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Editorial: ANTICRISTIANOS, DIVINIZARON LA CULTURA DE ODIO CONTRA LA MUJER

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EDITORIAL:
ANTICRISTIANOS, DIVINIZARON LA CULTURA DE ODIO CONTRA LA MUJER /

Carlos Márquez

El debate contemporáneo sobre la violencia intrafamiliar y el recrudecimiento de los feminicidios en nuestra sociedad padece de una alarmante miopía analítica. Mientras las autoridades políticas y judiciales se limitan a emitir declaraciones de impotencia, admitiendo de manera burocrática que los protocolos han fallado, la raíz de esta hemorragia social, jurídica y cultural sigue intacta, protegida por siglos de justificaciones sacralizadas.

La escalada de horror que desangra el suelo nacional, evidenciada de forma dantesca en los últimos 38 homicidios y feminicidios que han estremecido a la República Dominicana, no constituye una anomalía estadística aislada. Son el síntoma terminal de un sistema de control. Para extirpar esta barbarie, es imperativo desenterrar el andamiaje filosófico y teológico que, traicionando el mensaje original del cristianismo, pretendió divinizar la subordinación y el desprecio hacia la mujer.

​Es una necesidad de honestidad intelectual separar la paja del trigo. El cristianismo primitivo, encarnado en la práctica histórica de Jesús de Nazaret, constituyó una ruptura revolucionaria contra el patriarcado de su época. En un contexto donde la mujer era civilmente invisible y considerada una propiedad, el Nazareno desafió las leyes de la exclusión: las incluyó como discípulas fundamentales, validó su soberanía intelectual y las convirtió en las primeras testigos de su acontecimiento cumbre.

El mensaje original jamás fue de sometimiento, sino de una radical igualdad digna, compasión y mutuo respeto.

​La gran tragedia histórica ocurrió cuando ese Evangelio de liberación fue confiscado y filtrado por los prejuicios del derecho romano y la filosofía pagana. No fueron los cristianos en esencia, sino mentes teológicas deslumbradas por el dualismo platónico y el determinismo aristotélico, quienes estructuraron la Patrística y la Escolástica, edificando una errónea visión que inoculó el germen de la misoginia en la cultura occidental.

​San Agustín, en el siglo V, atrapado en un dualismo radical, asoció lo masculino al espíritu y a la razón, mientras confinaba lo femenino a la carne, la debilidad y la tentación material, etiquetando metafóricamente a la mujer como el portal del desvío espiritual.

Siglos más tarde, el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, al adoptar sin filtros la biología defectuosa de Aristóteles, llegó a tipificar a la hembra en su Summa Theologiae como un mas occasionatus (un varón frustrado o defectuoso), argumentando una supuesta «debilidad en el discernimiento racional» para justificar su sumisión civil y doméstica al varón.

​Esta distorsión teológica operó como una matriz de control perfecta. Al convertir una estructura de dominación política y familiar en un supuesto diseño divino, se sacraliza la propiedad del hombre sobre el cuerpo, la mente y el destino de la mujer. El odio y el control no nacieron de la fe, sino de la codificación dogmática de los prejuicios de hombres que gobernaron el pensamiento medieval y colonial.

​Hoy, presenciamos el relanzamiento de nuestras mujeres a través de su incorporación masiva y mayoritaria en las aulas universitarias, donde superan el 60% de la matrícula.
académica nacional.

La sumisión psicológica y económica ha sido rota por la fuerza de la inteligencia femenina. Sin embargo, la paradoja es tan dolorosa como matemática: a menor sumisión, la reacción del machismo residual responde con un recrudecimiento de la violencia física. Detrás de cada uno de esos 38 nombres cercenados por la violencia intrafamiliar en el país, subyace el manoteo desesperado de un agresor que, desprovisto de argumentos, intenta restaurar por el terror el control que perdió, tras ausentarse de las aulas, factor fundamental de la movilidad y la tolerancia social.

La violencia intrafamiliar no se soluciona con el simple lamento oficialista ni con más parches punitivos en un Código Penal engavetado por conveniencias políticas. El liderazgo dominicano e iberoamericano, los legisladores, los jueces y, de manera muy directa, los periodistas y forjadores de opinión pública, tenemos la obligación ética de elevar el nivel del diagnóstico. Si no entendemos que el agresor contemporáneo actúa movido por el residuo cultural de una teología y una ciencia positivista que por siglos le dijeron que la mujer era de su propiedad, seguiremos administrando morgues en lugar de construir justicia.

​Teclalibre Multimedios levanta su voz desde los principios de la ética creativa y la cultura de la paz. El verdadero cristianismo es el que abraza los derechos humanos, la emancipación del criterio y la dignidad absoluta de cada ser. Urge desmantelar los altares de esa vieja cultura de la sumisión que algunos pretendieron divinizar.

Detener la violencia exige, ante todo, reconocer que el cerebro y la dignidad no tienen sexo, y que la soberanía de una nación se mide por la libertad y la seguridad de sus mujeres. De ahí que, no eran cristianos auténticos los teólogos y filósofos que revisaron y mal interpretaron la visión compasiva y protectora de la mujer que caracterizó el accionar de Cristo. Esa tergiversación inspirada en la aborrecible tesis socrática de la inferioridad de la hembra es la causa profunda de la cultura machista qué hoy trata de justificar los horrorosos feminicidios que sufrimos en la patria dominicana y, más allá.

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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