CONSECUENCIAS DE LA OCUPACIÓN MILITAR NORTEAMERICANA EN LA REPÚBLICA DOMINICANA (1916-1924)
Por Ramon Emilio Espinola
(Dedicado a los jóvenes dominicanos de hoy y a todos aquellos interesados en comprender por qué muchos de los problemas nacionales del presente tienen raíces sembradas hace más de un siglo).
La vida es interesante: «La memoria histórica no cambia el pasado, pero puede iluminar el futuro.»

ABSTRACT
La ocupación militar norteamericana de la República Dominicana entre 1916 y 1924 constituye uno de los acontecimientos más trascendentales y controvertidos de la historia nacional.
Presentada por Washington como una misión civilizadora destinada a restaurar el orden y garantizar el pago de la deuda externa, la intervención produjo profundas transformaciones políticas, económicas, militares y sociales cuyos efectos perduran hasta nuestros días.
La nación dominicana vive “La Era de Estados Unidos”, aunque los ignorantes de la historia digan lo contrario. Algo interesante que se puede palpar a simple vista es la situación de carencias de la hermana isla de Cuba y los avances económicos de la nación dominicana producto de que los gobiernos dominicanos hechura de los gringos no han sido respondones ni malcriado al imperialismo del Norte mientras Cuba quiso abandonar a su marido que estaba a solo 90 millas de distancia para entregarse en cuerpo y alma a un imperio que no la pudo cargar. Así son las cosas de la vida.
Este ensayo es un recuento de un capítulo de un libro gigante que examina las primeras reacciones de resistencia de la sociedad dominicana frente a la ocupación, el surgimiento del nacionalismo moderno, las protestas populares, la oposición intelectual y las contradicciones de una potencia extranjera que proclamaba la democracia mientras imponía su voluntad mediante las bayonetas.
Asimismo, se analizan las consecuencias institucionales derivadas de la intervención, particularmente aquellas que facilitaron posteriormente el ascenso de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Tenemos que reconocer que Trujillo fue un hijo putativo y muy aventajado de dicha ocupación y hasta que decidieron matarlo, gozó de total apoyo de los amos del Norte.
INTRODUCCIÓN
La historia suele ser narrada por los vencedores, pero la intrahistoria pertenece a los pueblos que padecen las consecuencias de las decisiones tomadas por otros.
Cuando los marines estadounidenses desembarcaron en Santo Domingo en mayo de 1916, no solo ocuparon edificios públicos, fortalezas y oficinas gubernamentales; ocuparon también la soberanía nacional.
Aquella intervención fue presentada como una acción necesaria para garantizar la estabilidad política y financiera de la República Dominicana. Sin embargo, detrás de las elegantes expresiones diplomáticas se ocultaba una realidad mucho más sencilla: una nación poderosa imponía su voluntad sobre una nación débil.
Los estadounidenses afirmaban venir a enseñar orden administrativo, respeto institucional y modernidad política.
La ironía histórica consiste en que comenzaron su lección encarcelando senadores dominicanos, interviniendo las finanzas nacionales y gobernando mediante decretos militares. Parecía que la democracia llegaba en uniforme de campaña y con fusiles al hombro.
Los acontecimientos ocurridos entre 1916 y 1924 marcaron profundamente el desarrollo posterior del país.
Muchas de las instituciones creadas durante la ocupación sobrevivieron a los ocupantes.
Algunas aportaron elementos de modernización administrativa; otras sentaron las bases de estructuras autoritarias que terminarían favoreciendo el surgimiento de una de las dictaduras más largas y sangrientas de América Latina.
Comprender aquellos acontecimientos no constituye un simple ejercicio académico. Es una necesidad histórica para entender quiénes somos, cómo llegamos hasta aquí y por qué algunas sombras del pasado todavía se proyectan sobre el presente.
LAS PRIMERAS REACCIONES CONTRA LA OCUPACIÓN
Tan pronto como las tropas de la Infantería de Marina de los Estados Unidos tomaron la ciudad de Santo Domingo el 15 de mayo de 1916, una profunda sensación de humillación nacional se extendió por gran parte del territorio dominicano. En la capital, particularmente, el sentimiento patriótico herido se manifestó de manera inmediata.
La población observaba con indignación cómo soldados extranjeros recorrían las calles de la ciudad mientras las autoridades nacionales quedaban reducidas a simples espectadores de los acontecimientos. Cada nueva medida adoptada por las fuerzas ocupantes aumentaba el resentimiento colectivo.
