El Proyecto Libertad de EE.UU. para el estrecho de Ormuz: entre la retórica belicista y la parálisis comercial
Donald Trump ha decidido que este lunes es el día en que Estados Unidos empezará a “guiar” a los barcos comerciales a través del estrecho de Ormuz. La operación, bautizada con el pomposo nombre de “Proyecto Libertad”, fue anunciada por el presidente en su red Truth Social apenas horas antes de entrar en vigor, dejando tras de sí más preguntas que certezas y una sensación generalizada de improvisación que no hace más que agravar la ya de por sí tensa situación en el Golfo Pérsico.
Resulta, cuando menos, curioso que una operación militar de esta envergadura —que movilizaría destructores con misiles guiados, más de 100 aeronaves terrestres y marítimas, plataformas no tripuladas multidominio y unos 15.000 efectivos, según confirmó el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM)— se presente de manera tan esquiva respecto a lo que realmente hará. “Incluirá” es el verbo favorito del comunicado, que no define cómo esos activos militares contribuirán a que los buques mercantes vuelvan a transitar por el estrecho. Esa ambigüedad ha llevado a funcionarios estadounidenses a matizar que la iniciativa “no es una misión de escolta” y que los buques de guerra permanecerán “en las cercanías” en lugar de acompañar directamente a los mercantes.
La analista Jennifer Parker, ex-oficial de la Marina Real Australiana e investigadora del Lowy Institute, lo expresó con meridiana claridad: “Esto parece ser una operación que tiene menos que ver con proporcionar protección directa a un buque y más con tratar de cambiar la situación en el estrecho para que los barcos se sientan seguros”. En otras palabras, Washington lanza una operación de alto voltaje para que los barcos se sientan seguros, no para garantizar su seguridad real.
Teherán responde con amenazas directas
La reacción iraní no se ha hecho esperar. El mayor general Ali Abdollahi, comandante del Cuartel General Central Jatam al Anbiya (la comandancia unificada de las fuerzas iraníes), advirtió este lunes que “cualquier fuerza militar extranjera, especialmente el ejército invasor estadounidense” será atacada si intenta acercarse o entrar en el estrecho de Ormuz. No contento con eso, Abdollahi dejó claro quién manda allí: la seguridad del estrecho “está bajo el control de las Fuerzas Armadas de la República Islámica de Irán” y cualquier paso seguro debe coordinarse con las fuerzas iraníes.
Ebrahim Azizi, jefe de la Comisión de Seguridad Nacional del parlamento iraní, fue aún más lejos al calificar la interferencia estadounidense como una violación directa del alto el fuego vigente desde el 8 de abril. “El estrecho de Hormuz y el golfo Pérsico no serían gestionados por las publicaciones delirantes de Trump”, escribió en su cuenta de X, en un mensaje que la prensa iraní ha difundido con especial satisfacción.
Un ancla humana en el Golfo
Mientras los mandatarios intercambian improperios, la realidad sobre el terreno dibuja un cuadro tan desolador como costoso. Según la firma de inteligencia marítima AXSMarine, a finales de abril había más de 900 buques comerciales varados en el Golfo, custodiando a unos 20.000 marinos que llevan más de dos meses sin poder salir de la trampa. La Organización Marítima Internacional habla de barcos que se quedan sin alimentos y suministros básicos, atrapados en una parálisis que ni la diplomacia ni la fuerza parecen capaces de romper.
El lunes mismo, cuando Trump anunciaba su proyecto, un petrolero fue alcanzado por proyectiles desconocidos a unas 78 millas náuticas al norte de la ciudad emiratí de Fuyaira, y un granelero de nombre Minoan Falcon sufrió el ataque de múltiples embarcaciones pequeñas a 11 millas al oeste de Sirik. Afortunadamente, todos los tripulantes resultaron ilesos, pero el mensaje que lanza Teherán resulta inequívoco.
El analista naviero Lars Jensen, una de las voces más respetadas del sector, fue directo: “Los ataques de esta mañana subrayan la preocupación que los expertos navales han expresado sobre si la Marina estadounidense puede llevar a cabo eficazmente un convoy de protección de este tipo”. Jensen, que ha seguido el día a día de la crisis durante los últimos dos meses, trazó un paralelismo con la crisis del mar Rojo: allí también había protección naval disponible y, sin embargo, muchas navieras optaron por no ser escoltadas y rodear África por su cuenta.
