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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
EL ABUSO Y LA SOMBRA DE LA REPRESIÓN CUBANA EN TERRITORIO DOMINICANO
Cuando los atletas vienen a competir y terminan compitiendo por su libertad
Por Ramon Emilio Espinola

ABSTRACT
Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, concebidos como una fiesta deportiva de fraternidad regional, terminaron dejando también al descubierto una realidad política que trasciende las pistas, los estadios y los podios: el éxodo de atletas cubanos que aprovechan sus salidas internacionales para abandonar las delegaciones oficiales y buscar una vida fuera de las restricciones del régimen cubano.
Durante los Juegos se conocieron casos como los del guardameta de hockey sobre césped Moisés David Torres Puig y la remera Leah Daniela Almeida, mientras que, antes del evento, nueve integrantes de la delegación cubana de canotaje abandonaron la concentración en Montreal.
El fenómeno plantea una pregunta elemental y brutal: ¿qué clase de patria es aquella de la que sus propios atletas intentan escapar precisamente cuando se les abren las puertas del mundo?
Este ensayo examina, desde una perspectiva histórica y con deliberada ironía, la contradicción entre la propaganda oficial que presenta a los deportistas como “glorias de la patria” y la realidad de quienes, una vez fuera de Cuba, parecen considerar que la verdadera medalla que desean conquistar es la libertad.
La cuestión adquiere una dimensión particularmente sensible cuando tales episodios ocurren en República Dominicana, país unido a Cuba por vínculos históricos profundos, por la participación dominicana en las guerras independentistas cubanas y por figuras como Máximo Gómez y Antonio Maceo.
PRÓLOGO
Una medalla de oro llamada libertad
Hay historias que comienzan con un himno, una bandera y un desfile de atletas.
Y hay otras que comienzan exactamente igual, pero terminan con un deportista escondido, mirando hacia atrás para comprobar si alguien lo sigue.
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 fueron organizados para celebrar el deporte, la fraternidad y la competencia limpia.
La propia organización oficial presentó el acontecimiento como una gran fiesta regional, con 37 países y 40 deportes.
Pero algunos atletas cubanos parecieron interpretar el concepto de “competencia” de una manera bastante más profunda.
Competir por una medalla.
Competir por un futuro.
Competir por la posibilidad de decidir dónde vivir.
Y, finalmente, competir por la libertad.
El problema es que en determinados sistemas políticos hasta la libertad termina convirtiéndose en una disciplina clandestina.
Y Cuba parece haber desarrollado, durante décadas, una especialidad olímpica que ningún Comité Olímpico ha incluido todavía en el programa oficial:
la vigilancia del atleta.
Los segurosos de la dictadura que llegan con carnet de delegados y no son más que espías.
Porque aparentemente no basta con entrenarlo a los atletas.
Hay que vigilarlo.
No basta con llevarlo a competir.
Hay que impedir que se queden.
No basta con llamarlo “gloria deportiva”.
Hay que recordarle, de alguna manera, que la gloria pertenece al Estado. Y que ellos son solo una sucia porquería de la gloriosa Revolución y todo se lo deben a la Revolución que tiene al pueblo sin agua y sin luz.
El atleta, aparentemente, solo pone los músculos.
La medalla se la queda la propaganda.
Vaya, vaya, “pa’ su culo caballo”, como dice el cubano de a pies.
1902: LA REPÚBLICA QUE NACIÓ CON ESPERANZAS
Cuba alcanzó la independencia formal en 1902 y tuvo como primer presidente a Tomás Estrada Palma.
Desde entonces comenzó una accidentada historia republicana atravesada por crisis políticas, intervenciones, gobiernos autoritarios y dictaduras.
La historia cubana del siglo XX no puede reducirse a una sucesión mecánica de gobiernos democráticos. La dictadura de Gerardo Machado, el régimen de Fulgencio Batista y, posteriormente, el sistema establecido por Fidel Castro en 1959 constituyen capítulos distintos de una larga tragedia política.
