🎬 La escena: cocktails, chaquetas y un portaaviones a 100 metros de La Habana
La noche del viernes, en el exclusivo Forum Club de West Palm Beach, Florida, un grupo de selectos empresarios y políticos asistentes a una cena privada se encontró con un espectáculo inesperado. El plato fuerte no era el filet mignon, sino las palabras del invitado principal: Donald Trump, quien entre bocado y bocado, soltó una bomba geopolítica digna de una película de bajo presupuesto pero con la firma inconfundible del magnate.
«No es ninguna locura», debió pensar el exmandatario mientras sus comensales digerían la idea: Estados Unidos tomará el control de Cuba «casi de inmediato». Pero claro, antes hay que terminar el «trabajo» en Irán, porque dijo que le gusta acabar los trabajos. Porque, ya se sabe, entre plato y plato siempre se puede planificar una guerra.
El momento estelar llegó cuando Trump describió la escena con lujo de detalles: «De regreso de Irán, tendremos uno de nuestros grandes… tal vez el portaaviones USS Abraham Lincoln, el más grande del mundo. Haremos que se acerque, que se detenga a unos 100 metros de la costa, y dirán: ‘Muchas gracias. Nos rendimos’. Un guión perfecto para un reality show, si no fuera porque la política internacional no es precisamente un set de grabación.
En la cena también estuvieron presentes destacadas figuras de la política local, así como empresarios y líderes de opinión del sur de Florida. Según el organizador del evento, el objetivo era debatir sobre el futuro económico del país, pero seguramente nadie esperaba que la «toma de Cuba» entrara en la agenda como propuesta postre.
Fuentes cercanas a la Casa Blanca han declarado al respecto que, efectivamente, todo fue «una broma». Pero, como suele decirse, entre broma y broma, la verdad se asoma. No es la primera vez que Trump sugiere que Cuba es su próximo objetivo en su estrategia de política exterior. De hecho, desde que asumió su segundo mandato, ha firmado múltiples órdenes ejecutivas para asfixiar económicamente a la isla, incluyendo un bloqueo petrolero sin precedentes y sanciones a los bancos extranjeros que negocian con el gobierno cubano.
Este viernes, pocas horas antes de la cena, el presidente estadounidense ya había firmado una nueva tanda de sanciones que amplían el cerco financiero sobre Cuba, apuntando a sectores clave como la energía, la defensa, la minería y los servicios financieros. También se incluye a los bancos extranjeros si facilitan «transacciones significativas» para alguien sancionado en Cuba. Todo ello bajo el pretexto de que el gobierno cubano sigue representando una «amenaza inusual y extraordinaria» para Estados Unidos.
El Secretario de Estado Marco Rubio por su parte ha ido aún más lejos al acusar a Cuba de permitir la presencia de servicios de inteligencia de países «adversarios», como China y Rusia, a solo 90 millas de la costa estadounidense. Mientras tanto, el Congreso estadounidense ha rechazado una propuesta demócrata para limitar las posibles operaciones militares que Trump pueda ordenar contra la isla, dándole luz verde para seguir escalando la tensión.
Desde dentro del Pentágono fuentes anónimas consultadas por USA Today confirmaron que, en efecto, se están intensificando los planes de una posible intervención militar en Cuba, aunque algunos analistas consideran que todo esto es más «señalización» que estrategia inminente. Un oficial de alto rango llegó a afirmar que «las Fuerzas Armadas están preparadas para ejecutar las órdenes del presidente», una frase que no hace más que alimentar el fuego especulativo.
Por su parte, la administración Trump ha justificado esta escalada argumentando que el régimen cubano estaría colaborando con grupos terroristas internacionales y facilitando el despliegue de capacidades militares extranjeras en la isla, acusaciones que La Habana ha calificado reiteradamente de «pretextos falaces».
Mientras Trump disfrutaba su cena en un exclusivo club de Florida, en La Habana las alarmas no tardaron en encenderse. El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, recurrió a su cuenta de X (antiguo Twitter) para calificar las nuevas sanciones como una muestra de la «pobreza moral y el desprecio» del gobierno estadounidense hacia la sensibilidad del pueblo cubano. «Nadie honesto puede aceptar la excusa de que Cuba sea una amenaza para ese país», escribió el mandatario, en un intento por quitarle hierro a una denuncia que muchos ven como una provocación innecesaria.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez, también se sumó a la ofensiva diplomática, calificando las nuevas sanciones de «ilegales y abusivas». Rodríguez aprovechó para recordar que más de medio millón de cubanos marcharon el pasado 1 de mayo en defensa de la patria y en denuncia del bloqueo estadounidense, y que seis millones de isleños han firmado un documento en rechazo a las amenazas militares de Washington.
«La Patria, la Revolución y el Socialismo se defienden con las ideas y con las armas. No van a amedrentarnos» sentenció el canciller. Son palabras que retumban con fuerza en un contexto donde Cuba, sumida en una profunda crisis económica y sin el petróleo venezolano que la sostenía, ve cómo se estrecha aún más el cerco a su ya de por sí maltrecha economía.
La movilización popular en respuesta a las amenazas estadounidenses ha sido masiva, lo que ha servido al gobierno cubano para mostrar unidad interna frente a un enemigo común. Sin embargo, la pregunta que muchos analistas se hacen es cuánto tiempo podrá resistir la isla bajo tanta presión externa y crisis interna.
Las declaraciones presidenciales desataron una tormenta de comentarios en las redes sociales. Mientras sus seguidores vitoreaban la supuesta nueva política expansionista, los críticos recordaban que un portaaviones a 100 metros de la costa cubana (unos 328 pies) sería un acto de provocación sin precedentes, casi rozando el grotesco espectáculo.
