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Los cerepoetas y la guerra, en Ilusiones y Cerepoesía 

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El domingo 19 de julio del 2026 el programa de Ilusiones y Cerepoesia, estuvo dedicado a los cerepoetas y la guerra. Ofrecimos nuestras condolencias a los familiares y amistades del gestor cultural Formerio Rodríguez, quien partió de la plano existencial en la semana pasada. Hicimos un llamado a la familia dominicana a visitar los museos y en especial el de la Catedral Primada de América que esta lleno de historia eclesiástica, que es a la vez historia del país. Invitamos a la actividad del próximo martes 21 de julio a las 6:00 de la tarde, en la Sala Carmen Natalia de la Biblioteca Nacional PHU, con la periodista Margarita Cordero.

Carlos Márquez compartió varios poemas de Bertolt Brecht (1898-1956) uno de los más influyentes dramaturgos y poeta alemán del siglo XX, creador del teatro épico, también denominado teatro dialéctico:

«La Balada del Soldado Muerto» ​es un poema que reflexiona sobre la guerra, el sacrificio y la indiferencia social. La historia narra cómo un soldado, con ansias de morir en combate, es desenterrado y llevado en un desfile patriótico, rodeado de celebración y engaños. A pesar de su estado de descomposición y hedor, el soldado es presentado como un héroe, mientras la multitud y las autoridades lo veneran sin comprender su sufrimiento real. La balada critica la glorificación de la guerra y muestra cómo la muerte del soldado se convierte en un espectáculo vacío, que solo puede ser visto por las estrellas, simbolizando la distancia entre la realidad y la percepción pública. Al final, el soldado está listo para morir por última vez, en un acto que refleja la tragedia y la farsa del sacrificio bélico.

Otro poema de Bertolt Brecht compartido es: «Preguntas de un obrero que lee»

¿Quién construyó Tebas,
la de las Siete Puertas?
En los libros figuran
sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos
bloques de piedra?

Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas?
Quienes edificaron la dorada Lima,
¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó La Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus césares
¿sobre quienes triunfaron?
Bizancio tantas veces cantada,
para sus habitantes
¿sólo tenía palacios?
Hasta la legendaria
Atlantida, la noche en que el mar se la tragó,
los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia
ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién ganó también?
Un triunfo en cada página.
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
tantas preguntas. 

 A través de preguntas, el poema nos invita a reflexionar sobre quiénes realmente construyeron las ciudades;  nos recuerda que detrás de los triunfos y monumentos hay muchas historias ocultas y anónimas que la historia oficial no recoge,  sino que atribuye la grandeza de las civilizaciones y monumentos a los reyes y figuras famosas, los cuales son solo una parte de la historia, y que muchos sacrificios y esfuerzos de las clases populares y los trabajadores permanecen invisibles.

«Las nanas de la cebolla» y «Elegía», de Miguel Hernández fueron compartidos…

Compartimos a Dolores Reyes, una escritora, docente y feminista argentina cuya novela Cometierra, obtuvo una amplia recepción crítica y de ventas y fue traducida a más de diez idiomas.
He aquí una Sinopsis «Visceral y urgente.» de Mariana Enriquez
«La tierra que nos vio crecer guarda nuestras huellas, pero solo Cometierra tiene el don de tragarla y saber dónde están los que nos faltan. Lo descubrió siendo pequeña, cuando comió tierra por primera vez y en una visión entendió que su padre había asesinado a su madre. Cuando en el barrio se enteran de su poder, las puertas de su casa se llenan de familias desesperadas por saber qué pasó con sus hijas, sus hermanas, sus madres. Mientras se convierte en un canal sagrado entre los vivos y los muertos, cada visión la sume en una espiral de vidas truncadas y de dolor ajeno que nadie podría soportar. Un don puede ser una condena, pero entre el espanto y la rabia se abren paso el amor y la lucha por la justicia, y, tal vez, en cada puñado de tierra ella aprenda también a sembrar un lugar para los vivos».

 

Recordamos a Maripaz Gutiérrez Acedo quien nos presentara en el I Encuentro Internacional del Movimiento Cerepoético el poema Niños de las guerras, de Soledad Durnes Casañal que es una poderosa y emotiva denuncia contra las guerras y sus devastadores efectos en los niños. Destaca la injusticia de que los más inocentes sean las principales víctimas de los conflictos bélicos.

