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La villa donde descansa la diplomacia china | Historias de corresponsal

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Diaoyutai, la residencia oficial de China para dignatarios extranjeros, es una burbuja dentro de Pekín. Su acceso está vedado al público, pero de vez en cuando el Gobierno permite el paso a los periodistas para cubrir tal o cual evento, y entonces es casi como si a uno le dieran vía libre para caminar por el interior del recinto amurallado.

Ubicado en el oeste de la ciudad, el complejo fue en otro tiempo un lago de pesca imperial; hoy parece un club de campo oriental, con cuidados jardines, estanques, puentes y canales, y las villas donde se suelen hospedar los líderes extranjeros y sus delegaciones diseminadas aquí y allá.

Caminar por el complejo supone dar un paseo por la historia diplomática de la República Popular. En este lugar han dormido dignatarios de todo el mundo, más de 1.400, según los datos oficiales, incluidos los Reyes de España en su último viaje. Algunos han dejado una huella permanente. “En Diaoyutai hay un árbol que plantó Kim Il-sung, el fundador de Corea del Norte”, confiaba un diplomático chino hace unos meses.

A mediados de marzo, tas un foro organizado por el Gobierno en el complejo, se abrió la oportunidad de ir en su busca. El ejemplar de Kim se yergue ante la villa número 12, una sobria mansión de ladrillo blanco y tejados azules. Las crónicas lo describen como un “pino siempreverde”, aunque ahora que han pasado los años y supera los cuatro metros de altura, al observar sus ramas enmarañadas y vencidas como un bigote prusiano, cualquiera diría que se trata de un cedro o un abeto. “Crece verde y frondoso transmitiendo la hermosa historia de la amistad entre la República Democrática Popular de Corea y China”, apuntaron los medios norcoreanos en 2018 cuando Kim Jong-un, actual líder del hermético país nuclear, y nieto de quien lo sembró, lo visitó junto al presidente chino, Xi Jinping.

Una placa recuerda que fue plantado el 2 de octubre de 1959. Con el mundo atravesado por la Guerra Fría, Diaoyutai se acababa de inaugurar para acoger a los mandatarios de la esfera socialista que acudieron al desfile militar de celebración del 10º aniversario de la proclamación de la República Popular China: el vietnamita Ho Chi Minh se alojó en el edificio número 11; la delegación rumana, liderada por Nicolae Ceaușescu, en el 8…

En el recinto se construyeron 16 villas numeradas del 2 al 18, sin el 1, para esquivar rencillas entre líderes, y evitando el 13, asociado a la mala suerte en occidente. De todas ellas, la más espectacular es la 18, de estilo Ming, con característicos tejados de aleros curvos. Flanqueando su puerta, se ven dos leones dorados que fueron expoliados por los británicos en el siglo XIX y devueltos por la reina Isabel II durante su histórica visita en 1986: esta fue su residencia.

Su primer inquilino, en 1959, fue sin embargo el líder soviético Nikita Kruschev, como recuerda también la placa junto a los “pinos de corteza blanca” a la entrada de la villa 18. Tal y como Kruschev contaría más tarde, bajo el trato exquisito ofrecido por los chinos durante su visita, notó frialdad: las relaciones entre Pekín y Moscú estaban entrando en barrena.

Kruschev llegó a los fastos del aniversario tras visitar Estados Unidos ―primer viaje de un líder soviético al gran rival de la Guerra Fría―, y el líder chino Mao Zedong estaba además molesto por la suspensión de la ayuda de la URSS para producir la bomba atómica.

En el encuentro a puerta cerrada saltaron chispas. Kruschev defendía la “coexistencia pacífica” con Washington; Mao lo tachó de ingenuo: “No podemos juzgar a Estados Unidos únicamente por su apariencia. Debemos examinar la verdadera naturaleza del imperialismo estadounidense”. Vinieron décadas de ruptura de relaciones entre China y la URSS.

El líder chino, sin embargo, tejería años después su propio acercamiento a la potencia norteamericana. Ese deshielo, como no podía ser de otra forma, se inició en Diaoyutai. En 1971, el presidente Richard Nixon le encargó a Henry Kissinger, entonces asesor de Seguridad Nacional, la misión de viajar en secreto a Pekín. Estando de viaje a Pakistán, este fingió durante 48 horas una indisposición y voló hasta la capital china; del aeropuerto fue conducido en una limusina con las persianas bajadas directamente al recinto. Y en la villa 5, de estilo clásico y con vistas a un estanque, Kissinger discutió por primera vez con el primer ministro chino, Zhou Enlai, la reconexión diplomática, uno de los hitos destinados a cambiar el orden mundial.

En 2023, al poco de cumplir 100 años y solo unos meses antes de morir, Kissinger fue recibido por Xi en Pekín. El encuentro tuvo el poso nostálgico de la diplomacia de otra era. “Nunca olvidaremos a nuestro viejo amigo y su histórica contribución”, le dijo el líder chino. Por deferencia, eligió acogerlo en la misma sala de Diaoyutai donde negoció con su contraparte. Kissinger, que siempre alabó la capacidad china de usar la hospitalidad como herramienta política, agradeció el gesto y se ofreció a seguir trabajando para “facilitar el entendimiento mutuo”.

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