Carne de cañón con sabor a Caribe:
Un pasaje de ida hacia el frío y la metralla. Jóvenes dominicanos, seducidos por promesas de rublos y falsos empleos civiles, terminan empuñando fusiles en la guerra de Rusia contra Ucrania. La precaria realidad local alimenta, bajo engaños, la maquinaria bélica del Kremlin.
Cambiaron el ardiente sol caribeño y la rutina de los polos turísticos por el lodo helado y el zumbido de los drones. Lo que para algunos comenzó con el viejo libreto del romance turístico, y para otros con el espejismo de un jugoso contrato de trabajo en la construcción, ha terminado por destapar una red de reclutamiento engañosa y letal. Hoy, la desesperación económica exporta jóvenes dominicanos para servir de carne de cañón en la autodenominada «operación especial» rusa.
El rostro que le puso nombre y apellido a este absurdo geopolítico es el de Juan Carlos Ávila Espaillat. Hasta hace poco, este joven altagraciano ganaba su sustento como seguridad en un hotel de Bávaro, Punta Cana. Hoy, protagoniza insólitos videos en redes sociales, vestido con camuflaje de invierno y portando armamento pesado en las líneas del frente ucraniano, narrando con pasmosa naturalidad supuestas misiones de rescate bajo la bandera tricolor rusa.
La suspicacia salta a la vista al escarbar en los motivos de su partida. Según los relatos de su propio entorno, Ávila no cruzó el Atlántico movido por un repentino fervor prorruso ni por una epifanía ideológica. El pretexto inicial fue visitar a una turista rusa que conoció en su lugar de trabajo. Sin embargo, el «tour del amor» desembocó rápidamente en un centro de reclutamiento militar. Una vez allí, la barrera del idioma y la promesa del dinero rápido hicieron el resto.
Moscú no está reclutando en el Caribe por solidaridad caritativa, sino porque necesita cuerpos para sostener una guerra de desgaste. El cebo es un paquete financiero que, a los ojos de un joven de barrio, resulta mareante: un bono de enganche federal de aproximadamente 400,000 rublos (más de 270,000 pesos dominicanos) por firmar un contrato anual.
Pero la trampa no radica solo en el dinero. Las denuncias apuntan a un patrón de engaño laboral sistemático. A muchos latinoamericanos se les ofrecen contratos para trabajos civiles, como construcción de infraestructuras o labores de limpieza en zonas de retaguardia. Al llegar, firman a ciegas documentos redactados íntegramente en otro idioma. Para cuando descubren la cláusula que los subordina al Ministerio de Defensa ruso, ya tienen un fusil en las manos y órdenes de avanzar hacia las trincheras de Donetsk.
El ruido de la metralla ya encontró eco en los pasillos del Congreso Nacional. El diputado Carlos de Pérez ha sido de los pocos en encender las alarmas, advirtiendo que tiene documentados casos de jóvenes de Haina y San Cristóbal que cayeron en la red de falsas ofertas de empleo y terminaron en el frente de batalla. Analistas locales calculan que la cifra de criollos atrapados en esta telaraña bélica podría ascender a varias decenas.
La ironía diplomática es mayúscula. Mientras el Estado dominicano mantiene una postura oficial de condena a la invasión y alineamiento con Ucrania, ciudadanos dominicanos vierten su sangre en nombre del Kremlin. No hay lealtad a la Madre Rusia, sino sumisión a la necesidad. El hecho de que un joven prefiera jugarse la vida esquivando artillería a miles de kilómetros de casa, en una guerra que no entiende ni le pertenece, es el síntoma más crudo de las nulas garantías de progreso que muchos encuentran en su propia tierra.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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