Los niños que nacen/no piden venir al mundo/ los crean sus padres/ con sentimiento profundo…

«Mi victoria, de Darcy Riberio, antropólogo, político, escritor y sociólogo brasileño.

Me puse del lado de los pueblos originarios, y me derrotaron.
Me puse del lado de los negros, y me derrotaron.
Me puse del lado de los campesinos , y me derrotaron.
Me puse del lado de los obreros, y me derrotaron.
Me puse del lado de los pobres, y me derrotaron.
Me puse del lado de los perseguidos, y me derrotaron.
Me puse del lado de los discriminados, y me derrotaron.
Me puse del lado de los débiles, y me derrotaron.
Pero nunca me puse del lado de los que dicen que vencieron.
Esa es mi victoria.

Cristina Piñeyro nos comparte: Dulce et decorum est de Wilfred Owen

Doblados como viejos mendigos bajo sacos,
con las rodillas juntas, tosiendo como brujas, maldecimos a través del lodo,
hasta que dimos la espalda a las inquietantes bengalas
y comenzamos a arrastrarnos hacia nuestro lejano descanso.
Los hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas,
pero cojeaban, calzados con sangre. Todos cojeaban; todos estaban ciegos;
ebrios de fatiga; sordos incluso a los silbidos
de los cansados ​​y rezagados Five-Nine que se quedaban atrás.

¡Gas! ¡Gas! ¡Rápido, muchachos!—Un éxtasis de torpeza,
colocando los cascos torpes justo a tiempo;
pero alguien seguía gritando y tropezando
y debatiéndose como un hombre en fuego o cal…
Débilmente, a través de los cristales empañados y la espesa luz verde,
como bajo un mar verde, lo vi ahogándose.

En todos mis sueños, ante mi mirada impotente,
Él se abalanza sobre mí, jadeando, ahogándose, ahogándose.

Si en algunos sueños sofocantes tú también pudieras caminar
detrás del carro en el que lo arrojamos,
y ver los ojos blancos retorciéndose en su rostro,
su rostro colgante, como el de un demonio harto del pecado;
si pudieras oír, en cada sacudida, la sangre
salir gorgoteando de los pulmones corrompidos por la espuma,
obscena como el cáncer, amarga como el rumiar
de llagas viles e incurables en lenguas inocentes,—
amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo
a los niños ardientes de alguna gloria desesperada,
la vieja mentira: Dulce et decorum est Pro patria mori .

Poema que denuncia la brutalidad y el horror de la guerra, específicamente en la Primera Guerra Mundial. Owen describe a los soldados como hombres agotados, deformados por la fatiga y las heridas, arrastrándose en medio del lodo y el peligro. La escena más impactante es cuando un soldado sufre un ataque de gas venenoso y muere de manera agonizante, una visión que persiste en los sueños del poeta. Critica la idea romántica de que es dulce y decoroso morir por la patria, mostrando en cambio la crueldad, el sufrimiento y la muerte horrible que enfrentan los soldados, desmintiendo la falsa gloria promovida por los ideales patrióticos.

Paulina Herrera nos comparte: «Esta es mi guerra»

Esta es mi guerra. aquella que no se libra con armas, sino con cerebro encendido y corazón palpitante.
Disparemos ideas como misiles, versos como granadas sobre el mapa de la humanidad.
Desde la cumbre del majestuoso Everest,
desde el corazón del imponente Amazonas,
desde los ardientes desiertos del Sahara,
desde los picos andinos que rasgan el cielo, acribillemos la indiferencia, arrasemos la ignorancia,
Penetremos en la mente de los dormidos.
Que desaparezca el hambre.
Que caigan los ejércitos del miedo.
Que la violencia se quiebre en polvo ante el fuego de nuestras palabras.
Saquemos poesía de los libros:
balas de luz que perforan la opacidad,
armas que alimentan el cerebro y destruyen la brutalidad del mundo.
En la selva,
el jaguar nos observa,
mudo testigo de la muerte y el renacer
sus ojos reflejan la fuerza de nuestra guerra y
el silencio que precede al trueno de la conciencia.
Cada verso explota en los tejados de la mente,
cada metáfora incendia plazas y corazones.
El silencio se rinde ante el rugido de la poesía,
la crueldad se desploma bajo el peso de nuestra verdad.
Y cuando todo termine,
cuando la última línea haya caído,
el mundo quedará conquistado
no por soldados, ni por bombas, sino por la belleza feroz de nuestras palabras,
por el imperio eterno de la paz nacida del verbo.

