POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
PENSANDO EN LAS GLORIAS DE CUBA
Por Ramon Emilio Espinola
DEDICATORIA
Dedico este escrito a todos aquellos que todavía duermen plácidamente el sueño revolucionario de 1960, abrazados a las viejas consignas y soñando con el paraíso prometido, mientras la realidad les sirve, como desayuno, una buena dosis de escasez.
Yo tuve la suerte de despertar.
Ustedes, en cambio, llevan más de seis décadas durmiendo… y lo verdaderamente admirable es que, después de tantos años, todavía no se han dado cuenta de que aquello que creían un sueño terminó convirtiéndose en la pesadilla del hambre.
Yo desperté.
¿Y ustedes, cuándo piensan hacerlo?
Aunque, pensándolo bien, quizá sea difícil despertar con el estómago vacío: hasta para abrir los ojos hace falta un poco de energía.
¿Y cuándo despertarán mis compatriotas que aún siguen aferrados a las consignas de la década del 60? Despierten o la realidad de la historia los hará despertar.
Ramon Emilio Espinola
ABSTRACT
Este ensayo parte de una noticia aparentemente doméstica —la producción de huevos en Cuba— para penetrar en una realidad mucho más profunda: la distancia entre la propaganda política y la vida cotidiana de una población que enfrenta salarios insuficientes, inflación, escasez y dificultades para adquirir alimentos básicos. Con ironía y sarcasmo, se examina la paradoja de un sistema que proclama haber liberado al pueblo de la explotación capitalista, mientras sus trabajadores encuentran enormes dificultades para comprar aquello que ellos mismos producen.
El huevo, convertido aquí en símbolo de una economía que parece haber perdido hasta la capacidad de alimentar a sus propios productores, sirve como punto de partida para reflexionar sobre la Cuba anterior y posterior a 1959, sin idealizar el pasado ni absolver sus injusticias.
PRÓLOGO
Cuando la gallina pone el huevo… pero el pueblo no puede comprarlo
Hay ocasiones en que la historia no necesita grandes discursos, archivos secretos ni documentos diplomáticos para mostrarnos sus contradicciones.
A veces basta con una gallina.
Sí, una humilde gallina.
Porque la gallina cubana contemporánea parece haberse convertido, sin proponérselo, en una formidable economista política. Trabaja, produce, pone huevos y, aparentemente, cumple disciplinadamente con el proyecto revolucionario.
El problema comienza cuando llega la hora de repartir el resultado de semejante esfuerzo.
Entonces aparece la gran pregunta filosófica de nuestro tiempo cubano:
¿De qué sirve producir el huevo si el trabajador que lo recoge no puede comprarlo?
Y aquí comienza nuestra pequeña excursión por ese curioso territorio donde la propaganda política suele caminar por una acera y la realidad por la de enfrente.
El 25 de agosto de 2026 me encontraba leyendo el periódico oficial cubano Granma, órgano histórico de la propaganda del régimen. Allí apareció un reportaje dedicado a la producción de huevos y a las condiciones laborales de quienes trabajan en las granjas avícolas.
Lo que encontré me pareció tan revelador que decidí detenerme.
No porque Granma estuviera diciendo algo extraordinario.
Precisamente por el contrario.
Porque, a veces, la propaganda, cuando se le deja hablar suficientemente, termina confesando lo que pretendía ocultar.
I. LA GRANJA DE LOS MILAGROS
El artículo describe las condiciones de trabajo de quienes laboran en las granjas avícolas:
“Las condiciones de trabajo en una granja avícola requieren de una gran voluntad y esfuerzo, sobre todo por parte de las naveras.”
Y continúa describiendo el calor, las largas jornadas de pie, el trabajo caminando, el suministro de pienso, la recogida de huevos y hasta la persecución de alguna gallina que logra escaparse de la jaula.
Todo esto merece reconocimiento.
No hay duda.
Quien trabaja en una granja avícola realiza una labor necesaria y sacrificada. Sin trabajadores no hay huevos; sin huevos no hay tortillas; y sin tortillas, en determinadas circunstancias, hasta la revolución gastronómica puede entrar en crisis.
Pero entonces aparece la cifra.
El salario establecido para una navera o un navero es de 2,800 pesos cubanos mensuales.
Y aquí es donde la gallina deja de ser un simple animal de corral para convertirse en una especie de profesora de economía.
Porque hay que preguntarse:
¿Qué puede comprar un trabajador cubano con 2,800 pesos mensuales?
La respuesta, si queremos ser honestos, es bastante menos gloriosa que los discursos oficiales.
II. EL DRAMA DEL HUEVO
Según la propia referencia que encontré en la información consultada, el cambio utilizado como referencia en el mercado bancario oficial según el diario Granma rondaba los 638 pesos cubanos por dólar estadounidense.
Si tomamos esa cifra únicamente como ejercicio ilustrativo, los 2,800 pesos equivaldrían a poco más de cuatro dólares.
Cuatro dólares.
Después de trabajar todo un mes.
No después de una hora.
No después de una jornada.
Después de un mes.
Aquí aparece una de esas maravillosas contradicciones que solamente la política puede producir con absoluta naturalidad:
El trabajador pasa el mes entero cuidando gallinas, alimentándolas, recogiendo huevos y persiguiendo a las que escapan de la jaula.
Y después descubre que quizá no puede comprar los huevos que acaba de recoger.
¡Qué extraordinaria manera de cerrar el círculo productivo!
La gallina pone el huevo.
El trabajador recoge el huevo.
El Estado celebra el huevo.
El periódico escribe sobre el huevo.
Y el trabajador…
Mira el huevo.
