Turismo dominicano: el negocio que “pierde” miles de millones… mientras levanta palacios frente al mar
EDITORIAL – TECLALIBRE
La República Dominicana vive desde hace décadas aferrada a una especie de religión económica moderna: el turismo. Se le trata como vaca sagrada, motor nacional, salvador de divisas, garantía de estabilidad macroeconómica y carta de presentación ante el mundo. Cada vez que llegan cifras récord de visitantes, el país entero parece obligado a aplaudir de pie.
Pero de vez en cuando aparece alguien que se atreve a hacer una pregunta incómoda.
Y el economista Andy Dauhajre Jr. decidió hacerla.
Su planteamiento no es un simple ataque político ni una rabieta ideológica contra los hoteles. Lo que ha puesto sobre la mesa es una contradicción matemática y moral que el país parece haber preferido ignorar durante años.
Porque mientras el Banco Central describe al turismo como una gigantesca fábrica de riqueza, muchos hoteles reportan pérdidas o utilidades mínimas ante la Dirección General de Impuestos Internos (DGII).
En otras palabras:
para la propaganda económica, el turismo nada en oro;
para el fisco, parece un negocio al borde de la quiebra.
Y ahí es donde comienza el olor raro.
El milagro económico más extraño del Caribe
La lógica empresarial más básica dice que nadie invierte miles de millones de dólares en un sector que pierde dinero durante casi veinte años consecutivos.
Sin embargo, en República Dominicana ocurre exactamente eso.
Se levantan nuevos resorts.
Se expanden cadenas internacionales.
Se inauguran complejos de lujo.
Aumenta la inversión extranjera.
Se venden villas multimillonarias frente al mar.
Los aeropuertos se saturan de turistas.
Pero, curiosamente, muchos balances fiscales parecen narrar la historia de empresarios casi haciendo caridad patriótica.
La pregunta entonces no es si el turismo genera riqueza.
Claro que la genera.
La verdadera pregunta es:
¿dónde termina esa riqueza y cuánto de ella toca realmente al Estado dominicano?
Porque si el Banco Central estima enormes beneficios económicos, pero el aparato tributario recibe proporcionalmente mucho menos, entonces alguien está viviendo muy cómodo dentro de una zona gris que pocos quieren mirar de cerca.
El país de las exenciones eternas
Aquí es donde el debate se vuelve políticamente explosivo.
Durante décadas, el Estado dominicano ha entregado al turismo: exenciones fiscales, facilidades aduanales, incentivos especiales, exoneraciones, acuerdos preferenciales, y ventajas tributarias difíciles de encontrar en otros sectores productivos.
La narrativa oficial siempre fue la misma:
“hay que sacrificar impuestos hoy para generar desarrollo mañana”. El problema es que el “mañana” parece haber llegado hace rato… pero el sacrificio fiscal continúa.
Y mientras el pequeño comerciante, el profesional independiente o el asalariado pagan religiosamente impuestos visibles y directos, el sector más rentable y glamoroso del país continúa protegido bajo un modelo tributario extraordinariamente benevolente.
No es extraño entonces que en redes sociales mucha gente empiece a preguntarse si República Dominicana tiene realmente una economía turística… o una economía subsidiando permanentemente al turismo.
El turismo sí derrama riqueza… pero no necesariamente equidad
Los defensores del sector tienen razón en algo:
el turismo genera empleos, mueve consumo, impulsa construcción y trae divisas.
Negarlo sería absurdo.
Pero tampoco puede ignorarse otra realidad:
muchas zonas turísticas exhiben un contraste brutal entre lujo y precariedad.
Hoteles cinco estrellas frente a comunidades sin agua.
Buffets interminables junto a trabajadores sobreviviendo con salarios mínimos.
Piscinas infinitas rodeadas de barrios donde la electricidad sigue siendo intermitente.
Ese choque visual es el verdadero símbolo del modelo dominicano:
mucho crecimiento macroeconómico, pero una redistribución que parece evaporarse antes de tocar el suelo.
El peligro real de esta discusión. Lo más delicado para el establishment económico no son las cifras.
Es la percepción.
Porque cuando la población comienza a sospechar que los grandes números del crecimiento no se traducen proporcionalmente en bienestar colectivo, el relato oficial empieza a agrietarse.
Y eso ocurre en un momento especialmente complicado: alto costo de vida, endeudamiento creciente, presión por reformas fiscales, subsidios estatales, deterioro de servicios públicos, y una ciudadanía cada vez más desconfiada de las élites económicas.
Ahí la crítica de Dauhajre deja de ser un simple debate técnico.
Se convierte en una discusión sobre justicia fiscal y modelo de país.
La pregunta que nadie quiere responder
Quizá el problema no sea que el turismo genere demasiado dinero.
Quizá el problema sea descubrir quién lo cuenta, quién lo cobra… y quién realmente se lo queda.
Porque si el turismo es el motor de la economía dominicana, como tanto se repite desde los discursos oficiales, entonces el país tiene derecho a preguntarse por qué ese motor parece impulsar más rápido los balances privados que las finanzas públicas.
Y mientras las torres hoteleras siguen creciendo frente al Caribe azul de postal, millones de dominicanos siguen mirando desde fuera del resort.
Como empleados.
Como suplidores.
Como espectadores.
Pero rara vez como beneficiarios reales del paraíso económico que se les vende en cada campaña institucional.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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