Uno de los episodios que provocó mayor indignación fue el apresamiento de varios senadores dominicanos para impedir la elección presidencial de Federico Henríquez y Carvajal. Aquella acción reveló de manera temprana cuál sería la naturaleza de la intervención. Resultaba difícil aceptar las lecciones de democracia impartidas por quienes encarcelaban legisladores para evitar que votaran libremente. Uno de los legisladores apresados por protestar fue don Persio C. Franco, a quien tuve el honor de conocer en Nueva York en 1963, y quien me contó todos estos incidentes que tengo a bien manifestar para que el hilo de la memoria histórica nunca se pierda.
La situación empeoró cuando los ocupantes bloquearon los recursos procedentes de las aduanas, principal fuente de ingresos del Gobierno dominicano.
La administración pública quedó prácticamente paralizada, mientras Washington justificaba sus acciones alegando la necesidad de garantizar el cumplimiento de compromisos financieros internacionales. Esta acción es parecida a la que se sucede en Venezuela con la venta del petróleo.
La madrugada del 15 de mayo ofreció una imagen que quedó grabada en la memoria colectiva. Los primeros contingentes de marines encontraron una ciudad silenciosa. Las calles permanecían vacías. Las puertas y ventanas estaban cerradas. En numerosas viviendas ondeaban banderas dominicanas adornadas con crepones negros, símbolo de duelo nacional.
No era una derrota militar lo que se lamentaba. Era algo más profundo: la pérdida de la soberanía. Si alguna vez a partir de 1844 la república fue soberana.
Durante los primeros días permanecieron cerrados pulperías, comercios, centros sociales y teatros. Sin embargo, la vida cotidiana debía continuar y la ciudad fue recuperando paulatinamente cierta normalidad. Lo que no desapareció fue la conversación dominante en calles, plazas y cafés: la ocupación extranjera.
Los periódicos reaparecieron rápidamente y sus editoriales condenaban con extraordinaria firmeza la presencia militar norteamericana. La prensa se convirtió en una de las principales trincheras de resistencia nacional.
En las semanas siguientes surgieron juntas patrióticas en Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata, San Francisco de Macorís, La Vega y San Pedro de Macorís. Los ayuntamientos organizaron reuniones de notables para expresar formalmente su rechazo ante las autoridades ocupantes.
En Santiago, la élite social decidió cerrar el prestigioso Centro de Recreo durante todo el mes de junio como señal de protesta. Se suspendieron fiestas, recepciones y celebraciones sociales. La protesta adquiría formas diversas, desde resoluciones municipales hasta canciones populares improvisadas que ridiculizaban la presencia de los marines.
La resistencia armada en la capital fue limitada, aunque no inexistente.
Uno de los episodios más conocidos ocurrió en Villa Duarte, donde Ramón Batista, acompañado de familiares y amigos, decidió enfrentar a las tropas extranjeras. Durante el enfrentamiento murieron dos marines y varios resultaron heridos.
La respuesta militar fue contundente. Los norteamericanos regresaron con refuerzos, eliminaron a los atacantes, causaron la muerte de una mujer inocente y destruyeron varias viviendas del sector. Posteriormente, numerosos testimonios denunciaron abusos y atropellos cometidos por los ocupantes.
Durante mi niñez tuve la oportunidad de escuchar relatos de primera mano sobre aquellos acontecimientos. Un pariente de mi madre llamado Ángel Medrano, residente de Villa Duarte y contemporáneo de Ramón Batista, que fue de sus seguidores, narraba con extraordinaria precisión los sucesos ocurridos en aquellos días. Sus historias convertían los hechos históricos en recuerdos vivos, permitiendo comprender la dimensión humana de aquel conflicto.
Los abusos denunciados dieron lugar a protestas formales del Gobierno dominicano, que acusó a las fuerzas ocupantes de cometer actos arbitrarios, ilegales y contrarios a los principios más elementales del derecho. Entre las denuncias figuraba la aplicación de la llamada «ley de fuga», práctica mediante la cual algunos prisioneros eran ejecutados y posteriormente se alegaba que intentaban escapar.
Las autoridades militares prometían investigar y sancionar los excesos.
Sin embargo, la mayoría de las denuncias terminaban archivadas. La justicia parecía funcionar con admirable rapidez cuando se trataba de proteger intereses extranjeros y con notable lentitud cuando las víctimas eran dominicanas.
Ante la imposibilidad de derrotar militarmente a la potencia ocupante, muchos intelectuales transformaron la palabra en arma de combate.
Poetas, ensayistas, periodistas y oradores emprendieron una intensa campaña de denuncia. Entre ellos sobresalieron Fabio Fiallo, Enrique Deschamps y Américo Lugo, figuras que asumieron la defensa de la dignidad nacional tanto dentro como fuera del país.