Desde 1959 hasta 2026 han transcurrido aproximadamente 67 años de régimen castrista y poscastrista.
Sesenta y siete años.
Una vida entera.
Un hombre que hubiese nacido el día del triunfo revolucionario habría llegado a 67 años sin conocer otra realidad política nacional.
Eso no es una coyuntura.
Eso es una generación.
Y cuando una generación completa nace, crece, estudia, trabaja, envejece y muere bajo el mismo sistema político, la palabra “provisional” comienza a adquirir cierto sentido humorístico.
II
EL DEPORTE COMO ESCAPARATE DE LA REVOLUCIÓN
Durante décadas, el deporte cubano fue uno de los grandes instrumentos de prestigio y propaganda internacional del régimen.
Y justo es reconocerlo: Cuba produjo atletas extraordinarios.
Campeones olímpicos.
Campeones mundiales.
Boxeadores extraordinarios.
Beisbolistas excepcionales.
Atletas capaces de entrenar en condiciones materiales difíciles y alcanzar resultados extraordinarios.
El talento deportivo cubano existe.
Lo que también existe es la paradoja.
Porque mientras el sistema proclama que esos atletas son símbolos de la patria, muchos de ellos han utilizado las competencias internacionales como oportunidades para abandonar esa misma patria.
En Santo Domingo 2026 la contradicción volvió a aparecer.
Antes de los Juegos, nueve integrantes del equipo cubano de canotaje abandonaron la delegación en Montreal.
Después, ya en República Dominicana, el portero Moisés David Torres Puig abandonó la delegación cubana antes incluso de disputar un partido. Según los reportes publicados, el propio atleta manifestó su decisión de quedarse en República Dominicana y romper sus vínculos con la delegación.
Poco después se informó también de la salida de la remera Leah Daniela Almeida, quien había obtenido una medalla de bronce apenas dos días antes.
Y aquí aparece una pregunta que ninguna propaganda puede responder:
¿Qué clase de “éxito revolucionario” produce campeones que quieren abandonar el país precisamente cuando tienen la oportunidad de salir de él?
Porque el problema no es que un atleta pierda una competencia.
El problema es que el atleta gane una medalla y, después de ganarla, decida que la verdadera victoria consiste en no regresar.
Eso debería provocar una reflexión mucho más profunda que cualquier discurso pronunciado desde un podio.
III
LA GRAN IRONÍA: “GLORIA DEPORTIVA” QUE NO QUIERE REGRESAR
La propaganda política tiene una particularidad maravillosa:
puede convertir cualquier contradicción en una victoria.
Si el atleta gana:
“¡Victoria de la Revolución!”
Si pierde:
“¡Heroica resistencia ante las dificultades!”
Si permanece:
“¡Fidelidad a la patria!”
Si se marcha:
“¡Traición!”
Es decir:
el sistema siempre gana.
Qué maravilla.
Una doctrina política que inventó un marcador deportivo donde solamente existe un resultado posible.
Pero hay un pequeño problema con ese método:
los atletas tienen piernas.
Y las piernas sirven para correr.
A veces corren detrás de una pelota.
A veces corren hacia una meta.
Y, en determinadas circunstancias históricas, corren hacia una frontera.
IV
SANTO DOMINGO: CUANDO LA LIBERTAD SE CONVIERTE EN REFUGIO
República Dominicana no es un territorio cualquiera para Cuba.
Existe entre ambas naciones una historia demasiado profunda como para tratar estos acontecimientos como simples incidentes migratorios.
Aquí vivieron, conspiraron, trabajaron y encontraron refugio figuras fundamentales de la independencia cubana.
Máximo Gómez nació en Baní.
José Martí encontró en Santo Domingo una tierra profundamente vinculada a sus ideales y a sus amigos dominicanos.
Antonio Maceo tuvo vínculos familiares y políticos con la República Dominicana.
