InicioCEREPOESIAEDITORIAL: Grandes ganancias no deben basarse en el horror de la guerra
EDITORIAL: Grandes ganancias no deben basarse en el horror de la guerra
Carlos Marquez Cabrera /
Cuando la incertidumbre se convierte en negocio
Cada vez que el mundo se acerca a una guerra, alguien pierde… y alguien gana. Esa ha sido una constante de la historia económica contemporánea.
Cuando aumenta el riesgo de un conflicto en el estrecho de Ormuz o en cualquier otra región estratégica, el petróleo incorpora inmediatamente una «prima de guerra».
Ese incremento se traduce en miles de millones de dólares adicionales para gigantes energéticos como ExxonMobil, Chevron, Shell y BP.
Mientras la incertidumbre hace temblar a los consumidores, las grandes petroleras suelen registrar ingresos extraordinarios impulsados por el alza del crudo.
Pero no son las únicas.
Los fabricantes de armamento también encuentran un mercado en expansión.
Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman, General Dynamics y Rheinmetall reciben nuevos contratos cada vez que los gobiernos aceleran sus programas de defensa.
Solo Lockheed Martin supera los 64 mil millones de dólares en ventas militares anuales, mientras RTX ronda los 43 mil millones.
A este escenario se suman los grandes operadores internacionales de materias primas.
Empresas como Vitol, Trafigura y Gunvor obtienen importantes beneficios negociando petróleo, gas y combustibles en mercados donde los precios cambian de manera vertiginosa.
La volatilidad también favorece a los grandes fondos de cobertura.
Firmas especializadas como Bridgewater Associates, Discovery Capital Management y Graham Capital Management aprovechan las fuertes oscilaciones del petróleo, las divisas, los bonos y las bolsas para obtener elevados rendimientos financieros.
Los bancos de inversión tampoco permanecen al margen. Goldman Sachs, JPMorgan Chase y Morgan Stanley incrementan sus ingresos mediante operaciones de negociación, cobertura de riesgos y asesoría financiera precisamente cuando la incertidumbre domina los mercados.
No existe una cifra única que permita calcular cuánto dinero genera una crisis internacional. Sin embargo, el valor bursátil conjunto de las principales petroleras y compañías de defensa asciende a varios billones de dólares.
Solo las cinco mayores empresas petroleras administran activos cercanos a 1,7 billones de dólares, mientras la industria mundial de defensa mueve más de 350 mil millones de dólares cada año.
Nada de esto significa que estas empresas provoquen las guerras. No existe evidencia que permita sostener semejante afirmación. Lo que sí demuestra la realidad es que el sistema financiero actual premia económicamente la incertidumbre.
Y ahí surge la gran pregunta ética.
¿Es razonable que los mercados reaccionen con entusiasmo cuando aumenta el riesgo de un conflicto, mientras millones de familias enfrentan combustibles más caros, alimentos más costosos, inflación, deuda pública y un menor espacio para invertir en salud, educación e infraestructura?
Los mercados existen para asignar recursos, impulsar la innovación y crear riqueza. No deberían encontrar sus mayores incentivos en las crisis, sino en la estabilidad, la cooperación y el desarrollo humano.
Porque cuando la rentabilidad depende del miedo, la economía deja de servir a la sociedad y comienza a depender de la incertidumbre. Y ninguna civilización puede construir un futuro verdaderamente próspero si el camino hacia las mayores ganancias pasa, una y otra vez, por la sombra de la guerra.