Por Ramon Espinola
RECOGIENDO LIMOSNA NO LO TUMBAN
(Dedicado a los jóvenes que no conocieron la tiranía y hoy creen que la historia es un “teteo”, y también a aquellos que, sin haberla sufrido, sueñan con el látigo como remedio al desorden.)

Ciudad Trujillo —nombre prestado por el ego a una ciudad que nunca lo pidió— amanecía aquella mañana del 20 de enero de 1960 envuelta en una calma sospechosa.
No era la serenidad de los pueblos libres, sino la paz quirúrgica de los cementerios: ordenada, silenciosa… y profundamente vigilada.
Se había develado el complot del Movimiento Catorce de Junio (1J4).
El cielo aún estaba cubierto por una negrura elegante, casi teatral, como si la noche se resistiera a abandonar el escenario donde, horas antes, se había representado otra función del macabro teatro estatal.
Las estrellas, tímidas cómplices, parecían retirarse con pudor, dejando el terreno libre al sol… ese sol que, como buen funcionario del régimen natural, debía salir puntualmente, aunque debajo de su luz se ocultaran horrores.
Eran poco más de las cuatro de la madrugada cuando el coronel Johnny Abbes García abandonaba el rancho Jacqueline, aquel laboratorio de tormentos donde la patria era interrogada a golpes.
El teniente coronel del ejército nacional, sin nunca haber pasado por un centro de entrenamiento militar, subía a su vehículo con el cansancio de quien ha trabajado duro… aunque su trabajo consistiera en desarmar cuerpos y voluntades.
El Mercedes Benz avanzaba veloz por la ciudad dormida.
Dentro del automóvil, el humo de los cigarrillos competía con el hedor invisible de la noche: una mezcla de sudor, miedo y electricidad quemada.
Los hombres que viajaban en él no hablaban de filosofía ni de política; discutían, con entusiasmo casi técnico, sobre métodos de tortura.
La eficiencia siempre ha sido el orgullo de los verdugos.
Y sin embargo, algo no marchaba bien.
El silencio del coronel Abbes no era el de la reflexión, sino el de la preocupación.
Porque incluso en las dictaduras más sólidas, hay noches en que la realidad se cuela por las rendijas del miedo. Y esa noche había sido una de ellas.
El país comenzaba a moverse.
La Iglesia —esa misma que ayer bendecía— empezaba a incomodar.
Los jóvenes —esos ingratos que habían crecido bajo la “protección” del régimen— conspiraban. Y, para colmo, algunos hijos del propio sistema parecían haber desarrollado el mal hábito de pensar.
¡Qué ingratitud imperdonable!
Porque, según el tirano, él lo había dado todo: carreteras, silencio, orden… y hasta el derecho a callar.
En la temida “40”, el infierno había trabajado horas extras.
Los gritos, que ni el ruido de los motores podía ocultar, se elevaban como plegarias invertidas.
Si Dios escuchaba, guardaba silencio; si no escuchaba, el silencio era aún más inquietante.
La técnica del terror se había perfeccionado hasta convertirse en rutina. Había protocolos, especializaciones, hasta cierta división del trabajo: médicos que curaban para seguir torturando, abogados que legalizaban el horror, informantes que vendían conciencias al mejor postor.
La dictadura, en su perfección, no solo producía miedo: producía colaboradores.
Y ahí residía su verdadera obra maestra.
Porque el problema nunca fueron únicamente los que torturaban… sino los que hacían posible que se torturara.
Aquella noche, incluso los niños tuvieron su turno en la maquinaria del orden.
Veintisiete adolescentes —culpables de escribir letras en una pared— fueron convertidos en enemigos del Estado. Su crimen: pensar que las iniciales podían derribar imperios.
La respuesta fue proporcional… en lógica dictatorial.
Los mataron.
No por lo que hicieron, sino por lo que representaban: la peligrosa idea de que el miedo podía desafiarse con tinta.
Escribir sobre una pared: “Trujillo, es un mierda”. No fue poca cosa y por eso merecieron ser asesinados. El pueblo de Santiago de los Caballeros conoció a estos jóvenes como “los panflereros”
Mientras tanto, en el Palacio Nacional, el dueño del país comenzaba su jornada como todo buen creyente: encendiendo velas y consultando fuerzas invisibles.
Porque el poder absoluto siempre necesita superstición.
El dictador leía informes con el ceño fruncido.
El mundo, ese ingrato escenario, parecía no entender su sacrificio. La Iglesia murmuraba, los americanos dudaban, los jóvenes conspiraban… y hasta sus propios aliados comenzaban a inquietarse.
La fidelidad, ese valor tan exigido, empezaba a escasear.
Y entonces, como un eco grotesco de la realidad, sonó en la radio el merengue oficial:
“Recogiendo limosna no lo tumban… Que va gallo no lo tumban” y la voz del locutor Ramon Rivera Batista retumbar en los aires hertzianos con el estribillo “Viva Trujillo”
Era una consigna disfrazada con música.
Una burla convertida en estribillo.
Una verdad… pronunciada con arrogancia.
Porque el régimen sabía algo fundamental:
No se tumba una dictadura pidiendo permiso.
EPÍLOGO
(Manual breve del absurdo dictatorial)
Las dictaduras tienen una lógica peculiar:
creen que el miedo es eterno,
que la obediencia es natural
y que la memoria es frágil.
Se sostienen sobre una paradoja brillante:
necesitan que todos callen…
pero también que todos participen.
La complicidad es necesaria y se hace obligatoria.
Por eso crean verdugos, pero también testigos;
cómplices, pero también víctimas;
y sobre todo, crean la ilusión de que el horror es normal.
El dictador, en su delirio, llega a convencerse de que gobierna por amor.
Que la represión es pedagogía.
Que la sangre es un precio administrativo.
Y cuando finalmente todo se desmorona —porque siempre se desmorona—
no entiende nada.
Mira alrededor, confundido, y pregunta:
“¿Qué quieren esos sinvergüenzas, si todo se lo he dado?”
Y ahí reside el chiste más oscuro de la historia:
el tirano nunca comprende que lo único que nunca pudo dar…
Fue la libertad.
Porque la libertad no se concede.
Se arrebata.
Y no, Excelencia…
Recogiendo limosna, no lo tumban.
Pero, lo mataron, no con cheles. Con balas de plomo.

