Cuando Justo Betancourt, de 55 años, salió de Alligator Alcatraz el 14 de mayo, tras casi seis meses detenido, había perdido 22 kilos y apenas podía caminar. Dos días después tuvo que ser hospitalizado, a punto de entrar en coma diabético. Mientras estuvo detenido, no recibió la dosis de insulina que necesitaba, sufrió derrames cerebrales y en uno de los episodios se cayó y perdió un diente. Le han quedado secuelas neurológicas: la mano derecha le tiembla y, para subir un escalón, se levanta la pierna por detrás del muslo. “A veces tengo que cogerla por aquí y empujarla, porque no me reacciona”, dice en los bajos del edificio de apartamentos donde vive, en la Pequeña Habana de Miami. Esta semana, el presidente Donald Trump le dedicó un mensaje en Truth Social: “Bienvenido a casa, Justo Betancourt, cuya hija, Arianne, luchó muy duro para liberar a su padre de Alligator Alcatraz. ¡Disfruten juntos de su libertad!”.
“Parece una burla. Creo que más que nada es eso, como una burla”, dice Betancourt, y a la vez, que mencione a su hija le ha dado “muchas cosas que pensar”.
La publicación del presidente marca el cenit de la campaña pública que libró por meses Arianne Betancourt, de 33 años. Con ella, convirtió la detención de su padre en un símbolo de la resistencia contra la ofensiva migratoria de Donald Trump y se volvió la cara de las denuncias de violaciones a los derechos humanos en Alligator Alcatraz.
Los reflectores no son el hábitat natural de su padre. Justo Betancourt es de pocas palabras, canoso, de tez bronceada y mirada taciturna. Llegó a Miami en 1990 desde Matanzas, al oeste de Cuba, y durante años trabajó como carpintero haciendo gabinetes de cocina. En 2016 fue condenado a seis años de cárcel por conspiración para distribuir metanfetaminas, y estuvo en una prisión federal en Nebraska hasta 2020. Al salir, le dieron una orden de deportación y quedó sujeto a chequeos periódicos con el ICE. En uno de esos chequeos fue detenido en octubre, en la oficina del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Miramar, al norte de Miami.
La campaña por la liberación de su padre absorbió la vida de Arianne. Después de que acudió a una de las vigilias que se realizan cada domingo frente a Alligator Alcatraz, dejó su trabajo como guía turística en Miami y empezó a trabajar como voluntaria con la organización The Workers Circle, que organiza las vigilias. Ha ayudado a familias a contactar a sus seres queridos detenidos, denunciado públicamente los problemas de salud de su padre y las condiciones del centro en Chicago, Minneapolis, Washington, y en la audiencia de la exsecretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem ante el Congreso, y ahora está recopilando información de detenidos que no tienen representación legal, para enlazarlos con abogados pro bono.
“Vi que hacía falta alguien que representara a las familias como la mía, que hablara, que no tuviera miedo. Y cuando vi que nadie estaba haciéndolo, me sacrifiqué yo. No lo hice para que la gente me dijera que hice algo bueno, sino porque era lo que hacía falta hacer”, apunta. “La libertad tiene un precio, y quedarse callado es lo mismo que ser cómplice”.
Betancourt dice que la prisión federal donde estuvo en Nebraska era como “un hotel de cinco estrellas en comparación con Alligator Alcatraz”. En el centro de los Everglades, asegura, 32 personas comparten espacios de unos seis metros por seis, que describe como jaulas metálicas con tres inodoros de aluminio. “Son 32 personas, cada uno con diferentes pensamientos, en su mundo, en su desespero. Y la pregunta que nos hacemos todos: ¿por qué yo? ¿Qué hacemos aquí?”, cuenta.
Betancourt no intenta ocultar su pasado. “Yo cometí un error, pero eso es pasado. Y pagué por eso. Seguí la ley. Vivo tranquilo, no me meto con nadie, no ando con nadie. Recogí el consejo”, añade, encogiéndose de hombros.
Cuando llegó a Alligator Alcatraz, tuvo que ser ingresado en la clínica del centro por una crisis de azúcar, por la diabetes. Pasó varios días esposado a una cama y dependiendo de los guardias, incluso para ir al baño o tomar agua. Para cualquier movimiento, por breve que fuera, los detenidos son esposados de manos y pies, explica.
Cuando mejoró y fue trasladado con el resto de los detenidos, dejó de recibir la insulina que necesitaba. “Me dijeron: ‘No está en el sistema. Tiene que esperar tres días’. Pero pasaron 90 días”, recuerda. Su salud se deterioró. “Casi tuve un coma diabético. Me llevaron al hospital con un paro y un principio de derrame cerebral”. Permaneció tres días ingresado antes de ser devuelto al centro. “Me llevaron para atrás y a mi familia no le avisaron nada”, añade.