A decir verdad, la distancia mencionada por Trump no es inocente. Algunos medios más atentos a los detalles notaron que, en realidad, el USS Abraham Lincoln no es el portaaviones más grande del mundo (ese título lo ostenta el USS Gerald Ford). Pero como diría el propio Trump: los detalles son para los débiles. Lo importante aquí es la imagen: un gigante de acero flotando a pocos metros de las costas habaneras, como si se tratara de un crucero turístico con ametralladoras.
Algunos analistas militares han señalado que una operación de esas características sería técnicamente un éxito rápido desde el punto de vista castrense, pero que la victoria política posterior sería mucho más difícil de alcanzar. Y es que Cuba no es Granada; tiene un ejército organizado, una población movilizada y una historia de resistencia que, por más que se quiera pasar por alto, sigue siendo un factor determinante.
No obstante, el simple hecho de que un presidente estadounidense lance una amenaza semejante en un foro público, así sea en tono de «broma», constituye un salto cualitativo en la escalada retórica. Si en enero hablábamos de sanciones y bloqueos petroleros, hoy ya estamos discutiendo cuán cerca puede situarse un portaaviones de la costa cubana sin que eso constituya un acto de guerra.
Y eso, amigos, es el verdadero problema.
Pero no todo se queda en palabras. Durante las últimas semanas, diversos medios han informado que el Pentágono está intensificando sus planes de contingencia para una posible intervención militar en Cuba, a la espera de una orden directa del presidente. Aunque el Departamento de Defensa ha evitado hacer comentarios al respecto, argumentando que no especula sobre «escenarios hipotéticos», lo cierto es que las señales son demasiado evidentes como para ignorarlas.
El pasado mes de abril, el propio Trump declaró en la Casa Blanca que esperaba tener «el honor» de tomar Cuba «de alguna forma» una vez concluido el conflicto con Irán. También sugirió que esa toma podría ser «amistosa… o no». Frases como estas, que a simple vista parecen salidas de una tertulia de bar, adquieren una dimensión inquietante cuando se pronuncian desde el Salón Oval.
Los analistas, sin embargo, han recordado que una invasión a Cuba, incluso si técnicamente fuera un éxito rápido, tendría consecuencias políticas desastrosas para Washington a nivel regional e internacional. Cuba no es un enemigo fácil: tiene un ejército de 50,000 soldados, una milicia de más de un millón de reservistas y un pueblo acostumbrado a resistir bloqueos y agresiones de todo tipo. Además, una intervención militar abriría una crisis migratoria en la región y pondría en jaque las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el mundo.
Por no mencionar el papel de China y Rusia, que han visto con pésimos ojos la escalada de Trump contra la otrora aliada de sus proyectos geopolíticos en la región. Ambos países han advertido que una intervención militar en Cuba tendría «consecuencias imprevisibles».
Ningún análisis de la política de Trump hacia Cuba estaría completo sin mencionar al senador Marco Rubio (R-Florida), quien ha sido el principal impulsor de la línea dura hacia la isla desde el Congreso. Esta semana, Rubio acusó a Cuba de facilitar la presencia de servicios de inteligencia de países adversarios a solo 90 millas del territorio estadounidense. La referencia no es velada: habla de China y Rusia, dos potencias que han ampliado su presencia diplomática y económica en la isla durante los últimos años.
Según Rubio, esta situación es «inaceptable» y la administración Trump no la tolerará. El senador cubanoamericano también ha sido clave en el Congreso a la hora de bloquear cualquier intento de limitar las operaciones militares que el presidente pueda ordenar contra Cuba, como quedó demostrado esta semana con el rechazo de la propuesta demócrata para frenar una posible acción militar.
El argumento de la amenaza china no es nuevo, pero ha cobrado fuerza tras la caída de Maduro en Venezuela y la percepción de que Cuba ha quedado como el último bastión de los proyectos socialistas en la región. Para la administración Trump, la ecuación es simple: si la isla está en manos de un gobierno pro-ruso y pro-chino, entonces es una amenaza a la seguridad nacional que debe ser neutralizada. Pero como bien señalan los críticos, esta lectura simplista ignora la complejidad del conflicto y la voluntad de resistencia de los cubanos.
Concluida la cena en el Forum Club, los comensales se fueron a sus casas con la imagen del portaaviones flotando a 100 metros de las playas cubanas grabada en sus mentes. Pero más allá del despliegue retórico (o la supuesta «broma»), lo cierto es que la administración Trump está aplicando una estrategia de desgate contra Cuba, combinando sanciones económicas, presión diplomática y amenazas militares para forzar un cambio de régimen en la isla.
Las nuevas medidas no son un chiste, aunque el presidente las presente en una cena con tintes de humor negro. El bloqueo total de activos a cualquier empresa extranjera que negocie con Cuba ya está teniendo un impacto devastador en la economía de la isla, sumida en una crisis energética y de abastecimiento sin precedentes desde los años noventa. México ya ha suspendido sus envíos de combustible, y otros países latinoamericanos están reconsiderando sus relaciones comerciales con La Habana por el temor a las represalias estadounidenses.
Y mientras todo esto sucede, el mundo observa expectante. Cuba prepara sus defensas mientras la administración Trump redobla la apuesta. La broma puede ser divertida, pero el juego es real. Y si algo hemos aprendido en estos años es que con Trump, nunca se sabe dónde empieza el chiste y dónde acaba la amenaza.
Porque al final, y parafraseando al mandatario: ¿no sería «maravilloso» tener una playa en La Habana del Este con vista al Lincoln desde el malecón? Pero con la salvedad de que, en este juego geopolítico, los cubanos pueden terminar no precisamente aplaudiendo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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