Por: Carlos Márquez Cabrera /
Durante los últimos meses, numerosos analistas habían apostado a que la Reserva Federal de Estados Unidos iniciaría un ciclo acelerado de reducción de las tasas de interés.
Sin embargo, el mensaje ofrecido este miércoles por el presidente de la institución fue categórico: la batalla contra la inflación todavía no ha terminado.
La decisión de mantener inalterados los tipos de interés constituye mucho más que una medida técnica de política monetaria.
Considero que esa realidad confirma que la economía estadounidense continúa sobre una línea de equilibrio, donde convergen el empleo, la inflación y la estabilidad financiera, que son los objetivos esenciales de la Reserva Federal.
Lo que sí, me llama la atención, es la fortaleza que de acuerdo con Kevin Warsh continúa mostrando el mercado laboral estadounidense. Esto junto a la información de que millones de trabajadores conservan su capacidad de consumo y las empresas mantienen una demanda relativamente estable de mano de obra, la presión sobre los precios no desaparece.
Sin embargo, ese pleno empleo, que normalmente constituye una buena noticia para cualquier economía, siempre interpretando lo planteado por el presidente de la FED, se convierte también en un obstáculo para lograr que la inflación regrese al objetivo del dos por ciento.
La Reserva Federal ha optado por privilegiar la estabilidad de los precios, aun cuando ello implique prolongar un período de crédito caro para familias, empresas y gobiernos.
Esa decisión recuerda la lección aprendida durante la década de 1970 y, tiene que ver con que reducir prematuramente los tipos de interés puede provocar un nuevo rebrote inflacionario aún más difícil de controlar.
De ahí que, cuando la mayor economía del planeta mantiene elevados sus tipos de interés, el dólar se fortalece, los capitales internacionales buscan refugio en los activos norteamericanos y muchos países emergentes enfrentan mayores costes para financiar sus economías.
A causa de ese hecho, nuestra América Latina se recoloca entre las regiones más expuestas a la situacion referida.
La República Dominicana no constituye una excepción. Un dólar fuerte encarece el servicio de la deuda externa, aumenta el costo de numerosas importaciones estratégicas y limita el margen de maniobra de las autoridades monetarias nacionales.
A ello se suma la posibilidad de que las inversiones internacionales privilegien los bonos estadounidenses frente a mercados de mayor riesgo.
No obstante, también conviene observar el otro lado de la moneda. La resistencia del empleo estadounidense continúa sosteniendo el consumo de millones de familias, incluidas las de origen dominicano radicadas en Estados Unidos.
Esa fortaleza contribuye a mantener el flujo de remesas, uno de los pilares fundamentales de la economía dominicana, además de preservar una demanda turística relativamente estable.
La comparecencia del presidente de la Reserva Federal deja claro que, la inflación no puede combatirse únicamente mediante discursos optimistas ni con expectativas políticas y que equiere disciplina monetaria, credibilidad institucional y decisiones que, aunque impopulares en el corto plazo, protejan el poder adquisitivo de la población en el largo plazo.
Creo que los mercados financieros estáncomprendieron el mensaje y, es que la era del dinero barato aún no ha regresado; por lo que la prioridad continúa siendo consolidar una inflación controlada antes de abrir nuevamente las puertas a una política monetaria más expansiva.
Se entiende que, para economías abiertas y altamente vinculadas al comportamiento estadounidense, como la dominicana, la prudencia no es sólo una opción; es una necesidad estratégica.
Estoy muy de acuerdo en la idea de que, en la presente coyuntura, cuando la política monetaria de Washington sigue marcando el pulso financiero de todo occidente y más allá, la estabilidad macroeconómica interna de sus nacion constituye la mejor defensa frente a los vientos de incertidumbre que aún soplan sobre la economía global.


