–Trump vs. Anthropic: guerra fría por el alma militar de la inteligencia artificial-
Cuando la Casa Blanca exige obediencia total y Silicon Valley responde con límites éticos, la batalla ya no es tecnológica: es moral, estratégica y política.
Por TeclaLibre Digital
Washington amaneció con un nuevo frente abierto. Esta vez no es comercial, ni migratorio, ni arancelario. Es digital. Y el campo de batalla no está en el Indo-Pacífico ni en Ucrania: está en los servidores donde se entrenan los modelos de inteligencia artificial.
El presidente Donald Trump ordenó el viernes que todas las agencias federales de Estados Unidos cesen “inmediatamente” el uso de la tecnología desarrollada por Anthropic, tras la negativa de la empresa a autorizar el uso militar irrestricto de sus modelos Claude.
La respuesta presidencial fue tajante, en mayúsculas y desde su tribuna habitual:
“No la necesitamos, no la queremos y no volveremos a hacer negocios con ellos”.
Se concedió un período de transición de seis meses, principalmente para el Departamento de Defensa —que Trump llamó “Departamento de Guerra”—, pero el mensaje político ya estaba enviado: en tiempos de competencia estratégica, el gobierno no tolerará límites impuestos por proveedores privados.
La compañía dirigida por Dario Amodei no está dispuesta a cruzar ciertas fronteras. Su posición es clara: sus modelos no deben utilizarse para vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses ni para integrarse en sistemas autónomos de armamento.
En otras palabras: sí a usos defensivos, logísticos o analíticos;
El Pentágono, sin embargo, argumenta que actúa dentro de lano a convertirse en el cerebro de un dron letal autónomo o en el algoritmo que vigile a millones de personas sin control judicial. ley y que ningún contratista puede imponer condiciones sobre el uso final de sus productos. Desde su lógica, el proveedor vende tecnología; el Estado decide cómo emplearla.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue aún más duro: acusó a Anthropic de “arrogancia y traición” y ordenó clasificarla como riesgo para la cadena de suministro, una etiqueta que normalmente se reserva para compañías vinculadas a países adversarios.
El mensaje implícito es demoledor: quien no se alinee, queda fuera.
¿Qué está realmente en juego?
Esta no es solo una disputa contractual. Es un choque de modelos de poder.
La Casa Blanca de Trump apuesta por una integración total entre tecnología e industria de defensa. La inteligencia artificial es vista como infraestructura estratégica, comparable a la energía nuclear en el siglo XX.
Parte de Silicon Valley intenta mantener líneas rojas para evitar que la IA se convierta en arma autónoma sin control humano o herramienta de vigilancia indiscriminada.
La pregunta incómoda es esta:
¿Puede una empresa privada imponer límites éticos al Estado cuando ese Estado invoca la seguridad nacional?
El Pentágono advirtió que, si Anthropic no aceptaba las condiciones antes de la hora límite del viernes, podría enfrentarse a una orden de cumplimiento forzoso bajo la Ley de Producción de Defensa, un instrumento legal que permite al gobierno obligar a empresas privadas a priorizar contratos estratégicos.
La sola mención de esta ley eleva el conflicto a otro nivel: ya no es negociación, es coerción.
Amodei respondió con una frase que marca postura histórica:
“No podemos en conciencia acceder a su solicitud”.
En el fondo, es una declaración que recuerda viejos debates sobre responsabilidad científica: ¿hasta dónde llega la obediencia contractual cuando lo que se solicita puede redefinir la ética del uso tecnológico?
Más allá del enfrentamiento puntual, el episodio envía señales claras:
A otras empresas de IA: alinearse con el gobierno puede ser condición de supervivencia en el mercado federal.
A aliados y adversarios: Washington no permitirá que proveedores tecnológicos condicionen su doctrina militar.
A China y Rusia: Estados Unidos considera la IA un activo estratégico sin margen para objeciones privadas.
Y, sin embargo, la paradoja es evidente: si la democracia no tolera disenso ético en su propio ecosistema tecnológico, ¿qué la diferencia de los modelos autoritarios que tanto critica?
TeclaLibre sospecha que aquí no se discute solo un contrato. Se discute quién controla el cerebro de las máquinas que decidirán el próximo siglo.
Trump quiere disciplina estratégica.
Anthropic reclama conciencia tecnológica.
El Pentágono exige obediencia operativa.
Y en medio, la inteligencia artificial deja de ser una herramienta neutra para convertirse en el nuevo campo de batalla ideológico.
Si esta tendencia se consolida, la IA ya no será solo innovación. Será doctrina.
Y cuando la doctrina se impone sobre la ética, la historia suele tomar nota.
TeclaLibre lo advierte: la guerra por el código apenas comienza.
–Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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