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EDITORIAL: Los líderes europeos compelidos a sumarse a la voluntad de paz que implora el mundo

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Carlos Márquez Cabrera /

 

El anuncio del memorándum entre Estados Unidos e Irán, que abre la puerta a un alto el fuego en Oriente Medio, ha sido recibido en la cumbre del G7 con un gesto que oscila entre el alivio diplomático y la cautela interesada.

Los líderes europeos, presentes en la mesa, han felicitado el avance»pero ya han deslizado sus primeras preguntas: ¿cómo se gestionará el estrecho de Ormuz?, ¿quién garantizará la siguiente fase de negociaciones? Desde estas páginas, sin embargo, queremos lanzar una pregunta más incómoda, más profunda.. ¿qué derecho tiene Europa a mostrarse tibia ante una paz que tanto necesita el mundo, cuando sus propias calles y sus propios campos han sido regados con la sangre de la guerra?

No podemos ser indulgentes con la hipocresía.

Los europeos, que han erigido monumentos a sus caídos en dos guerras mundiales, que saben lo que es tener ciudades reducidas a escombros y generaciones enteras mutiladas por el odio,.

Elos deberían ser los primeros en abrazar cualquier oportunidad de paz, por imperfecta que sea. Pero en lugar de eso, vemos a una Europa que se refugia en el tecnicismo y la prudencia, que pide garantías antes de aplaudir, que exige detalles sobre el enriquecimiento de uranio mientras calla ante los bombardeos que han asolado Líbano o Yemen.

Europa ha aprendido a ser víctima, pero parece haber olvidado cómo ser artífice de la paz.

Es insoportable, y debemos decirlo con claridad, que los líderes europeos traten este memorándum como si fuera un asunto menor o una concesión a la diplomacia estadounidense.

Ellos, que han sufrido en sus fronteras el desplazamiento de refugiados, que han padecido la crisis energética derivada de los conflictos, que han visto cómo el fantasma de la guerra se instalaba de nuevo en el viejo continente con la invasión de Ucrania, deberían estar dando saltos de alegría ante cualquier gesto que desactive una bomba, aunque no la hayan fabricado ellos.

Pero no. En lugar de eso, se enquistan en el «sí, pero…», en la letra pequeña, en la desconfianza perpetua. Como si la paz fuera un lujo que solo pueden permitirse los que no han sufrido la guerra.

La historia de Europa es un manual de cómo la vacilación y el cálculo político llevan al abismo. Cuando en 1938 Chamberlain aterrizó en Múnich con su «paz para nuestra época», aplaudió un acuerdo que no era más que una tregua vergonzosa.

Y cuando la guerra estalló, Europa pagó el precio más alto. Hoy, ante este memorándum, vemos ecos de esa misma actitud: líderes que temen mojarse, que prefieren la prudencia cobarde al arrojo de la paz. Pero el mundo no puede permitirse otra Europa dubitativa. El mundo necesita que los líderes europeos recuerden quiénes son y de dónde vienen.

Europa tiene una deuda moral con la paz. No puede ser que, después de haber sido el teatro de las dos guerras más devastadoras de la historia, ahora se convierta en el obstáculo burocrático para un acuerdo que pone fin al sufrimiento de millones.

Si Europa fue capaz de forjar la Unión Europea sobre las cenizas de su propia destrucción, ¿cómo no va a ser capaz de respaldar sin ambages un alto el fuego en Oriente Medio? ¿Acaso la paz tiene fecha de caducidad? ¿Acaso solo es válida cuando la firman los aliados tradicionales?

Por eso, nuestra exigencia es clara y no admite matices: los líderes europeos deben dejar de lado las reservas corteses y alinearse sin complejos con la voluntad de paz que el mundo reclama. 

Europa no puede permitirse el lujo de la equidistancia o el escepticismo elegante. Europa y sus lideres deben exigir que las negociaciones de los próximos 60 días sean serias y justas, pero deben hacerlo desde el apoyo activo, no desde la desconfianza pasiva.

Deben presionar a Estados Unidos para que cumpla sus compromisos, pero también deben que Irán cumpla lo pactado, al tiempo de reconocer que esa nación tiene derecho a que se levanten las sanciones y a recibir indemnizaciones por los daños sufridos.

Europa, no puede olvidar su propia historia.

Europa no puede predicar la paz y luego dudar cuando la paz llama a su puerta. No puede erigirse en defensora de los derechos humanos y luego mirar hacia otro lado cuando se firman acuerdos que alivian el sufrimiento de pueblos enteros.

Si los el liderazgo europeo quiere recuperar la credibilidad moral que les da su propio pasado de sufrimiento, ese liderazo debe ser el  primero en aplaudir, los primeros en tender puentes, los primeros en decir «sí» a la vida. Si a la vida, viabilizando, no solo la solución en Medio Oriente, por igual, ingeniando formulas para resolver la guerra-Rusia -Ucrania.

El mundo está cansado de conflagraciones, pero también está cansado de hipocresía.

Europa, con su memoria aún viva de escombros y trincheras, no tiene excusa para ser tibia. Ojalá que los líderes europeos se sumen a la voluntad de paz que necesita el mundo. Y que lo hagan con la urgencia de quien sabe que la paz no espera, y que la historia les exigirá cuentas si vuelven a fracasar.

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