Carlos Márquez /
La 52 cumbre del G7 acaba de concluir en Francia. Lo ha hecho con una declaración que, bajo el ropaje del éxito diplomático, esconde una triste decisión. Esa decisión procura convertir la paz en un producto de temporada, aceptar la amenaza como herramienta negociadora y claudicar ante los intereses de quien impone su ley sin miramientos éticos.
Aplaudimos la intención de paz, por principio Cerepoetico; pero no nos engañemos. El memorándum entre Estados Unidos e Irán, que se firmará este viernes en Suiza, no constituye el fin de esa horrorosa guerra.
Se trata de un armisticio con ojivas, una tregua firmada bajo la sombra de bombas que, según ha advertido el propio Trump, volverán a caer si el resultado de las negociaciones no le satisface. Sus palabras, pronunciadas en la cumbre, se erigen como un monumento de dudas.
«El texto no es definitivo. Es un memorando de entendimiento. Y si no me gusta, volveremos a lanzar bombas justo en medio de sus cabezas. Si no me gusta, si no se comportan, volveremos a bombardear. El mandatario estadounidense justifica su amenaza diciendo que los iraníes no se han comportado bien durante 47 años».
Y resulta que esa no es la diplomacia que aprendimos.
Pese a esto, los líderes europeos presentes en la cumbre aceptaron esa inédita versión del quehacer diplomático. Pese a su tradicional formación en ese campo vital, han aceptado la línea del liderazgo de la fuerza y se han ofrecido a enviar barcos para asegurar el estrecho, pero no han alzado la voz para terminar de sofocar el incendio.
Los líderes europeos, quienes se suponen saben de estrategia y de alta política exterior -en esta coyuntura crucial para la humanidad- en las conclusiones del G7 debieron ser entes de mesura, ante las comprensibles dificultades que en esos campos nos muestra el presidente Donald Trump.
El renombrado politólogo John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, teórico del realismo ofensivo y autor de La tragedia de la política de las grandes potencias, arroja luz en el aspecto planteado.
Según él, Trump no es un estratega; es un hombre de negocios que actúa por impulso, sin una visión geopolítica, y de inmediato advierte que el presidente Trump ha desperdiciado una oportunidad histórica para cambiar el rumbo belicista de EE.UU. y se ha dejado encerrar en un rincón diplomático por las presiones de Netanyahu, quien lo ha arrastrado a una guerra que no puede ganar.
Reforzando a Mearsheimer, Tucker Carlson -una voz incómoda pero necesaria en este tablero- ha insistido en que Trump fue arrastrado a esta guerra por Netanyahu, un primer ministro que durante más de 25 años ha presionado a EE.UU. para que entre en guerra contra Irán.
Se sabe que el primer ministro israelí, junto a sus generales, han descalificado de la peor manera los 14 puntos del memorándum o armisticio. Queda por verse hasta dónde el vigente régimen de ese país podrá abortar la voluntad primaria y reiterada del primer ejecutivo de Estados Unidos.
Ante esa posibilidad recordamos que el analista Trita Parsi, del Quincy Institute, ha advertido que el principal riesgo de descarrilamiento del acuerdo proviene precisamente de Israel, que podría reiniciar la guerra en Líbano o sabotear las negociaciones.
Ahí mismo emerge la interrogante: ¿quién gobierna realmente la política exterior de la nación más poderosa del mundo? ¿Donald Trump, o el primer ministro de un país aliado que ha sabido explotar sus flaquezas geopolíticas? Apostamos a que el actual mandatario estadounidense no se dejará chantajear, ni rarigonear desde Tel Aviv.
Por esa realidad creemos que Europa, la que fue escenario de dos guerras mundiales, la que erigió su propia unión sobre las cenizas de su destrucción, en el caso de Irán-Israel no debe hacerse de la vista gorda.
Por igual, el liderazgo europeo, en vez de arreciar metiéndole leña al incendio Rusia-Ucrania, debe reflexionar procediendo a aunar mangueras que extingan esa otra y peligrosísima confrontación que ya debe finiquitarse.
Europa no exige que se desactiven las bombas; solo pregunta quién gestionará el tránsito de barcos. Esa es la mezquindad de una Europa que ha olvidado su propia historia. Esa es la cobardía de unos líderes que prefieren la cautela interesada a la valentía de la paz verdadera.
Retomando el memorándum o armisticio, de acuerdo con CNN, el texto contiene 14 puntos con un lenguaje genérico y vago.
Irán reitera su compromiso de que nunca fabricará armas nucleares, pero no ofrece detalles sobre las reservas de uranio enriquecido. Todo lo nuclear, todo lo sustancial, queda pospuesto a 60 días de negociaciones.
Y en esos 60 días, mientras los diplomáticos hablan, las bombas pueden volver a caer. El texto no es un tratado de paz; es un cheque en blanco a la incertidumbre, un acuerdo que no resuelve las causas de la guerra, sino que las aplaza.
Entendemos que el liderazgo europeo debió impulsar una paz consistente en el marco de la concluida cumbre del G7.
No lo hizo, porque la mente colectiva de ese liderazgo tenía que justificar su postura frente a la otra innecesaria confrontación, la de Rusia-Ucrania.
Fue por esa misma causa que el G7 consensuó nuevas sanciones a Rusia, más ayuda militar, apoyo sin fisuras a Zelenski.
Ahí está el contraste y el doble rasero. En Irán, sumisión y tibieza, aplauso al armisticio pero sin exigencia, sin memoria.
La declaración conjunta del G7 pide restablecer de forma permanente la libertad de navegación gratuita y segura en el estrecho de Ormuz, dejando de mencionar la palabra guerra, dejando de exigir el compromiso de paz perpetua.
TECLAIBRE considera que la paz es un compromiso irrevocable con la vida, un pacto que no admite cláusulas de rescisión, una decisión que no puede ser revocada por un tuit o un cambio de humor. Y esa paz permanente no es lo que se ha terminado de asegurar en Évian, Francia.
Por ese motivo, estamos compelidos a seguir conminando a los líderes europeos para que no olviden de dónde vienen.
Las naciones europeas conocen el olor de la pólvora y el sabor de la ceniza, por lo que no deben ser cómplices de prórroga de la guerra. Ustedes, que erigieron la Unión Europea como un proyecto de reconciliación, no pueden claudicar ante las lógicas bélicas.
Por igual, invitamos al presidente Donald Trump, quien, pese a haber formado parte del inicio de la confrontación en el Cercano Oriente, ha estado desplegando esfuerzos por detenerla, y siendo así, no debe dejarse arrastrar por las presiones.
Ustedes, que tienen una deuda moral con las víctimas de la historia, no pueden aplaudir un acuerdo que viene con una amenaza de bombas.
En TECLAIBRE MULTIMEDIOS, queremos que el memorándum a rubricarse este viernes entre Irán y Estados Unidos sea el fundamento de la necesaria coexistencia pacífica que demanda el mundo.
De ninguna manera, ese histórico documento puede convertirse en un simple armisticio táctico que, por cualquier quítame esta paja, se resuelva en el reinicio de un despreciable accionar belicista.
La dirección de nuestro equipo comunicacional no se rinde en la difícil tarea de resembrar la cultura de la confianza y el diálogo, como eje para disminuir contradicciones entre las naciones.
Cuando la desesperanza abate los corazones universales, alguien debe enarbolar la bandera del mañana mejor. La paz hay que construirla, hay que defenderla y demandarla. En TECLAIBRE MULTIMEDIOS, no daremos ni un paso atrás.