La resistencia cultural también encontró espacio en el teatro. Siguiendo una tradición que se remontaba a la época de la ocupación haitiana, diversos grupos artísticos llevaron a escena obras de fuerte contenido patriótico.
El dramaturgo José Narciso Solá presentó piezas como El Intruso, Un Matrimonio a lo Yaqui y No Más Yes, que cuestionaban la legitimidad de la ocupación y ridiculizaban las contradicciones de los interventores.
Posteriormente, Arturo Logroño y Rafael Damirón estrenaron Los Yanquis en Santo Domingo, una obra aún más crítica que utilizaba la sátira para exponer tanto las debilidades de los políticos dominicanos como las pretensiones de superioridad de los ocupantes.
Las autoridades norteamericanas reaccionaron con evidente incomodidad. Resulta comprensible: pocas cosas irritan más a los poderosos que convertirse en objeto de burla pública.
Oficiales de la Infantería de Marina intentaron presionar a las autoridades locales para limitar las representaciones teatrales y las críticas periodísticas. Los periódicos respondieron denunciando la contradicción de una nación que proclamaba defender la libertad de expresión mientras trataba de silenciar a quienes cuestionaban sus acciones.
La paradoja alcanzó niveles particularmente notables cuando Miguel A. DuBreil, editor del semanario El Loro, fue procesado por publicar una caricatura satírica del presidente estadounidense Woodrow Wilson. De ese modo, el país que se presentaba como campeón mundial de las libertades terminaba demostrando que algunas libertades resultaban más aceptables que otras.
La ocupación había comenzado como una operación militar. Muy pronto se transformó en una batalla por el alma de la nación dominicana.
CONCLUSIÓN
La ocupación norteamericana de 1916 no logró destruir el sentimiento nacional dominicano; por el contrario, contribuyó a fortalecerlo.
Frente a la presencia de una potencia extranjera, sectores sociales que normalmente permanecían divididos encontraron un motivo común de unidad: la defensa de la soberanía.
Paradójicamente, los ocupantes terminaron sembrando las semillas de un nacionalismo moderno que posteriormente se convertiría en una poderosa fuerza política. Los dominicanos descubrieron que la patria no era únicamente una delimitación geográfica, sino también un sentimiento colectivo capaz de movilizar voluntades y sacrificios.
EPÍLOGO
La historia posee un peculiar sentido del humor. Los imperios suelen creer que controlan el futuro cuando ocupan territorios ajenos. Sin embargo, rara vez pueden controlar las consecuencias de sus acciones.
Los marines abandonaron el país en 1924, pero dejaron tras de sí instituciones, estructuras militares y prácticas políticas que continuarían influyendo hasta el día de hoy.
Entre esas herencias figuraba una Guardia Nacional (hoy Ejército de la República Dominicana) que terminaría sirviendo de plataforma para el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo. Y desaparecida la dictadura, sirve a los intereses imperiales de Estados Unidos.
Así, una intervención concebida para garantizar el orden y la estabilidad terminó contribuyendo indirectamente al surgimiento de una de las dictaduras más prolongadas de América Latina.
La intrahistoria nos enseña que los pueblos olvidan los discursos oficiales, pero recuerdan las humillaciones. Y cuando una nación conserva viva su memoria, ninguna ocupación, por poderosa que sea, logra conquistar completamente su espíritu.
BIBLIOGRAFÍA
• Espinola, Ramon Emilio. Causas e implicaciones que dieron origen a la dictadura de Trujillo. 1999.
• Lugo, Américo. La Ocupación Militar de Santo Domingo por los Estados Unidos.
• Fiallo, Fabio. Obras Completas y Escritos Patrióticos.
• Deschamps, Enrique. La República Dominicana y la Intervención Americana.
• Moya Pons, Frank. Frank Moya Pons Manual de Historia Dominicana.
• Calder, Bruce J. The Impact of Intervention: The Dominican Republic During the U.S. Occupation of 1916-1924.
• Vega, Bernardo. Bernardo Vega: Los Estados Unidos y Trujillo.
• Cassá, Roberto. Roberto Cassá Historia Social y Económica de la República Dominicana.
Nota al margen: La foto que ilustra estos párrafos históricos es también historia pues en ella al centro se encuentra uno de los legisladores que fueron detenidos cuando Estados Unidos ocupó la nación y canceló el congreso en 1916, Persio C. Franco. Quien suscribe este relato es el más joven de la foto. Adivine usted.
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