«El asfalto del Centro de los Héroes ha vuelto a ser testigo de una de esas escenas que ya parecen guion cinematográfico: un roce, un drama sobre el pavimento caliente y, en un abrir y cerrar de ojos, la ciudad secuestrada por una turba en dos ruedas. Lo que para unos es el sustento diario, para otros se ha convertido en el sinónimo del caos vial que nos asfixia. Hoy, ponemos bajo la lupa este fenómeno del ‘gremialismo motorizado’: una mezcla explosiva entre la necesidad de transporte del dominicano de a pie y una cultura de la fuerza que parece no conocer semáforos ni leyes. ¿Justicia gremial o vandalismo rodante? Analicemos este nudo gordiano que nos tiene a todos, literalmente, paralizados.»
La escena es digna de una película de suspense con tintes de comedia negra: un roce mínimo, una caída dramática sobre el ardiente asfalto de Santo Domingo, y ¡pum!, como si se tratara de una colmena alterada, el Centro de los Héroes se convierte en el epicentro de un bloqueo magistral.
En cuestión de segundos, la motocicleta, que hasta hace un momento era un vehículo de transporte, se transforma en una barricada improvisada. La víctima, entre quejidos que compiten con el ruido de las bocinas, es arropada por una cofradía de colegas que no necesitan radio ni señales de humo para saber que es hora de «hacer valer sus derechos».
No se puede negar la realidad: el motoconchista es el héroe anónimo del ciudadano de a pie. Ante un sistema de transporte masivo que, a pesar de los esfuerzos, aún no logra cubrir la demanda de una ciudad que se mueve a mil por hora, el motorista es el salvavidas. Es quien desafía el tapón, quien te saca del apuro y quien te lleva a la puerta del trabajo cuando la OMSA parece un mito urbano.
Pero, como toda buena moneda, tiene su cara oscura. Ese mismo salvavidas se convierte, a menudo, en el arquitecto del caos.
Lo que ocurrió frente a la estación del Metro no es un evento aislado; es la representación gráfica del «derecho a la fuerza». La lógica es simple:
Roce o accidente: Ocurre el incidente.
Activación: El gremio se siente vulnerado.
Bloqueo: Se paraliza el tránsito para presionar, muchas veces antes de que cualquier autoridad pueda siquiera dictaminar quién tuvo la culpa.
Esta reacción inmediata plantea preguntas incómodas: ¿Estamos ante un servicio de transporte o ante un grupo de presión que opera por encima de las normas de tránsito? Mientras el ciudadano espera un transporte digno, la calle se ha convertido en un terreno donde la ley del más fuerte (o del más numeroso) parece imponerse al Reglamento de Tránsito.
La situación ha vuelto a poner el dedo en la llaga: la urgente necesidad de regulación. No se trata de eliminar una fuente de sustento vital para miles de familias, sino de entender que la libertad de trabajar no puede traducirse en el derecho a secuestrar el libre tránsito de una ciudad entera cada vez que hay un roce en la vía.
¿Hasta cuándo toleraremos que el asfalto sea propiedad privada de quien tenga más cascos puestos? La pregunta flota en el ambiente, tan caliente como el pavimento del Centro de los Héroes, esperando una respuesta que —por ahora— solo parece llegar en forma de un nuevo tapón.
¿Crees que el gremio del motoconcho ha perdido el sentido de la prudencia al priorizar el «apoyo entre compañeros» sobre el respeto a las leyes de tránsito, o es simplemente una respuesta defensiva ante un sistema que no les ofrece garantías?
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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