El apagón mediático en Washington: Crónica de un cortocircuito y el nacimiento de «Trump TV»
Por Luis Rodríguez Salcedo / TeclaLibre Multimedios
Desde esta media isla caribeña, donde las tormentas políticas suelen ser tan ruidosas como las tropicales, observamos con agudeza el inusual y estridente cortocircuito que acaba de ocurrir en los pasillos de Washington. La relación entre el poder y la prensa siempre ha sido un matrimonio por conveniencia, lleno de fricciones y reproches, pero lo que estamos presenciando en la Casa Blanca ha pasado de las amenazas de divorcio a un verdadero «apagón» de las pantallas.
Todo estalló el pasado viernes 18 de septiembre, cuando la administración de Donald Trump decidió apretar el botón rojo y retirarles las credenciales a los corresponsales de CNN, MS NOW y Politico. La justificación, como ya es costumbre en la retórica de este gobierno, fue la manida acusación de fabricar «noticias falsas». El Servicio Secreto acató la orden, dejando a los reporteros literalmente en la acera.
Pero el ajedrez político siempre guarda sorpresas. Quienes apostaban a que la competencia mediática primaría sobre la ética se equivocaron de medio a medio. En un acto de solidaridad institucional pocas veces visto, el todopoderoso «pool» televisivo —integrado nada menos que por Fox News, ABC, CBS y NBC— decidió bajar los interruptores. Fox News, tradicionalmente la cadena más afín al conservadurismo, tomó la batuta del boicot anunciando la suspensión de la señal compartida de eventos presidenciales.
A esta rebelión de las cámaras se sumó la artillería pesada de los tribunales: una demanda federal invocando la sagrada Primera Enmienda. Y como si fuera poco, la prensa escrita (*The New York Times*, *The Washington Post* y la agencia AP) decidió aplicar la «ley del hielo» fotográfica, embargando las imágenes oficiales hasta la medianoche. El mensaje fue claro: si tocas a uno, nos apagas a todos.
Conociendo el libreto de la actual administración estadounidense, la respuesta a este apagón no iba a ser una disculpa ni una tregua. La jugada, llena de suspicacia y picardía política, fue sacar su propia productora del sombrero. Así nació, de la noche a la mañana, «TRUMP TV: The Essentials Station».
Esta plataforma, que ahora transmite de forma ininterrumpida por YouTube y la red X, es la culminación del sueño de cualquier político con aversión a las preguntas incómodas: un canal propio, sin filtros, sin edición externa y, por supuesto, sin periodistas que cuestionen el libreto. Ahora, la Casa Blanca no solo genera la noticia, sino que pretende ser su único canal de distribución.
Lo irónico del caso es que, en su afán por llenar horas de transmisión, los estrategas gubernamentales han recurrido a insertar fragmentos de series como The Simpsons o SpongeBob, coqueteando peligrosamente con violaciones de derechos de autor. Un detalle que, si bien arranca una sonrisa irónica, demuestra la improvisación detrás del telón.
Lo que ocurre en la capital estadounidense no es un simple berrinche mediático; es un laboratorio peligroso. La creación de plataformas de «autoedición» gubernamental busca sustituir el periodismo independiente por propaganda directa. Si el gobernante de la nación más poderosa del mundo logra esquivar el escrutinio del «pool» de prensa atrincherándose en su propio canal de streaming, el mensaje que se envía al resto de los mandatarios —incluyendo a los de nuestra región latinoamericana, siempre tentados por el aplauso fácil y la censura— es sumamente preocupante.
Desde la redacción de TeclaLibre seguiremos monitoreando este pulso de poder. Por ahora, el presidente tiene su canal y la prensa tiene su dignidad. Falta ver quién se queda sin audiencia primero.
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