Meses después comenzó una cadena de traslados por distintos centros de detención. Primero fue enviado a Krome, al suroeste de Miami, y después a Texas, donde las autoridades intentaron deportarlo a México. En la frontera asegura haber visto cómo golpeaban a quienes se negaban a bajar del autobús. Las autoridades mexicanas rechazaron recibirlo debido a sus problemas de salud —cardiopatía y esquizofrenia, además de la diabetes— y lo devolvieron. Un segundo intento de deportarlo por Arizona tuvo el mismo resultado. Finalmente, fue enviado de vuelta a Alligator Alcatraz.
Betancourt fue liberado porque un juez federal le concedió una petición de habeas corpus, una herramienta legal raramente usada en casos de inmigración que se ha convertido en uno de los pocos recursos para los detenidos que cuestionan la legalidad de su encierro.
Al recordar esos meses de detención, asegura que en ningún otro lugar sufrió un trato comparable al de Alligator Alcatraz, que parece haber sido creado “para traumar a las personas, con falta de humanidad”, dice pensativo, mientras sigue con la mirada los gallos y gallinas que corretean por el jardín del edificio.
“A las cuatro de la mañana encienden la luz y no la apagan más hasta las doce de la noche. Sabes que son las cinco de la mañana porque es la hora del desayuno. Sabes que son las once porque es la hora del almuerzo, que son las cinco porque es la hora de la comida. De ahí para allá, no hay noción del tiempo”. La comida llegaba en cajas que permanecían durante horas al aire libre. A veces se descomponía antes de consumirla, cuenta.
Por encima del hambre y las condiciones estaba la incertidumbre de no saber qué pasaría con él. “Le pregunté a un guardia de migración qué iba a pasar conmigo y me dijo: ‘Aquí te vas a morir. De aquí tú sales en una caja o en una caja. De aquí caminando tú no sales. Por orden del presidente’”. Otro guardia le dijo: “¿Tú no veías las películas de los nazis?”, recuerda. “Te corrompen completamente, te quiebran”.
Dice que el trato degradante continuó hasta cuando le comunicaron que sería liberado. El guardia le dijo que tenía cinco minutos para recoger la cama y pararse en la puerta: “Si no, me quedaba. Y yo rápido, me tiré a recoger la sábana, porque estaba en una litera abajo, y cuando me viro, se había ido. A las cuatro horas me vino a buscar. Por maldad. Si él sabía que me tenía que recoger más tarde, ¿por qué me hizo pasar ese momento?”
Durante esos meses, dice que pensar en su familia era lo único que le daba fuerzas para seguir. “Cuando salí, imagínate, no lo podía creer. Estaba con Arianne, con mis hijos y con la mamá de ellos en el carro, y yo miraba para todos lados así, diciendo: ¿Será verdad esto, será verdad? Porque yo soñaba tanto ese momento, con darles un abrazo, y abría los ojos y veía el fondo de la litera de hierro, y decía: ¡ay!”.
Su hijo Eddy Oney Betancourt dice que le rompía el corazón escuchar a su padre por teléfono y percibir que intentaba mantener el ánimo. A veces pasaban semanas sin poder hablar y sabían que las llamadas podían traer buenas o malas noticias. Pasaron Navidad y el primer Día de Acción de Gracias sin él. Arianne cumplió años en febrero. Su hija dijo las primeras palabras. “Recé todos los días que estaba ahí adentro para poder verlo una vez más. Porque nunca sabes en los lugares esos qué va a pasar y oía las historias de gente que perdió familiares [bajo custodia de inmigración]”.
A Arianne el mensaje de Trump le pareció contraproducente. “Si él no hubiera creado estas políticas migratorias, yo no hubiera tenido que dejar todo lo que había logrado, la vida que había construido, para ponerme a pelear contra el Gobierno. Esto nunca tuvo que haber pasado”. Dice que no está segura de las intenciones de Trump detrás de su publicación, pero señala dos posibles escenarios: “No estaría haciendo lo que yo hago si fuera fácil de intimidar”. Así que si el presidente está tratando de usar su caso para hacer campaña electoral, asegura, “escogió a la familia cubanoamericana equivocada”: “porque no va a usar mi historia y el trabajo que he pasado para ayudarlo con el voto cubano”.
La Casa Blanca no respondió a una solicitud de comentario.
El domingo pasado, Arianne y Justo Betancourt volvieron a los Everglades para la vigilia dominical, y planean ir otra vez el domingo próximo. Arianne dice que lo que ha pasado “no puede quedar impune” y están pidiendo una investigación que considere el sitio una “escena del crimen”. “Alguien tiene que ser responsable. Tiene que haber justicia”.

