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EL GIGANTE QUE SE ATREVIÓ A BROMEAR CON EL TIRANO

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA

ARTURO LOGROÑO:

EL GIGANTE QUE SE ATREVIÓ A BROMEAR CON EL TIRANO

Por Ramon Emilio Espinola

Resumen (Abstract)

La historia dominicana está poblada de personajes singulares que parecen salidos de una novela de realismo mágico. Entre ellos sobresale Arturo Logroño, orador extraordinario, intelectual barroco, patriota durante la ocupación norteamericana y, al mismo tiempo, uno de los hombres que supo sobrevivir —aunque no siempre ileso— a la cercanía del poder absoluto de Rafael Leónidas Trujillo Molina.

Dotado de una inteligencia mordaz, un sarcasmo demoledor y una humanidad que rayaba en lo teatral, Logroño fue capaz de pronunciar elogios que parecían alabanzas, pero que escondían críticas tan sutiles que ni siquiera el dictador las descubría de inmediato. Su vida constituye un extraordinario retrato de la relación entre los intelectuales y las dictaduras: una mezcla de admiración, miedo, oportunismo, supervivencia y, en ocasiones, valentía disfrazada de humor.

Este ensayo reconstruye la figura de Arturo Logroño, sus anécdotas más memorables y su compleja relación con Trujillo, mostrando cómo la ironía puede convertirse en un arma política y cómo, en tiempos de tiranía, hasta una frase elegante puede costar un ministerio.

Introducción

Las dictaduras tienen una curiosa capacidad para producir personajes extravagantes. Son como grandes escenarios de teatro donde el tirano interpreta el papel principal y los demás actores deben aprender rápidamente cuándo aplaudir, cuándo callar y, sobre todo, cuándo fingir que creen en el libreto.

La Era de Trujillo fue particularmente fértil en esta materia. Produjo aduladores profesionales, héroes silenciosos, oportunistas de ocasión y algunos espíritus brillantes que lograron sobrevivir gracias a la inteligencia y el humor.

Entre estos últimos sobresale Arturo Logroño.

Era un hombre de proporciones bíblicas, con una figura que parecía esculpida para ocupar por sí sola una tribuna entera. Su corpulencia, que rondaba las cuatrocientas libras, se convirtió en parte de su personalidad pública.

Donde llegaba, no entraba un hombre; entraba un acontecimiento.

Su verbo era tan abundante como su apetito, y su sarcasmo tan agudo que muchas veces dejaba heridas que tardaban años en cicatrizar.

Arturo Logroño: el heredero de la palabra

Nacido en 1891, el mismo año en que nació Rafael Leónidas Trujillo, Arturo Logroño parecía haber heredado de su abuelo, el arzobispo y expresidente de la República, el ilustre Fernando Arturo de Meriño, el don de la elocuencia y la pasión por las ideas.

Fue uno de los grandes oradores dominicanos de la primera mitad del siglo XX, un hombre cuya sola presencia imponía respeto. Su oratoria, de profundo estilo barroco, estaba adornada de metáforas, referencias históricas y un humor punzante que le permitía decir grandes verdades sin parecer ofensivo.

Usaba el cinismo y la ironía como otros utilizan la espada.

Y en una dictadura, eso era un deporte peligroso.

La frase que le costó un ministerio

En una ocasión, después de un complot fallido contra Trujillo, Logroño pronunció un discurso de desagravio ante el dictador y concluyó con una frase que ha quedado inmortalizada:

«Trujillo es como el sándalo, que perfuma el hacha que lo hiere.»

La imagen era bellísima.

Tan bella, de hecho, que el propio Trujillo se emocionó y decidió liberar a varios de los conspiradores.

Pero las dictaduras tienen una extraña costumbre: suelen comprender los elogios con varios días de retraso.

Alguien le explicó al Jefe que, en realidad, la frase sugería que quienes lo atacaban terminaban beneficiándose de su generosidad y que el dictador estaba siendo comparado con un árbol destinado a ser cortado.

El resultado fue inmediato.

Arturo Logroño perdió su puesto de Secretario de Estado de la Presidencia.

La poesía, una vez más, había resultado peligrosa.

El patriota de la ocupación

Durante la ocupación norteamericana de 1916-1924, Logroño se distinguió por su fervor nacionalista y por su participación en el célebre «Manifiesto de Cambelén», convirtiéndose en una de las voces más respetadas de la juventud intelectual dominicana.

En aquellos años defendió la soberanía con la misma pasión con que después defendería sus ideas desde la tribuna política.

Era un nacionalista romántico, de esos que todavía creían que las palabras podían cambiar la historia.

El hombre que amaba comer

Josefina de Hostos, amiga y vecina de mi madre, me contaba que, cuando Arturo visitaba su casa en Baní, porque era muy amigo de su padre Bayoan de Hostos siempre decía:

«Échenme mucha comida para el viaje, porque ustedes saben el placer que yo siento al comer y el camino es largo y angosto.»

 Según ella, podía comerse cinco pastas de dulce de leche banilejo sin apenas respirar.

 Lo hacía con una solemnidad casi religiosa.

 Para Logroño, comer no era una necesidad biológica.

 Era un acto filosófico.

 El escándalo Barletta

En 1933 ocurrió uno de los incidentes diplomáticos más vergonzosos de la Era de Trujillo.

