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Mexico: Cuando la historia deja de ser historia

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Por Felix Jimenez de Lora

Cuando la historia deja de ser historia

A veces la historia no regresa vestida de archivo, ni de documento antiguo, ni de disputa académica. A veces vuelve en una sala de conferencias, en una visita incómoda, en una frase pronunciada fuera de lugar, o quizá demasiado en su lugar. A veces aparece donde menos se la espera, no para ser estudiada, sino para ser utilizada.

Algo de eso pareció ocurrir durante la reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México.

En apariencia, el episodio podía parecer menor. No se trataba de una jefa de Estado, ni de una negociación diplomática decisiva, ni de una cumbre internacional destinada a modificar el curso de las relaciones entre España y México. Era, al menos en la superficie, una visita política más, una presencia española en un país hispanoamericano con el cual España comparte una historia larga, compleja y, todavía hoy, emocionalmente inflamable.

Pero la superficie rara vez cuenta toda la historia.

No hubo expulsión oficial. No hubo ruptura diplomática. No hubo un decreto, una orden pública ni una prohibición formal. Nada de eso ocurrió. Y, sin embargo, el ambiente fue enrareciéndose poco a poco. Críticas, incomodidades, cuestionamientos, presiones indirectas, gestos ambiguos. La visita terminó rodeada de un clima adverso que, según las versiones conocidas, contribuyó a su acortamiento.

Eso es precisamente lo interesante.

Porque muchas veces el poder no necesita prohibir de manera abierta. Le basta con crear atmósfera. No cancela: incomoda. No expulsa: aísla. No silencia: hace costoso hablar. La censura contemporánea rara vez llega con uniforme. Suele presentarse con rostro administrativo, con lenguaje moral, con indignación cuidadosamente distribuida.

Y entonces uno empieza a sospechar que el asunto no era solamente Isabel Díaz Ayuso.

El asunto era la historia.

O, más exactamente, quién tiene derecho a contarla.

Cinco siglos después de la llegada de Hernán Cortés a México, el solo hecho de pronunciar ciertos nombres, de revisar ciertos matices o de defender ciertos aspectos de la herencia hispánica sigue provocando reacciones desproporcionadas. La Conquista, que debería ser materia de estudio, sigue funcionando como campo de batalla emocional. No basta con investigarla. Hay que juzgarla. No basta con entenderla. Hay que alinearse frente a ella.

Y ahí comienza el problema.

Porque cuando la historia se reduce a consigna, deja de ser historia. Se convierte en munición.

Durante mucho tiempo creímos que el pasado era un territorio destinado al análisis, a la comparación de fuentes, al examen de las contradicciones, al esfuerzo por comprender lo que ocurrió dentro de las circunstancias de su tiempo. Pero en nuestros días el pasado ha adquirido otra función. Sirve para legitimar gobiernos, fabricar agravios, organizar identidades, dividir sociedades y construir enemigos útiles.

No se busca siempre conocer lo ocurrido. A veces se busca conservar la herida.

La Conquista de México es uno de esos episodios donde la simplificación resulta más tentadora y, al mismo tiempo, más peligrosa. Porque es fácil convertirla en una escena moral de buenos y malos, de víctimas puras y verdugos absolutos, de inocencia derrotada y maldad extranjera. Esa versión tiene fuerza emocional. Es cómoda. Se recuerda fácilmente. Sirve para discursos, pancartas y campañas.

Pero la historia real casi nunca cabe en una pancarta.

México no nació exclusivamente de las civilizaciones indígenas prehispánicas, aunque sin ellas sería inexplicable. Tampoco nació únicamente de España, aunque sin España tampoco existiría como lo conocemos. Surgió de un encuentro violento, desigual, doloroso, contradictorio y, al mismo tiempo, fecundo. Surgió de alianzas indígenas contra otros indígenas. De derrotas y negociaciones. De imposiciones, bautismos, mestizajes, resistencias, adaptaciones y nuevas formas culturales que nadie habría podido prever del todo.

Negar una de esas raíces es mutilar la memoria.
Negar la otra también.

Por eso resulta tan revelador que una parte del discurso político contemporáneo prefiera seguir tratando a España como un adversario simbólico permanente. España aparece, en esa narrativa, como el origen inevitable del México moderno y, al mismo tiempo, como el culpable eterno de todos sus males. Es una relación extraña: se hereda la lengua, la religión, el derecho, la arquitectura, la ciudad virreinal, la literatura, la universidad, la administración y hasta buena parte de la sensibilidad cultural; pero se mantiene la necesidad política de presentar esa herencia como una presencia ajena, casi intrusa.

