Nota Editorial: TeclaLibre
Hay una tentación peligrosa recorriendo los pasillos de nuestros tribunales y oficinas públicas: la idea de que podemos automatizar la justicia como quien programa un semáforo. La frase es clara: «Cuando el cálculo pretende sustituir a la conciencia», estamos ante el riesgo de cambiar un juez de carne y hueso por un procesador frío que, aunque no se cansa, tampoco entiende de dolores, de contextos, ni de esa brújula moral que llamamos conciencia.
En nuestra República Dominicana, donde la justicia ha luchado tanto por sacudirse el polvo del retraso, la tecnología se presenta como la salvadora. Y es cierto: el cálculo nos ayuda a gestionar la mora, a ordenar expedientes y a limpiar los archivos de la burocracia eterna. Pero, ojo, que una cosa es usar la tecnología para organizar el caos y otra, muy distinta, es entregarle la llave del criterio.
El cálculo es binario. Es ceros y unos. La justicia, en cambio, es un territorio gris, lleno de matices, de historias personales y de esa humanidad que ninguna IA —por más entrenada que esté— podrá capturar. Si permitimos que el algoritmo dicte sentencia basándose únicamente en patrones estadísticos, corremos el riesgo de que la justicia se vuelva un espejo del pasado, repitiendo los mismos sesgos y las mismas injusticias, solo que ahora con una capa de modernidad tecnológica que las hace parecer «científicas».
El peligro real no es la Inteligencia Artificial; el peligro es el magistrado que, por comodidad o por miedo a equivocarse, decida abdicar de su rol y delegue en el software el peso de su conciencia.
La justicia dominicana necesita modernizarse, sí, pero no a costa de perder su alma. Porque si el día de mañana un ciudadano es condenado por una «caja negra» que nadie sabe explicar, y no por un juez que pueda mirar a los ojos y justificar su decisión, entonces no habremos avanzado hacia la justicia digital, sino retrocedido hacia la dictadura del dato.
Que la tecnología sea el martillo, pero que la mano que lo sostiene siga siendo, siempre, humana.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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