CAPÍTULO 2: Cuando el país heredó un imperio… y también sus fantasmas
Incautaciones misteriosas, empresas sin dueño, documentos que se “perdieron solos” y un Estado improvisando como empresario en medio del caos. La República Dominicana despertó de la era Trujillo con un patrimonio gigantesco… y una larga fila de manos extendidas.
El 31 de mayo de 1961, la República Dominicana abrió los ojos con una mezcla de alivio y vértigo. El “Jefe” ya no estaba.
Lo que sí estaba —y en cantidades industriales— era su fortuna, esparcida por todo el territorio como si el país fuera una gran subasta sin tasador.
Por primera vez en 31 años, el dictador no podía contestar la pregunta básica:
¿De quién es todo esto?
Y para colmo, ningún trujillista parecía recordar quién firmó qué, quién compró cuál empresa, o cómo diablos un Estado pobre había terminado con un conglomerado que haría palidecer a los millonarios de hoy.
Mientras el cuerpo de Trujillo se enfriaba, el país ardía en rumores:
que si los familiares estaban vaciando cuentas,
que si los baúles rumbo al puerto pesaban más de lo normal,
que si se llevaban cuadros, joyas, documentos, hasta máquinas industriales.
Las maletas viajaban más rápido que los decretos, y el Estado, ese flaco administrativo acostumbrado a sobrevivir con migajas, de repente debía administrar ingenios, hoteles, minas, fábricas, barcos, fincas, clubes sociales y cuadras de caballos.
Un país que no controlaba ni el precio del pan… ahora tenía que regentear un imperio.
El Consejo de Estado hizo lo que hace cualquier gobierno dominicano frente a un lío monumental: inventó un procedimiento tan simple como peligroso.
—“Todo lo que parezca de Trujillo: incáutese.”
—“Y lo que parezca del Estado… también.” Muy práctico. Muy patriótico. Muy confuso.
Porque en 31 años de dictadura, Trujillo no solo había borrado la línea entre lo público y lo privado: las había pulverizado.
-
¿Ese hotel era del país o de Ramfis?
-
¿Ese ingenio era estatal o de Petán?
-
¿Esa fábrica era pública o “prestada” a algún compadre?
La respuesta dependía de quién preguntara… y de quién estuviera sentado en el sillón de al lado. El resultado: un caos administrativo digno de expediente paranormal.
En 1962, en medio de presiones internacionales y un país intentando caminar sin muletas, nació CORDE, la Corporación Dominicana de Empresas Estatales.
En papel sonaba lindo: unificar todo el patrimonio heredado, administrarlo con profesionalismo y convertirlo en motor del desarrollo.
En la práctica fue otra cosa: un Frankenstein económico al que le tiraron encima más de 40 grandes empresas y casi 100 propiedades menores.
CORDE nació con un mandato silencioso: “Administre eso como usted pueda.”
Y así mismo fue: Ingenios que producían “pérdidas” que nadie sabía explicar. Fábricas donde faltaban piezas, pero sobraban gerentes. Terrenos estatales sin linderos… ¡qué conveniencia! Contratos con firmas evaporadas como espíritu santo. Inventarios que variaban según quién los revisara.
El país descubrió una verdad dolorosa: administrar el imperio del dictador era más complicado que sobrevivir al dictador.
Mientras CORDE chapoteaba entre papeles húmedos y estados financieros sospechosamente borrosos, empezaron a aparecer “salvadores”.
Una fauna variada: empresarios con buenas intenciones; oportunistas con mejores intenciones; funcionarios con necesidades urgentes; amigos de amigos, y allegados sin apellido, pero con mucha fe.
El cuento era siempre el mismo: “revitalizar”, “reestructurar”, “capitalizar”.
La práctica era otra: arrendamientos inexplicables; ventas por precios dignos de risa; permisos entregados en tiempo récord; concesiones que olían más a oportunidad personal que a progreso nacional.
El país no sólo heredó un imperio. Heredó a quienes querían convertirse en socios del imperio.
Aquí la sátira se escribe sola. De pronto: las escrituras desaparecían, los títulos se extraviaban, los contratos quedaban sin folios, los mapas se dañaban “por humedad”, los libros contables amanecían sin páginas, los documentos cruciales entraban en “revisión permanente”. Quién iba a sospechar, ¿verdad?
Pura casualidad que tantos papeles decisivos se perdieran justo cuando más necesarios eran.
Cualquier parecido con un saqueo elegante es, sin duda, una coincidencia archivística.
La transición del patrimonio trujillista al Estado no fue un proceso lineal.
Fue un zigzag de manos, intereses, silencios y maniobras.
Sí, se perdió mucho ahí.
Sí, se vendió sin transparencia.
Sí, muchas propiedades terminaron en manos privadas cuando el Estado aún no sabía lo que valían.
El país pasó de tener un dictador dueño de todo… a un Estado dueño de casi nada…
y a nuevos grupos privados dueños de lo que “quedó”.
Un reparto silencioso, sin balas, pero con bisturí.
Y con mucha destreza quirúrgica.
Cuando Balaguer volvió en 1966, se encontró con un panorama digno de tragicomedia: CORDE debilitada, el CEA amputado por todos lados, empresas públicas convertidas en botín electoral, y un inventario estatal convertido en rompecabezas sin piezas.
Y lo poco que quedaba… ya estaba listo para su siguiente fase:
la privatización —formal o informal— del patrimonio público.
Pero esa historia merece su propio capítulo.
Y TeclaLibre la contará con la misma sonrisa torcida y la misma suspicacia en el: CAPÍTULO 3 — “Balaguer y el reparto elegante: cómo se vacía un Estado sin que suene una alarma.”
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada

