Por: Carlos Márquez Cabrera /
El Canal de la Mona no es una frontera; es un puente natural que, durante décadas, ha visto navegar la esperanza de miles de dominicanos en busca de un mejor porvenir.
Sin embargo, reducir esta relación a un simple flujo migratorio sería un error garrafal.
Hoy, la comunidad dominicana en Puerto Rico y el intercambio comercial entre ambas islas, configuran una alianza estratégica que sostiene economías, transforma culturas y redefine lo que entendemos por integración caribeña.
Es momento de analizar esta simbiosis, con la hondura que merece. El factor humano, pilares de una sociedad boricua
Los dominicanos somos el grupo inmigrante más numeroso y dinámico de Puerto Rico.
Las cifras oficiales del censo hablan de más de 55,000 residentes, pero las estimaciones más realistas, que incluyen a la población indocumentada que lucha en las sombras, elevan esta cifra a más de 100 mil almas.
Esta comunidad, concentrada mayoritariamente en el área metropolitana de San Juan, Bayamón y Carolina, representa el 1.76% de la población total de la isla, pero su impacto desborda cualquier porcentaje estadístico.
Hablar de los dominicanos en Puerto Rico es, hablar de la columna vertebral del sector servicios y la construcción.
Su aportación económica supera los mil 700 millones de dólares anuales, una inyección de vitalidad que mantiene en pie hoteles, restaurantes, obras de infraestructura y el sistema de cuidados de salud.
No son competencia desleal; son mano de obra calificada y, sobre todo, voluntad férrea. Han llegado sorteando las corrientes traicioneras del Mona en precarias yolas, y al tocar tierra boricua, en lugar de pedir, ofrecen.
Han creado redes de ayuda mutua, con el Club Cultural Dominicanos Unidos, Inc., con sede en Santurce, como un faro que brinda asistencia legal, colocación laboral y orientación para la ciudadanía.
Culturalmente, la fusión es imparable. El merengue y la bachata ya no son ritmos foráneos; son parte de la banda sonora de la calle.
Los hijos de dominicanos nacidos en Puerto Rico, los «dominico-boricuas», crecen con la plena y la salsa en una mano, y el palo y el tambor en la otra.
El propio gobernador, Pedro Pierluisi, ha refrendado oficialmente que esta comunidad forma parte integral de la sociedad boricua.
Su aspiración legítima de contar con una «Casa Dominicana» en la isla no es un anhelo menor; es la consolidación de un legado que merece un espacio físico y simbólico en el corazón del Caribe.
Respecto al intercambio comercial. Lo números atan y potencian.
Si lo humano nos une por sangre, el comercio nos ata, por interés estratégico. Puerto Rico es nuestra primera frontera natural con Estados Unidos, y el intercambio bilateral ha demostrado ser un pilar, de la balanza comercial dominicana.
El acumulado entre 2019 y 2023, el flujo de bienes entre ambos territorios superó la cifra astronómica de 3 mil 887 millones de dólares, manteniendo un ritmo anual robusto de aproximadamente mil 130 millones.
En el primer semestre de 2024, la tendencia alcista ya acumulaba 333.6 millones, evidenciando que el apetito comercial es insaciable y creciente.
La balanza es claramente superavitaria para la República Dominicana. En 2023, nuestras exportaciones hacia la isla del encanto alcanzaron los 659.2 millones de dólares, mientras que las importaciones desde Puerto Rico ascendieron a 474 millones.
Este superávit de 184 millones no es casualidad; es el resultado de una canasta exportadora diversificada y de alta calidad.
Vayamos a los detalles granulares de este intercambio. Desde República Dominicana salen hacia Puerto Rico instrumentos médicos de precisión, equipos eléctricos como disyuntores, perfiles de aluminio y barras de hierro que alimentan la construcción, pero también la riqueza del agro tropical.
A la vecina isla, llega café arábico, aguacate orgánico, cacao, bananas, jugos y conservas. A esto se suman los textiles de nuestras zonas francas, el ron añejo y el cemento que fortalece las estructuras boricuas.
En contrapartida, Puerto Rico nos provee de la alta tecnología que necesitamos; de productos farmacéuticos y químicos de vanguardia, componentes electrónicos, transformadores, baterías, así como productos enlatados y carnes procesadas que abastecen nuestra cadena de consumo.
La relación ya trasciende la compra-venta para instalarse en la cooperación institucional de alto nivel.
En diciembre de 2021, ambos gobiernos firmaron la «Declaración Conjunta para la Alianza Estratégica», un instrumento que renovó el impulso político y cultural.
Sin embargo, el hito más reciente y prometedor ocurrió en julio de 2025, cuando el Puerto Rico Small Business & Technology Development Center y ProDominicana concretaron un acuerdo histórico, el primero de su tipo, para fomentar el intercambio empresarial y las inversiones cruzadas en zonas francas, transporte y servicios.
El futuro se presenta aún más luminoso.
La reconstrucción de Puerto Rico, tras los embates de huracanes y terremotos, está proyectada para al menos una década.
Esta megaobra demandará exactamente lo que República Dominicana produce en abundancia.
Hablamos de materiales de construcción (cemento, hierro, aluminio) y, sobre todo, mano de obra calificada y semicalificada, que los dominicanos ya están aportando.
Además, sectores emergentes como las energías renovables, la colaboración tecnológica y el turismo combinado (que permita al visitante recorrer ambas islas en un solo viaje) ofrecen un océano azul por explotar.
No podemos ignorar los incentivos fiscales que hacen de Puerto Rico un trampolín irresistible para los inversionistas dominicanos.
Entre esos incentivos encontramos, tasa corporativa del 4% en manufactura, 0% en dividendos empresariales y exención de impuestos federales; también, un marco legal que convierte a la isla en la puerta de entrada perfecta, para expandir negocios hacia el mercado estadounidense, sin perder la cercanía cultural.
En pocas palabras, la comunidad dominicana y el intercambio comercial no son dos realidades paralelas; son las dos caras de una misma moneda de interdependencia exitosa.
Mientras los dominicanos levantan paredes y prestan servicios en Puerto Rico, los puertorriqueños compran nuestro café y nuestros instrumentos médicos, cerrando un ciclo de complementariedad perfecta.
Es imperativo que ambos gobiernos profundicen estos lazos, eliminando barreras burocráticas, agilizando la regularización migratoria y protegiendo los derechos de nuestros connacionales.
No se trata de una relación de dependencia, sino de una alianza ganar-ganar. Quisqueya y Borinquén son, ante los ojos del mundo, dos islas, pero para nosotros, los caribeños, son una sola nación de hermanos.
Potenciemos esta hermandad, celebremos nuestra fusión y convirtamos el Canal de la Mona en la autopista comercial y humana más próspera del Caribe.
Ese es el camino hacia un futuro compartido, fuerte y envidiable.