El empresario italiano Amadeo Barletta,fue acusado falsamente de conspirar contra el régimen y de actuar como agente de Benito Mussolini.

Fue encarcelado en la Torre del Homenaje, de la Fortaleza Ozama.

Italia reaccionó con rapidez y envió barcos de guerra.

La dictadura dominicana descubrió entonces una verdad elemental: el patriotismo suele ser muy ruidoso hasta que aparecen los cañones de una potencia extranjera.

Había que encontrar un culpable.

Y, como ocurre en casi todos los gobiernos autoritarios, el responsable resultó ser el funcionario que menos había decidido. Porque de negocios e intrigas comerciales él no sabía nada. Pero, Trujillo sacrificó a Logroño.

«La soga rompe por lo más gordo»

Ese día, después de almorzar con el dictador, Logroño escuchó las sirenas del periódico La Nación.

Mandó detener su coche.

Envió al cochero a averiguar la noticia.

Cuando este regresó, nervioso, le dijo:

—Don Arturo, usted ha sido cancelado.

Logroño permaneció unos segundos en silencio y luego respondió:

«La verdad es que Trujillo es un hombre grande e inteligente; esta es la primera vez en la vida que la soga rompe por lo más gordo.»

La frase era magistral.

La soga, efectivamente, se había roto por lo más gordo.

Porque Arturo pesaba cerca de cuatrocientas libras.

Hasta en la desgracia encontraba espacio para la ironía.

 El abrazo de ambas manos

Tiempo después, gracias a la intervención de Rafael Paino Pichardo, su amigo en la lucha contra la primera ocupación norteamericana (1916-1924), le avisó al Jefe amado de ellos que Arturo estaba en malas; Trujillo llamó nuevamente a Logroño.

 Sobre el escritorio había dos sobres.

 Uno contenía diez mil pesos.

 El otro, el nombramiento como Secretario de Relaciones Exteriores.

 Logroño se levantó con mucha parsimonia y dijo:

—Jefe, usted sí que es un hombre grande; permítame abrazarlo… pero con ambas manos.

Trujillo entendió de inmediato la jugada de su amigo.

 Y entre carcajadas le dijo:

—Carajo gordo, tu si eres inteligente. Toma el dinero y mañana vienes a tomar posesión del cargo.

En la Era de Trujillo, hasta la amistad tenía un precio… y, por fortuna para Logroño, aquel día el precio era bastante elevado.

El águila y el mortal

Otra de sus célebres ocurrencias tuvo lugar cuando Luis Mercado (el oso blanco) fue a recibir a Trujillo en Puerto Plata. Tenía problemas políticos.

Al ver que el dictador descendía de su yate y se dirigió a saludar personalmente a Mercado, Logroño gritó entre la multitud:

«¡Déjenme pasar para saludar a ese mortal al cual el águila ha bajado de su mástil para saludarlo!»

La imagen poética encantó al dictador.

Los tiranos aman dos cosas:

El poder y la adulación.

Y si la adulación viene envuelta en metáforas, la consideran literatura.

Conclusión

Arturo Logroño fue un personaje irrepetible.

Patriota, intelectual, escritor, humorista involuntario y superviviente de una de las dictaduras más prolongadas de América Latina. Nieto del obispo más prodigo en dar amores y consolar mujeres solas o viudas, como también casadas, porque Arturo de Meriño no respetó nunca una falda que le atrajera. La sexualidad fue una virtud de este sacerdote como lo fue su pico de oro desde el púlpito.

Su vida, la de Logroño, demuestra que el ingenio puede convertirse en un mecanismo de resistencia y que, incluso en medio del autoritarismo, el humor conserva una extraordinaria capacidad de desnudar las debilidades del poder.

Porque ningún dictador, por grande que se crea, puede impedir que la inteligencia se ría de él.

Epílogo

La historia de Arturo Logroño enseña una lección profundamente humana.

Los regímenes autoritarios suelen rodearse de hombres sumisos, pero siempre aparece algún espíritu libre que, armado únicamente de palabras, es capaz de introducir una pequeña grieta en el edificio del miedo.

Las dictaduras temen a las armas.

Pero temen todavía más a la inteligencia, a la memoria y al humor.

Porque los fusiles pueden matar hombres.

Las ideas, en cambio, sobreviven a los tiranos.

Y las buenas anécdotas tienen la desagradable costumbre de permanecer vivas mucho después de que las estatuas han sido derribadas.

Bibliografía

  • Crassweller, Robert D. Trujillo: La Trágica Aventura del Poder PersonalSanto Domingo: Editora Corripio, 1998.
  • Galíndez, Jesús de. La Era de Trujillo. Buenos Aires: Editorial del Pacífico, 1956.
  • Vega, Bernardo. Trujillo y sus tiempos. Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana, varios tomos.
  • Cassá, Roberto. Historia Social y Económica de la República DominicanaSanto Domingo: Alfa y Omega, 2013.
  • Moya Pons, Frank. Manual de Historia DominicanaSanto Domingo: Caribbean Publishers, 2010.
  • Troncoso Sánchez, Pedro. Vida de Arturo LogroñoSanto Domingo.
  • Archivo General de la Nación de la República Dominicana. Fondos documentales sobre la Era de Trujillo.
  • Hostos, Josefina de. Mis conversaciones con esta gran dama. Sus testimonios y vivencias sobre la vida intelectual dominicana del siglo XX.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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