-Referirse a esta operación como un «nati-muerto» es quedarse corto. Fue un comienzo fallido con una esperanza de vida de apenas 48 horas:
Trump anunció el domingo 3 de mayo un plan para romper el bloqueo iraní y salvar los barcos que languidecían en el golfo. Pero Irán, que tiene el control de su patio trasero, ya había fijado las reglas: «el único paso seguro es el CORREDOR ANUNCIADO PREVIAMENTE POR IRÁN». El mandamás americano, como si aquello no fuera con él, lanzó por sorpresa su plan.
Pero se dieron problemas desde el minuto uno. La realidad fue mucho menos glamurosa que el discurso: El primer día de la misión, Irán respondió lanzando misiles de crucero y drones cerca de barcos de guerra estadounidenses, lo que llevó a Washington a confirmar que derribó varias lanchas rápidas iraníes.
Horas antes, el secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó que la primera fase de la ofensiva («Furia Épica») ya había terminado. Es decir, pasaron de los bombardeos a una operación «meramente» naval.
Con 15.000 efectivos y más de un centenar de aeronaves sobre el terreno, ¿cuántos barcos lograron pasar? Tres. Tres barcos. De los 1.500 que estaban atrapados.
En resumen: el «Proyecto Libertad» no era más que un globo sonda con pinta de órdago militar. Un farol gigante disfrazado de gesto humanitario.
El meollo del asunto va más allá de una operación fallida. Estamos ante un error estratégico de dimensiones considerables.
La guerra se ha convertido en un sumidero de recursos sin un norte definido. El programa nuclear iraní, que según las filtraciones solo se ha atrasado «unos meses», sigue ahí; el régimen, intacto; y la región, más inestable que nunca (mirando sobre todo a la escalada con Hezbolá en Líbano). Dentro del propio partido republicano se respira un ambiente extraño; ya se escucha la palabra «nadaplete» (una mezcla de «nada» y «completo») para describir el peor de los escenarios posibles en las elecciones de mitad de mandato: quedarse sin nada. Sin Cámara, sin Senado y sin relato. Y es que la guerra es cada vez más impopular, incluso más que la de Irak en sus peores momentos, según las encuestas.
El meollo de la cuestión siempre ha sido Ormuz. Al cerrar el paso, Irán ha conseguido un escudo de contención brutal. Al disparar los precios del petróleo (el Brent roza los 115 dólares por barril), Teherán se ha asegurado de que el dolor económico se traslade directamente al bolsillo de los votantes estadounidenses (la gasolina por las nubes). No se puede entender este conflicto sin la tozuda realidad geopolítica.
El mantra de la administración —«la economía está boyante»— choca con la dura realidad de las gasolineras y el supermercado.
Los índices S&P 500 y Nasdaq Composite han rozado máximos históricos, impulsados por los beneficios de las grandes tecnológicas. Pero esta aparente desconexión con la realidad es volátil. El petróleo sigue caro, la inflación aprieta y los inversores tienen los pies de plomo ante la menor señal de beligerancia en el Golfo.
Mientras los traders se frotan las manos, el ciudadano medio nota que la gasolina ha aumentado un 50% desde el inicio de la guerra y la inflación general no da tregua. Trump rebaja el conflicto llamándolo «pequeña escaramuza militar», pero sus argumentos son como echar gasolina al fuego del descontento popular.
La política doméstica es el otro gran factor. Noviembre, con las elecciones de mitad de mandato, se acerca peligrosamente y Trump tiene el problema de que las cifras no mienten: Su índice de aprobación ha caído a niveles récord. Un 66% de los estadounidenses desaprueba cómo maneja la guerra y un 61% cree que fue un error. La gente no quiere guerras en Oriente Próximo, quiere poder llenar el depósito del coche.
Los republicanos, que controlan el Congreso por un margen estrechísimo, están empezando a presionar abiertamente para que Trump busque una salida. Saben que una guerra impopular y una inflación alta son la peor combinación posible para presentarse a la reelección en un año electoral.
En resumidas cuentas, lo que hemos visto en TeclaLibre visto esta semana es un intento patético de Trump de recuperar la iniciativa. Al querer matar dos pájaros de un tiro (aparentar fuerza frente a Irán y contentar a la opinión pública) ha logrado justo lo contrario: parece débil y errático. Y lo que es peor, ha dejado al descubierto la debilidad estratégica de su administración.
La gran cuestión ahora es si esta pausa temporal, patrocinada por Pakistán, servirá para rebajar la tensión y permitir una retirada a tiempo… o si, como todo en esta familia, será otro globo sonda pinchado antes de tiempo. Lo único que parece claro es que en la Casa Blanca el reloj electoral hace ya más ruido que las consignas patrióticas.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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