Han tenido que pasar 13 horas contando votos para que finalmente se sepa a quién enviarán los demócratas de Estados Unidos para luchar por el escaño de Míchigan que queda libre en las próximas elecciones de noviembre. Tras una noche de infarto en la que las diferencias se iban estrechando hasta el mínimo, la agencia AP y el canal CNN han dado como vencedor al candidato progresista, Abdul El-Sayed, con un 48,5% de los votos. La batalla refleja lo dividido que está el partido entre sus dos almas, así como el auge del sector izquierdista que reclama un cambio.
Con su victoria, este médico de 41 años, hijo de inmigrantes egipcios, ha dado un puñetazo en la mesa en el debate sobre el futuro de la oposición a Donald Trump. La congresista Haley Stevens, que contaba con el apoyo de los pesos pesados del partido, se ha quedado a menos de 15.000 votos de su contrincante.
Trump ha sido muy rápido en reaccionar. Nada más confirmarse la victoria de El-Sayed, el presidente ha dicho que esta supone una “excelente noticia” para el Partido Republicano. “Un comunista fracasado que odia a los judíos y a Israel se perfila como el ganador […] ¡Ahora, las políticas descabelladas de los ‘tontócratas’ no hará más que empeorar!”, ha escrito en su red social, Truth.
La votación demuestra que la pujanza de jóvenes políticos izquierdistas (o incluso socialistas) no se circunscribe a reductos liberales. La ola que inició el año pasado Zohran Mamdani con su victoria en Nueva York amenaza con extenderse en un Estado como Míchigan, de esos llamados bisagra porque allí tanto pueden ganar los republicanos como los demócratas. El partido de Barack Obama y Joe Biden se adentra en un nuevo tiempo en el que las reglas antiguas han dejado de servir.
Pese a esta importante victoria, a El-Sayed le queda aún lo más difícil. Porque tras vencer a la centrista Stevens tendrá que demostrar en noviembre que un hombre como él, musulmán y defensor de ideas consideradas radicales hasta hace muy poco, puede ganar al candidato republicano en las elecciones de medio mandato. Si lo logra, se convertirá en el primer senador musulmán en la historia de Estados Unidos y se unirá a nombres como los del senador Bernie Sanders, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez y el alcalde Mamdani, en el listado de dirigentes que están cambiando la cara del Partido Demócrata.
El-Sayed no se define como socialista, pero abandera las causas más ligadas a la izquierda. Ha triunfado en Míchigan con ideas como acabar con la ayuda incondicional a Israel —a quien acusa directamente de genocidio en Gaza— o impulsar la sanidad pública universal. Mezcla este discurso con un magnetismo personal que, siempre vestido con una camiseta negra ajustada, muestra en vídeos en los que levanta pesos en un gimnasio o baila con un sombrero de cowboy You Belong With Me de Taylor Swift. Sus responsables de campaña han debido prestar mucha atención a cómo se hacían virales los vídeos de Mamdani en la campaña que el año pasado lo llevó a la alcaldía de Nueva York. Ahora, otro progresista ha vuelto a dar con la tecla para convencer a los votantes.
El-Sayed ha vencido a la plana mayor del partido en Míchigan, encabezados por la gobernadora Gretchen Whitmer y el senador Gary Peters, que apoyaban a su rival. También al lobby israelí, que ha invertido en esta campaña unos 30 millones de dólares, la mayor cantidad destinada nunca a una sola carrera. Y ahora se ve que no ha servido para nada.
Acusación de antisemitismo
En la recta final de la campaña, la congresista Stevens lanzó contra El-Sayed una tímida acusación de antisemitismo —“Todo el mundo entiende que quieres culpar a los estadounidenses judíos de todos tus problemas”— y de buscar en su carrera política tan solo “la fama y, probablemente, el dinero”. Pero ya era demasiado tarde. El-Sayed había conseguido imponer la idea de que él suponía un soplo de aire fresco, que se preocupa por los problemas reales de la gente y por acabar con la influencia del dinero de oscura procedencia en las elecciones frente a la vieja forma de haber política que encarnaba Stevens.
Este martes se celebraban primarias en Estados como Virginia, Misuri, Kansas y Washington. Pero todos los ojos estaban puestos en Míchigan, quizás la batalla más relevante de todas las previas a las elecciones que definirán la segunda mitad del mandato de Trump. La atención era máxima por varios factores. Primero, porque se celebran en un Estado importante, que no es ni completamente republicano ni completamente demócrata, por lo que sirve muy bien para medir el momento que atraviesa un país tan inmenso y diverso como Estados Unidos.

Segundo, porque el escaño que se disputa es clave si el partido del burro aspira a arrebatar a los republicanos la mayoría en el Senado. No es matemáticamente imposible, pero si los demócratas pierden Míchigan, la perspectiva de hacerse con la Cámara alta sería muy, muy complicada.
Y tercero, porque la victoria de El-Sayed confirma otra tendencia que ya era patente: el creciente alejamiento de los estadounidenses de Israel.
Todos estos síntomas ya se habían percibido en otros territorios, pero se confirman ahora en Míchigan, con unas repercusiones que habrá que calibrar en los próximos días. Los demócratas tendrán que mostrar unidad para que El-Sayed, si se confirma su victoria, salga elegido senador en noviembre si quieren de verdad hacer una oposición seria a Trump desde el Congreso. Pero para ello, muchos tendrán que defender a alguien que hasta hace nada consideraban un radical. Un sapo que habrá que ver si todos están dispuestos a tragar.