Y Mariana Grajales, madre de Antonio Maceo y considerada Madre de la Patria cubana, tenía raíces dominicanas por la línea de su padre, José Grajales Matos.
Hay, por tanto, algo profundamente simbólico en que un joven cubano llegue hoy a Santo Domingo y diga:
“Aquí quiero ser libre.”
Porque la República Dominicana no fue ajena a la libertad cubana.
Dominicanos derramaron sangre en Cuba.
Máximo Gómez fue uno de los grandes estrategas de la independencia.
Y generaciones de dominicanos participaron, directa o indirectamente, en aquella epopeya.
Por eso resulta históricamente grotesco que una Cuba que recibió solidaridad dominicana durante sus guerras libertarias pueda enviar ahora funcionarios policiales y esbirros de la seguridad del Estado cuya misión —si las denuncias fueran confirmadas— consistiera en vigilar, perseguir o intentar recuperar a quienes han decidido solicitar protección fuera de la Isla. Es como si se le hubiera permitido al gobierno español que secuestrara a Martí, Gómez, Maceo y a otros cubanos que luchaban por la independencia cuando vivian en suelo dominicano.
V
¿DELEGACIÓN DEPORTIVA O DELEGACIÓN DE VIGILANCIA?
Aquí debemos caminar con cuidado.
Se han difundido denuncias acerca de la presencia de numerosos funcionarios vinculados a la seguridad cubana dentro de las delegaciones deportivas y sobre mecanismos de vigilancia destinados a impedir que los atletas abandonen los grupos oficiales.
Pero una acusación no debe convertirse automáticamente en una sentencia histórica.
Si existieron agentes de seguridad cubanos intentando localizar o recuperar atletas que ya habían decidido permanecer en República Dominicana, eso debería investigarse formalmente.
Y si se comprobara que funcionarios extranjeros intentaron actuar coercitivamente dentro del territorio dominicano, la cuestión dejaría de ser simplemente deportiva.
Se convertiría en un asunto de soberanía nacional.
Porque una cosa es que Cuba envíe deportistas a competir.
Otra muy diferente es que pretendiera exportar su aparato de vigilancia.
La frontera dominicana no puede convertirse en una extensión administrativa de la Seguridad del Estado cubana.
Aquí se puede jugar béisbol.
Se puede remar.
Se puede correr.
Se puede boxear.
Pero no se puede importar una dictadura en equipaje de mano.
Si se comprueba la denuncia, la justicia dominicana debe de actuar y a esos segurosos se le debería aplicar el peso de la ley y las relaciones diplomáticas, comerciales, culturales, y de todo tipo deberían de romperse con esa dictadura hasta tanto el pueblo cubano vuelva a recuperar su ansiada libertad.
VI
EL ASILO NO ES UNA MEDALLA: ES UN DERECHO
Hay una distinción fundamental que conviene hacer.
Un atleta que abandona una delegación no necesariamente está cometiendo un delito.
Una persona que teme regresar a su país puede buscar protección.
Y una persona que solicita asilo merece que su situación sea examinada conforme a las leyes y procedimientos correspondientes.
Lo que no puede aceptarse es que un Estado extranjero pretenda decidir por sí mismo que un ciudadano que se encuentra fuera de su territorio debe regresar contra su voluntad.
La soberanía funciona en ambas direcciones.
Cuba puede gobernar dentro de Cuba.
República Dominicana gobierna dentro de República Dominicana.
Parece una verdad demasiado elemental.
Pero algunas dictaduras tienen problemas con las verdades elementales.
VII
LA GRAN BURLA DEL “IMPERIO”
Y entonces aparece el argumento de siempre:
“Todo es culpa de Estados Unidos.”
La explicación sirve para casi cualquier cosa.
Escasez:
Estados Unidos.
Migración:
Estados Unidos.
Apagones:
Estados Unidos.
Falta de alimentos:
Estados Unidos.
Atletas que se marchan:
Estados Unidos.
