Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA NACIONAL
EL CRIMEN DE MONTES ARACHE
(Dedicado al pueblo dominicano, ese pueblo que a veces camina con los ojos abiertos… pero la memoria cuidadosamente cerrada. Y también a los devotos del aplauso fácil, que veneran sin leer, sin preguntar, y —peor aún— sabiendo, prefieren callar para no incomodar la cómoda mentira. Qué prodigio de civilización: olvidar como acto patriótico.)

“Después de apresarlas, las condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos y se llevara a una de las muchachas. Cumplió la orden en el acto y se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas, María Teresa. Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta, Minerva; yo elegí a la más bajita y robusta, Patria; y Malleta al chofer, Rufino de la Cruz. Ordené a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separadas todas para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas. Traté de evitar este horrendo crimen, pero no pude, porque tenía órdenes directas de Trujillo y Johnny Abbes García. De lo contrario, nos habrían liquidado a todos¹
Estas palabras —frías, mecánicas, casi administrativas— pertenecen al esbirro Ciriaco de la Rosa, pronunciadas ante el tribunal que, con una tardía dignidad, intentó juzgar lo que ya la historia había condenado sin apelación: el asesinato de las hermanas Mirabal y de Rufino de la Cruz.
El relato no estremece únicamente por lo que dice, sino por lo que revela: la banalidad del mal convertida en rutina, la obediencia elevada a coartada moral y la cobardía disfrazada de disciplina militar. Porque en las dictaduras, matar no es un crimen: es una orden… y obedecer, una virtud premiada.
Los ejecutores materiales —Alfonso Cruz Valerio, Emilio Estrada Malleta, Néstor Antonio Pérez Terrero y Ramón Emilio Rojas Lora— actuaron bajo la dirección de Ciriaco de la Rosa, obedeciendo instrucciones de Candito Torres Tejada y del infame Johnny Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar, con el conocimiento del general Pupo Román, entonces Ministro de las Fuerzas Armadas.
Todo ello, por supuesto, emanado de la voluntad suprema del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien, desde la comodidad de su despacho en el Palacio Nacional, despachó la muerte con la economía verbal de quien firma un cheque:
—«El problema de las Mirabal hay que liquidarlo». ²
Y así, con esa frase breve —que en otros contextos podría referirse a una deuda o a un trámite— se decretó la aniquilación de tres mujeres cuyo único crimen fue pensar, resistir y no arrodillarse.
Hasta aquí, la historia que muchos conocen.
La tragedia oficial, repetida en actos escolares, discursos protocolares y efemérides cuidadosamente desprovistas de filo.
Pero la intrahistoria —esa que incomoda— guarda un capítulo que rara vez se menciona con la misma solemnidad.
Tres años después de haber sido juzgados y condenados, estos asesinos recuperaron su libertad. Sí, leyó bien: libertad. No por error judicial, no por falta de pruebas, no por una súbita revelación divina de inocencia… sino por decisión de un hombre: Ramón Montes Arache, jefe de los llamados “hombres rana”.³
Un militar de rostro marcado —no por la vergüenza, sino por cicatrices de entrenamiento— que participó en operaciones tan peculiares como tratar junto a mercenarios militares facistas como Ilio Capoci de incendiar pozos petrolíferos en el lago de Maracaibo y colaborar en intentos de magnicidio contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt.⁴ Un hombre, en suma, formado en el laboratorio de la violencia trujillista, donde la lealtad se medía en sangre y la ética era un estorbo innecesario.
Se dirá —y no faltará quien lo haga con fervor casi religioso— que Montes Arache defendió la soberanía nacional durante la guerra de 1965. Y es cierto. Pero aquí conviene hacer una pausa incómoda: ¿desde cuándo un acto de patriotismo absuelve una vida de complicidades? ¿En qué código moral se establece que combatir en una guerra borra la participación en un sistema criminal?
Porque la historia dominicana tiene esa peligrosa inclinación a canonizar a sus protagonistas en bloques: héroe o villano, sin matices, sin contradicciones, sin memoria completa. Y así, con una facilidad que roza lo obsceno, se construyen estatuas sobre cimientos de silencio.
El verdadero crimen de Montes Arache no fue empuñar un arma en 1965 —acto que muchos celebran— sino haber abierto las puertas de la impunidad a los asesinos de las hermanas Mirabal y de Rufino de la Cruz.
Fue negarles justicia, que es una forma más sofisticada —y quizá más duradera— de asesinarlos por segunda vez.
El honor de las Mirabal y de Rufino fue asesinado por Trujillo y sus bandidos, pero también burlado por Montes Arache.
Porque la muerte física termina en un instante; la impunidad, en cambio, se prolonga en generaciones.
CONCLUSIÓN
La historia dominicana no padece falta de héroes, sino exceso de indulgencia.
Se exalta con facilidad, se cuestiona con dificultad y se olvida con entusiasmo.
El caso de Montes Arache nos enfrenta a una verdad incómoda: no todos los que luchan por la patria lo hacen desde la pureza moral, ni todos los actos heroicos redimen una trayectoria manchada. La justicia histórica exige algo más que memoria selectiva; exige coherencia.
Celebrar la defensa nacional mientras se ignoran actos de profunda injusticia es, en el mejor de los casos, una ingenuidad peligrosa; en el peor, una complicidad silenciosa.
EPÍLOGO
Y así continúa el desfile: nombres que se pronuncian con reverencia, episodios que se repiten con solemnidad, y silencios que se heredan como si fueran parte del escudo nacional.
El pueblo —ese mismo al que se dedica este escrito— sigue debatiéndose entre recordar y olvidar, entre investigar y repetir, entre la verdad incómoda y la mentira confortable.
Quizá algún día comprendamos que la historia no necesita devotos, sino lectores críticos.
Que la patria no se honra con aplausos ciegos, sino con memoria lúcida.
Y que el mayor acto de traición no es señalar los errores del pasado, sino maquillarlos para que no molesten en el presente.
Porque eso es engañar a las generaciones presentes.
Mientras tanto, seguiremos caminando por este trillo de intrahistoria… tropezando, una y otra vez, con las mismas piedras que juramos haber dejado atrás.
NOTAS AL PIE
¹ Declaración de Ciriaco de la Rosa ante el tribunal posterior al ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo, relativa al asesinato de las hermanas Mirabal (1960).
² Orden atribuida a Rafael Leónidas Trujillo dirigida a Johnny Abbes García, documentada en testimonios judiciales y reconstrucciones históricas del crimen.
³ Ramón Montes Arache: militar dominicano, jefe de los “hombres rana”, figura controvertida por su participación tanto en estructuras del trujillismo como en la guerra de abril de 1965.
⁴ Referencias a operaciones vinculadas a la política exterior agresiva del régimen trujillista, incluyendo acciones contra el gobierno de Rómulo Betancourt en Venezuela.