Ahí está la paradoja.

México es una de las grandes creaciones históricas del mundo hispánico. No porque sea menos indígena por ello, sino porque su grandeza consiste precisamente en no poder ser reducido a una sola raíz. México es indígena y español, americano y occidental, prehispánico y virreinal, popular y barroco, antiguo y mestizo. Su identidad no se entiende desde la pureza, sino desde la mezcla.

Pero la mezcla incomoda a los relatos ideológicos.

El mestizaje obliga a pensar. La consigna, en cambio, solo exige repetir.

Quizá por eso ciertos discursos prefieren hablar de “opresores” y “oprimidos” como si quinientos años de historia pudieran encerrarse en una fórmula tan simple. Quizá por eso cada intento de revisar la herencia hispánica sin pedir permiso termina siendo presentado como provocación. Quizá por eso la figura de Cortés sigue siendo más útil como demonio político que como personaje histórico.

No se trata de glorificar la Conquista. Sería una torpeza. Hubo violencia, ambición, destrucción, abusos y codicia. Pero tampoco se trata de convertirla en una caricatura moral diseñada para alimentar resentimientos contemporáneos. La obligación del pensamiento histórico no es absolver ni condenar de antemano, sino comprender. Y comprender exige mirar también aquello que incomoda.

En el caso de Ayuso, el episodio revela algo más amplio que una disputa entre una dirigente española y ciertos sectores del oficialismo mexicano. Revela una forma de administrar el pasado. Una manera de decidir qué memoria puede circular y cuál debe ser sospechosa. Una estrategia que utiliza la historia no como búsqueda de verdad, sino como instrumento de poder.

Ahí es donde el asunto merece ser leído entre líneas.

Porque la hostilidad no siempre se expresa en el discurso oficial. A veces se filtra en el ambiente, en la prensa, en la presión social, en los silencios calculados, en las cancelaciones convenientes, en la dificultad repentina de realizar lo que antes parecía normal. Todo parece espontáneo, pero el resultado es demasiado coherente para no ser observado con atención.

La pregunta no es si Ayuso gustaba o no gustaba. Eso pertenece al terreno legítimo de la política y de la opinión. La pregunta más profunda es otra: ¿por qué incomoda tanto una interpretación distinta del pasado hispánico? ¿Por qué ciertos sectores necesitan que la Conquista siga siendo una herida abierta? ¿Por qué, cinco siglos después, todavía se administra políticamente el resentimiento contra España como si el presente no pudiera sostenerse sin ese enemigo simbólico?

Tal vez porque un pueblo reconciliado con la complejidad de su historia es menos manipulable.

La historia usada como arma exige simplificación. Necesita culpables claros, víctimas permanentes y emociones fáciles de movilizar. La historia entendida como conciencia, en cambio, exige paciencia, matices y una cierta humildad frente al pasado. Nos obliga a aceptar que nuestros orígenes no siempre son cómodos, que nuestros héroes no siempre fueron puros y que nuestros adversarios no siempre fueron monstruos.

Por eso leer entre líneas no significa negar las heridas. Significa preguntarse quién las mantiene abiertas, con qué propósito y al servicio de qué proyecto.

La visita de Isabel Díaz Ayuso a México pasará pronto como noticia. Otros escándalos ocuparán el espacio público. Otros nombres desplazarán su nombre. Pero el episodio deja una imagen reveladora: una política española llegando a un país profundamente hispánico y descubriendo que, para ciertos guardianes del relato, la herencia común todavía debe entrar por la puerta de atrás, con cuidado, casi pidiendo disculpas.

Y quizá ahí esté la verdadera lección.

Cuando una sociedad no puede hablar serenamente de su origen, algo de su presente permanece en disputa. Cuando el pasado se convierte en tribunal perpetuo, la historia deja de iluminar y empieza a oscurecer. Cuando cada memoria debe servir a una causa, la verdad pierde espacio frente al relato.

La pregunta, entonces, ya no es solamente qué ocurrió en el siglo XVI.

Esa pregunta pertenece a los historiadores, a los archivos, a las fuentes, a la investigación paciente.

La pregunta que nos deja este episodio es más inquietante:

¿Por qué ciertos proyectos políticos del siglo XXI todavía necesitan seguir librando aquella guerra?

Porque tal vez el problema no sea la Conquista.

Tal vez el problema sea que algunos han descubierto que el pasado, bien administrado, todavía sirve para gobernar el presente.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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