La trampa de los seguros y el miedo a las minas
Es precisamente en ese terreno —el de las navieras y sus aseguradoras— donde la operación estadounidense puede naufragar antes de zarpar. Varias de las principales aseguradoras del mundo (Gard, Skuld, NorthStandard, el London P&I Club y el American Club) ya han cancelado la cobertura de riesgo de guerra para los buques que naveguen en aguas iraníes, el Golfo y zonas adyacentes, con efecto a partir del 5 de marzo. Y eso fue antes de que la situación se tensara aún más.
Peor aún: el propio aviso de USNAVCENT (el Mando Naval de Estados Unidos para Oriente Próximo) advierte que el tránsito por el estrecho “debe considerarse extremadamente peligroso debido a la presencia de minas que no han sido completamente inspeccionadas ni mitigadas”. Es decir, ni siquiera el ejército que promete “guiar” los barcos sabe a ciencia cierta si las aguas están libres de minas, uno de los métodos predilectos de Irán para bloquear el paso, como ya denunciaron funcionarios estadounidenses en julio de 2025, cuando acusaron a Teherán de plantar minas navales en barcos fondeados en el Golfo.
En este contexto, resulta casi inevitable preguntarse: ¿qué naviera en su sano juicio enviaría sus buques a transitar por un estrecho infestado de minas y con una flota de lanchas rápidas de la Guardia Revolucionaria dispuesta a disparar, por más que sobrevuelen 100 aeronaves estadounidenses?
Petróleo por las nubes
La dimensión económica de esta crisis no es un mero detalle de acompañamiento. Es, probablemente, el eje central. El estrecho de Ormuz es el paso por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo y el gas natural que se consume en el mundo. El Banco Mundial advirtió a finales de abril que el cierre del estrecho provocará el mayor repunte de los precios de las materias primas desde 2022, con un aumento del 24% en los precios de la energía este año.
El Brent, que antes del conflicto cotizaba por debajo de los 73 dólares por barril, saltó a más de 118 dólares en marzo y, a pesar de la tregua de abril, se mantiene por encima de los 100 dólares. La gasolina en Estados Unidos roza los 4,18 dólares por galón, su nivel más alto en cuatro años. Los fertilizantes se han disparado un 31% de media (con el urea subiendo un 60%), lo que amenaza con encarecer los alimentos en todo el mundo. La lista de efectos dominó es interminable.
Trump, eso sí, se vanagloria de que sus representantes mantienen “conversaciones muy positivas” con Irán que podrían conducir a algo “muy positivo para todos”. Pero al mismo tiempo, el propio presidente dijo el sábado que probablemente rechazaría la propuesta de paz iraní de 14 puntos porque “no han pagado un precio lo suficientemente alto por lo que le han hecho a la humanidad y al mundo durante los últimos 47 años”. Como si la paz fuera un artículo de lujo que solo se concede después de infligir suficiente sufrimiento.
¿Quién paga el pato?
La pregunta que sobrevuela todo este embrollo es quién asume finalmente el riesgo. Trump amenaza con responder “con fuerza” a cualquier interferencia iraní. Irán amenaza con atacar a cualquier barco estadounidense que se acerque. Las aseguradoras han tirado la toalla. Las navieras dudan. Y mientras tanto, 900 barcos y 20.000 marinos siguen varados, con los suministros agotándose y la paciencia de los armadores reduciéndose a la velocidad de un tweet.
Lo más paradójico de todo es que, como señaló Parker, “en cierto modo, Trump está forzando a Irán a definirse. Tendrían que escalar y disparar contra buques de guerra estadounidenses, lo cual es un nivel diferente de escalada”. Porque esa es la apuesta real de Washington: que la amenaza de una confrontación directa con la Marina estadounidense sea suficiente para disuadir a Teherán.
Pero Irán ya ha demostrado con creces que no se arredra ante las amenazas. Y el historial de ataques a buques comerciales en los últimos dos meses —más de dos docenas, según estimaciones— indica que la Guardia Revolucionaria no necesita hundir un destructor estadounidense para paralizar el tráfico comercial. Le basta con seguir haciendo lo que ha estado haciendo: disparar contra petroleros, secuestrar barcos y llenar las aguas de minas.
El proyecto “Libertad” de Trump puede ser muchas cosas, pero “solución” no parece estar entre ellas. Más bien, es una apuesta temeraria que convierte un conflicto congelado en un tablero de ajedrez donde cada movimiento puede ser el último. En el medio, los barcos esperan. Y los precios del petróleo suben. Y el mundo, una vez más, asiste impotente a cómo dos potencias juegan a quién se atreve a disparar primero en un estrecho de apenas 33 kilómetros de ancho que, como tantas veces en la historia, se ha convertido en el ombligo del mundo.
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-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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