Y si mañana se rompe una bicicleta en La Habana, probablemente aparecerá un comunicado explicando que el neumático fue víctima del bloqueo imperial.
Pero aquí surge una pregunta incómoda.
Si Estados Unidos constituye el peor lugar imaginable sobre la Tierra, ¿por qué tantos cubanos arriesgan tanto para llegar allí?
Y no solamente cubanos.
Millones de latinoamericanos han escogido Estados Unidos como destino migratorio.
También viven allí millones de dominicanos por nacimiento u origen.
Y muchos dominicanos mantienen vínculos familiares, económicos y sociales intensos con ese país.
Entonces aparece la paradoja:
el supuesto “imperio maligno” resulta ser, para millones de personas, uno de los destinos más deseados del planeta.
Hay ideologías que tienen un problema curioso:
cuando la gente huye de ellas, culpan al lugar hacia donde huye.
Es como si el preso escapara de la cárcel y el carcelero denunciara al país que abrió la puerta.
VIII
LA LIBERTAD NO NECESITA PROPAGANDA
Hay algo que ninguna ideología puede ocultar eternamente:
la conducta humana.
Se puede controlar un periódico.
Se puede controlar una televisión.
Se puede controlar una emisora.
Se puede controlar un discurso.
Pero resulta bastante más difícil controlar las piernas de un joven cuando descubre que puede caminar hacia una vida diferente.
Por eso las deserciones deportivas son políticamente tan incómodas.
Porque no son solamente estadísticas.
Son decisiones humanas.
Y cada decisión dice algo.
No necesariamente todo desertor es un héroe.
No necesariamente toda persona que abandona un país tiene razón en todas sus decisiones.
Pero cuando un fenómeno se repite durante décadas, cuando atletas de distintas generaciones aprovechan torneos internacionales para no regresar, resulta intelectualmente perezoso atribuirlo todo a una conspiración extranjera.
A veces la explicación puede ser mucho más sencilla:
hay personas que quieren vivir en libertad.
IX
¿Y QUÉ DEBE HACER LA REPÚBLICA DOMINICANA?
La República Dominicana debe actuar con firmeza, pero también con legalidad.
No necesita convertirse en enemigo del pueblo cubano.
Mucho menos de sus atletas.
Debe protegerlos.
Debe respetar sus derechos.
Debe investigar cualquier denuncia de persecución o intimidación.
Y debe dejar absolutamente claro que ningún funcionario extranjero puede ejercer funciones policiales dentro del territorio dominicano sin autorización de las autoridades dominicanas.
Pero tampoco sería prudente convertir una denuncia no probada en una ruptura automática de relaciones diplomáticas, comerciales o culturales.
La diplomacia no debe responder con histeria.
Debe responder con soberanía.
Firmeza no significa improvisación.
Y respeto por Cuba no significa respeto por cualquier práctica de su gobierno.
Hay que separar al pueblo cubano de quienes gobiernan Cuba.
Precisamente porque Cuba no pertenece a una cúpula política.
Cuba pertenece también a Martí.
A Maceo.
A Máximo Gómez.
A Mariana Grajales.
A los cubanos que murieron creyendo que algún día podrían vivir libres.
Y pertenece, sobre todo, a esos jóvenes que hoy descubren que una patria no debería exigirles escoger entre el amor por su tierra y el derecho a ser libres.
CONCLUSIÓN
Cuando el atleta decide que la libertad vale más que la medalla
Los acontecimientos de Santo Domingo 2026 deberían provocar una reflexión que vaya mucho más allá del deporte.
Un país puede ganar medallas y perder ciudadanos.
Puede ocupar los primeros lugares del medallero y quedarse sin jóvenes.
Puede producir campeones mundiales y, al mismo tiempo, producir generaciones enteras deseosas de marcharse.
Y entonces hay que preguntarse:
¿Quién ganó realmente?
¿El gobierno que contabiliza las medallas?
