El poder de las buenas palabras frente al tsunami de la vulgaridad
Por Redacción de Opinión
El reciente lanzamiento del programa «El Poder de las Buenas Palabras» por parte del ministro de Cultura, Roberto Ángel Salcedo, en el Liceo República de Argentina de la Ciudad Colonial, no es una ocurrencia menor ni una simple anécdota de agenda. Es, quizás, la primera reacción institucional seria y consciente frente a un mal que ha ido carcomiendo el tejido de la comunicación dominicana: la normalización del lenguaje agresivo, vacío y deliberadamente degradado que se difunde sin control en redes sociales y plataformas digitales, muchas veces bajo el embriagador influjo de ciertos referentes mediáticos.
No se trata de puritanismo lingüístico. Se trata de reconocer que las palabras construyen realidades. Cuando un adolescente interioriza que el insulto es un recurso válido para discutir, que la grosería es sinónimo de autenticidad o que la confrontación verbal es un espectáculo deseable, estamos sembrando vientos de discordia social. El ministro Salcedo lo expresó con claridad: «El uso adecuado de las palabras es fundamental para construir una sociedad más armoniosa, basada en valores como el respeto, la equidad y la empatía». Nada más cierto y, sin embargo, nada más contracultural en un ecosistema digital donde la viralidad premia el exabrupto, no la reflexión.
Hace años que en República Dominicana se debate en voz baja —y a veces en alta— el fenómeno conocido como «lenguaje alofoke». Un estilo de comunicación que, bajo la excusa de la autenticidad y el entretenimiento, ha llevado la vulgaridad a niveles sistémicos: programas de reality donde los participantes se insultan como si hablar con desprecio fuera una competencia olímpica, transmisiones en vivo donde el patrón de interacción es el grito, la interrupción y el sarcasmo hiriente. No es un problema de léxico. Es un problema de ética comunicacional.
El propio ministro ha reconocido las limitaciones legales para actuar directamente sobre plataformas digitales, al calificar las leyes dominicanas como «muy anticuadas» y carentes de elementos vinculantes. Y tiene razón. Pero que el marco jurídico vaya rezagado no puede ser excusa para la inacción cultural. Ahí radica el valor de iniciativas como «El Poder de las Buenas Palabras». Porque mientras la Asamblea Nacional discute o no discute la actualización de la legislación, la escuela, la familia y el arte pueden y deben plantar bandera.
La propuesta no es ingenua. No se trata de pedirle a un comunicador popular que hable como un académico de la lengua. Se trata de establecer un límite claro: el respeto no es negociable. La empatía no es debilidad. Y las palabras tienen consecuencias. Cuando un estudiante ve que su referente de éxito mediático basa su popularidad en humillar a otro en directo, el mensaje implícito es demoledor. Frente a eso, un taller de conversatorio sobre «buenas palabras» puede parecer una gota en el desierto. Pero sin esa gota, el desierto no tendría ninguna posibilidad de florecer.
Salcedo también anunció la creación de nuevas escuelas de Bellas Artes y espacios de formación en música, danza y artes visuales. Y eso no es casual. La educación artística no es un adorno; es el antídoto más potente contra la pobreza expresiva. Un joven que aprende a comunicar sus emociones a través de una coreografía, una pintura o un monólogo teatral tiene muchas menos probabilidades de refugiarse en el insulto fácil. La obra «Los Miserables» interpretada por estudiantes de quinto y sexto grado del propio liceo no fue un número de relleno: fue la demostración de que otro tipo de lenguaje es posible, y que la belleza también educa.
Ahora, seamos honestos: ¿será esta iniciativa el «combate definitivo» contra el lenguaje alofoke? No. No lo será mientras los grandes generadores de contenido sigan facturando millones con la confrontación y mientras las plataformas no asuman su responsabilidad algorítmica. Pero sí puede ser el inicio de una batalla cultural necesaria, largamente postergada. El primer paso para derrotar un mal no es erradicarlo de inmediato, sino nombrarlo, enfrentarlo y ofrecer una alternativa creíble.
El Poder de las Buenas Palabras es, al fin y al cabo, el poder de recordarnos que somos seres lingüísticos. Que antes de ser consumidores de trending topics, somos ciudadanos de una república que necesita diálogo, no escupitajos verbales. Que el respeto no es una aspiración abstracta, sino una práctica cotidiana que empieza por cómo nos dirigimos al otro. Y que la libertad de expresión jamás ha sido, ni será, un cheque en blanco para la degradación.
Desde esta columna, celebramos la iniciativa del ministro Salcedo y le hacemos un llamado a no desfallecer. Que «El Poder de las Buenas Palabras» no sea un evento de un día, sino una política de Estado. Que el Ministerio de Cultura, en alianza con Educación y la juventud organizada, despliegue campañas sostenidas en redes sociales —ironía mediante— para competir en el mismo terreno donde hoy reina la ordinariez. Y que la sociedad dominicana, trabajadora, hospitalaria y arraigada en valores, como él mismo la definió, sepa distinguir entre la calle que habla con fuerza y el circo que habla con veneno.
Porque al final, la palabra que edifica siempre será más revolucionaria que la que destruye. Y en esa revolución, todos tenemos un micrófono. Úselo bien.

