popular suelen ser considerados demasiado populares para merecer reconocimiento académico. El verdadero ejecutor, el poeta que enamora el corazón del pueblo, no merece ser reconocido por los dictadores y regidores de la cultura, porque el amiguismo es el centro del dominio.
Parece que para algunos intelectuales el aplauso del pueblo constituye un pecado imperdonable.
Si un escritor es leído por miles de personas, entonces resulta sospechoso.
Si emociona al ciudadano común, parece que pierde puntos ante ciertos árbitros de la cultura.
Si logra entrar en la memoria popular, corre el riesgo de ser expulsado de algunos círculos literarios.
Héctor J. Díaz fue víctima de ese fenómeno.
La élite cultural le concedió menos espacio del que merecía, pero el pueblo dominicano le otorgó algo mucho más importante: el recuerdo.
SU ÚLTIMA BÚSQUEDA
El destino de Héctor J. Díaz tuvo un desenlace profundamente romántico y trágico.
Falleció en Nueva York el 30 de julio de 1950, apenas a los cuarenta años de edad.
Según la tradición popular, había viajado desesperadamente a la gran urbe norteamericana en busca de una mujer a quien llamaba cariñosamente “La Turca”, el gran amor de su vida.
Parece apropiado que quien dedicó tantos versos al amor terminara protagonizando una historia digna de una de sus propias poesías.
CONCLUSIÓN
Héctor J. Díaz representa una de las figuras más auténticas de la literatura y la cultura popular dominicana del siglo XX.
Poeta, compositor, locutor, declamador y promotor cultural, dedicó su vida a exaltar los sentimientos humanos y a difundir las expresiones artísticas nacionales.
Su legado permanece vivo en sus versos, en sus canciones y en la memoria de quienes todavía reconocen su extraordinario aporte a la identidad cultural dominicana.
EPÍLOGO
Los pueblos suelen cometer injusticias con sus héroes culturales, pero ninguna resulta tan dolorosa como el olvido.
En República Dominicana abundan los homenajes para los consagrados, los paneles para los amigos de los panelistas y las antologías confeccionadas con criterios que a veces parecen más sociales que literarios.
Mientras tanto, hombres como Héctor J. Díaz esperan pacientemente en los márgenes de la historia, observando cómo otros reciben los aplausos que ellos ayudaron a construir.
Sin embargo, existe una verdad que termina imponiéndose sobre todas las modas intelectuales.
Las academias pueden olvidar.
Las antologías pueden excluir.
Los críticos pueden ignorar.
Pero cuando un poeta logra instalarse en el corazón de su pueblo, ya ha conquistado la única inmortalidad que realmente importa.
Y Héctor J. Díaz, sin lugar a duda, pertenece a esa selecta categoría de dominicanos que el pueblo nunca terminó de olvidar, aunque algunos historiadores culturales hayan hecho todo lo posible por conseguirlo.
Ramón Emilio Espinola.
A continuación uno de sus poemas más emblemáticos donde su alma le grita a su corazón herido.
Lo que quiero
Que nadie me conozca y que nadie me quiera,
que nadie se preocupe de mi triste destino,
quiero ser incansable y eterno peregrino
que camina sin rumbo porque nada lo espera.
Que no sepan mi vida ni yo sepa la ajena
que ignore todo el mundo si soy triste o dichoso.
Quiero ser una gota en un mar tempestuoso
o en inmenso desierto un granito de arena.
Caminar mundo adentro, solo con mis dolores,
nómada, sin amigos, sin hogar, sin anhelos.
Que mi hogar sea el camino y mi techo sea el cielo,
y mi lecho las hojas de algún árbol sin flores.
Cuando ya tenga polvo de todos los caminos,
cuando ya esté cansado de luchar con mi suerte,
me lanzaré en la noche sin luna de la muerte,
de donde no regresan jamás los peregrinos.
Y morir una tarde, cuando el sol triste alumbre
descendiendo un camino o ascendiendo una cumbre
Pero donde no haya quien me pueda enterrar.
Que mis restos ya polvo los disipen los vientos,
para que cuando ella sienta remordimientos
no se encuentre mi tumba ni me pueda rezar.