¿O el atleta que, después de ganar una, decide que su mayor triunfo consiste en conquistar su propia libertad?
La historia suele ser cruel con los gobiernos que confunden la patria con el poder.
Porque los gobiernos pasan.
Las banderas permanecen.
Los partidos pasan.
Los pueblos permanecen.
Los dirigentes mueren.
Las ideas sobreviven.
Y la libertad, aunque algunas dictaduras intenten encerrarla detrás de alambradas, termina encontrando una puerta.
A veces esa puerta se llama Miami.
A veces Madrid.
A veces Montreal.
Y esta vez, para algunos atletas cubanos, parece haberse llamado:
Santo Domingo.
EPÍLOGO
LA MEDALLA QUE NO PUEDEN CONFISCAR
Hay una última ironía que merece quedar escrita.
La delegación cubana llegó a Santo Domingo para competir por medallas.
Los funcionarios llegaron para acompañarla.
Los entrenadores llegaron para prepararla.
Los propagandistas llegaron para contar sus triunfos.
Y, sin embargo, algunos atletas llegaron a una conclusión que ningún entrenador pudo impedir:
la medalla más importante no estaba en el estadio.
Estaba en la posibilidad de escoger.
Escoger dónde vivir.
Escoger dónde trabajar.
Escoger qué pensar.
Escoger qué decir.
Escoger si regresar.
Escoger, incluso, equivocarse.
Eso es la libertad.
Y ahí aparece la gran tragedia de cualquier dictadura: llega un momento en que debe vigilar precisamente a aquellos a quienes llama “sus héroes”.
Porque cuando un gobierno necesita policías para asegurarse de que sus campeones regresen a casa, quizá debería preguntarse por qué sus campeones no quieren regresar.
Es una pregunta sencilla.
Terriblemente sencilla.
Y precisamente por eso resulta tan peligrosa.
Porque una dictadura puede censurar un periódico.
Puede cerrar una emisora.
Puede encarcelar a un opositor.
Puede perseguir a un disidente.
Puede controlar una frontera.
Pero existe una frontera que ningún régimen puede controlar eternamente:
la frontera de la conciencia humana.
Y cuando un muchacho cruza esa frontera, ya no hay uniforme, medalla, discurso ni consigna capaz de devolverlo al lugar del que quiso escapar.
Por eso, a los atletas cubanos que hayan decidido buscar libertad, hay que decirles algo que quizá no escucharon suficientemente en su propia patria:
Bienvenidos a un país donde pueden pedir protección sin que una medalla les quite el derecho a ser personas.
Y a quienes pretendan seguirlos para devolverlos contra su voluntad, habría que recordarles, con la serenidad de Duarte y la firmeza de Maceo:
República Dominicana no es una sucursal de ninguna dictadura.
Aquí se puede entrar como extranjero.
Se puede competir como atleta.
Se puede perder como deportista.
Se puede ganar como campeón.
Se puede pedir asilo como ser humano.
Pero nadie tiene derecho a traer la cárcel en el bolsillo y pretender instalarla en territorio dominicano.
Y si alguien todavía insiste en que aquellos jóvenes no escaparon buscando libertad sino que fueron “captados” por el enemigo, queda una última pregunta:
¿Por qué una revolución que asegura haber creado el paraíso necesita impedir que sus propios hijos descubran cómo es el mundo exterior?
Ahí está el verdadero resultado de Santo Domingo 2026.
No aparece en el medallero.
No tiene oro, plata ni bronce.
Es mucho más incómodo.
Porque algunos atletas cubanos quizá hayan descubierto que existe una competencia para la cual no necesitan entrenador, uniforme ni bandera:
la competencia por vivir como seres humanos libres.
Y esa medalla, señores del poder, tiene una particularidad extraordinaria:
no se puede confiscar.
Ramon Emilio Espinola
16 de agosto de 2016
EL ABUSO Y LA SOMBRA DE LA REPRESIÓN CUBANA EN TERRITORIO DOMINICANO
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