El banquete de los titanes

Declamado en el I Congreso Mundial CEREPOÉTICO

Damas y caballeros:

no vengo a susurrar verdades.
Vengo a gritarlas
con la voz de los árboles talados,
con el eco de los escombros
que fueron hogares,
con la rabia de los mares
contaminados de codicia.
Nos han vendido el mundo
como una mercancía más.
Lo han envuelto
en promesas de progreso,
lo han sellado con mentiras lustrosas
y lo han entregado
a los mismos
dioses de siempre:
el dinero,
la guerra y el poder.
Los poderosos,
esos que firman tratados con sangre ajena,
brindan en salones blindados
mientras afuera
el pan se pudre en las vitrinas
y los niños aprenden
a pronunciar «hambre» antes que «esperanza».
Hemos visto ciudades arder
como si fueran antorchas del sacrificio humano.
Bagdad. Gaza
Hiroshima aún susurra en las noches de lluvia. Y quién responde por las almas pulverizadas? Quién reconstruye
los sueños convertidos en polvo radiactivo?
Nos dicen
que las pandemias
son castigos divinos, cuando sabemos
-los que aún sabemos mirar-
que fueron ensayos de laboratorio, instrumentos de control y espejos
donde el egoísmo se reflejó más letal que cualquier virus.
El planeta sangra.
Y su herida no es poética.
Es real, punzante, caliente,
como la última gota de petróleo
extraída con violencia del corazón de la Tierra.
Pero.
oh! no se detienen.
El festín continúa.
Se reparten el aire,
el agua, la semilla, como si fueran herencias de un imperio invisible.
Los glaciares
Lloran su extinción en silencio,
y nosotros –
rebaño distraído- aplaudimos a quien ofrece un placebo con forma de esperanza
de plástico reciclado,
Y mientras los grandes roban el futuro,
los jóvenes,
-Los herederos de la Tierra-
se pierden en un desierto de pantallas.
La juventud ya no es la misma.
Se sumerge en redes que no atrapan peces, sino voluntades.
Se consume en selfies que exhiben la máscara pero nunca el alma.
Se ignoran cara a cara para odiarse desde lejos.
Y se lastiman sin tocarse,
como si la crueldad fuera un juego de moda.
La droga es ahora nuestro pan diario.
Se vende en cada esquina
como si fuera
consuelo embotellado. La sangre joven
corre no por ideales, sino por dosis y sobredosis.
Y los cuerpos, antes templos,
se vuelven ruinas invadidas de sombras.
Pero no es solo la juventud.
Es toda la humanidad
la que se pudre bajo la cáscara de la indiferencia.
Se han invertido los valores:
la bondad
se considera ingenuidad,
la honestidad es una rareza,
y el amor,
una palabra usada
solo en canciones vacías.
Entonces….
Yo me pregunto:
desde cuándo ser bueno se convirtió en algo malo?
Vivimos anestesiados por los vicios
que se visten de libertades:
la codicia es negocio,
la lujuria es cultura pop, la traición
es entretenimiento
Todo se compra.
Todo se vende.
Hasta el alma se alquila si el precio es viral.
Y en medio de este naufragio moral,
las instituciones que debieron ser faros,
las que hablaban de fe, caridad v consuelo, encierran su calor
tras vitrales fríos.
La Iglesia
-no Dios, sino su estructura-
calla cuando arden los cuerpos,
y habla solo cuando conviene al altar del poder.
Besa anillos mientras el pueblo besa el polvo.
Y en sus cálices ya no hay vino:
hay silencio cómplice.
Yo no vengo a consolar.
Vengo a denunciar.
Vengo a sembrar incomodidad en cada conciencia dormida. Vengo a despertar
al león que olvidamos ser.
Porque aún estamos a tiempo, pero no por mucho.
El reloj del mundo
ya no da horas:
da latidos.
Y cada latido que desperdiciamos
es una especie que muere,
una lengua que se extingue,
un niño que deja de soñar.
Que tiemblen los tronos, que ardan los contratos, que se callen los noticieros cómplices.
El silencio ya no es opción.
La poesía no es adorno: es arma.
Y con ella, hoy, disparo esta verdad:
O despertamos ahora… o despertaremos enterrados.

Muchas gracias.

Enlace del programa : Los cerepoetas y la guerra.

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