Qué sistema más hermoso y gratificante
Que viva la Gloriosa Revolución
III. ¿Y ENTONCES, TAN MALO ES EL IMPERIALISMO?
Durante décadas se nos explicó que todos los males de Cuba podían encontrarse en un lugar bastante conveniente:
Washington.
El imperialismo estadounidense apareció convertido en explicación universal.
Si faltaba comida: bloqueo.
Si faltaba combustible: bloqueo.
Si faltaban medicinas: bloqueo.
Si faltaban piezas de repuesto: bloqueo.
Si faltaba productividad: bloqueo.
Si el gallo no cantaba a la hora prevista, probablemente también había alguna relación con el bloqueo.
Naturalmente, sería absurdo negar que las sanciones estadounidenses han tenido consecuencias económicas sobre Cuba.
Pero una cosa es reconocer el impacto de las sanciones y otra muy distinta convertirlas en una especie de explicación metafísica capaz de explicar absolutamente todos los fracasos de un sistema económico.
Porque llega un momento en que uno tiene derecho a preguntar:
¿Cuántas décadas necesita una revolución para producir suficientes huevos para alimentar a quienes producen los huevos?
Y la pregunta se vuelve todavía más incómoda cuando recordamos que el sistema cubano lleva más de seis décadas administrando la economía nacional.
Sesenta y tantos años son muchos años.
En ese tiempo un niño puede convertirse en abuelo.
Una ciudad puede cambiar completamente.
Un país puede industrializarse.
Una economía puede modernizarse.
Y, aparentemente, una gallina puede continuar esperando que llegue el socialismo que le permita alimentar al trabajador que la alimenta.
IV. LA MEMORIA INCÓMODA DE LA CUBA ANTERIOR A 1959
Aquí debemos caminar con cuidado.
Porque tampoco se trata de construir una Cuba anterior a 1959 como si hubiese sido un paraíso terrenal.
No lo fue.
La Cuba republicana padeció corrupción, desigualdad social, pobreza, inestabilidad política, gobiernos autoritarios y profundas diferencias entre ricos y pobres. Y, por qué no decirlo, entre blancos, negros y mulatos.
Y esa discriminación racial la terminó la Revolución. No y no. ¿Cuántos negros gobiernan la FAR?
Cuántos negros o mulatos conforman la cúpula del PCC o de la Asamblea del Poder Popular
¿Cuántos negros cubanos vertieron su sangre por la libertad de África?
¿Y sus comandantes, los que mandaban, eran blancos o negros?
Busquemos las estadísticas que históricamente están ahí
No debemos borrar esas realidades.
Pero tampoco debemos caer en el pecado histórico contrario: convertir toda la Cuba anterior a 1959 en un infierno para justificar todo lo que vino después.
La historia no funciona así.
La historia no es una película en blanco y negro donde antes todo era malo y después todo fue bueno.
Ni lo presente es totalmente malo porque no es verdad.
La realidad es mucho más incómoda.
Antes de 1959 había cubanos pobres.
Había campesinos necesitados.
Había corrupción.
Había enormes desigualdades.
Pero también existía una economía privada mucho más dinámica, una producción agropecuaria considerable y un mercado donde determinados productos podían encontrarse con mayor facilidad que en la Cuba contemporánea.
Y aquí surge una paradoja que merece ser examinada sin pasiones:
¿Cómo puede ser que una revolución que prometió acabar con la pobreza haya terminado haciendo de productos tan elementales como el huevo, la leche, el pan y otros alimentos básicos objetos de preocupación cotidiana?
V. LA REVOLUCIÓN QUE PROMETIÓ EL PARAÍSO
La Revolución Cubana nació acompañada de una promesa gigantesca.
No simplemente cambiar un gobierno.
No simplemente sustituir a una clase política.
La promesa era mucho mayor:
Crear una sociedad nueva.
Una sociedad más justa.
Más igualitaria.
Más humana.
Con un hombre nuevo.
Una sociedad donde nadie fuera explotado.
Donde el trabajador fuera dueño de su destino.
Donde la educación y la salud fueran derechos.
Donde la dignidad humana estuviera por encima del dinero.
Esas aspiraciones, tomadas en abstracto, son difíciles de rechazar.
El problema no estaba necesariamente en la promesa.
El problema estaba en cómo se intentó construirla y cuáles fueron sus resultados concretos.
Porque las sociedades no se alimentan de consignas.
Se alimentan de producción.
Los países no sobreviven con discursos.
Necesitan agricultura, industria, comercio, inversión, productividad, infraestructura, tecnología y trabajadores adecuadamente remunerados.
Y hay una ley económica que ningún comité político puede derogar:
Si una sociedad no produce suficientemente, no puede repartir suficientemente.
La pobreza distribuida equitativamente sigue siendo pobreza.
VI. EL SOCIALISMO Y EL EXTRAÑO CASO DEL TRABAJADOR POBRE
Aquí aparece una de las ironías más profundas.
Durante décadas se proclamó que el capitalismo explotaba al trabajador.
Pero imaginemos ahora al trabajador de una granja cubana.
Se levanta temprano.
Va a trabajar.
Soporta el calor.
Alimenta las gallinas.
Recoge los huevos.
Cumple su jornada.
Recibe su salario.
Y luego descubre que su remuneración no le permite satisfacer adecuadamente sus necesidades básicas.
Entonces uno vuelve a preguntar:
¿Quién está explotando a quién?
La pregunta puede ser incómoda.
Pero precisamente por eso vale la pena hacerla.
Porque una sociedad no puede medir la justicia de su sistema económico solamente por el nombre que les coloca a las empresas o por los discursos pronunciados desde las tribunas.
Hay que mirar el plato de comida.
Hay que mirar el mercado.
Hay que mirar el salario.
Hay que mirar la vivienda.
Hay que mirar la capacidad adquisitiva.
Y, sobre todo, hay que preguntarle al trabajador:
¿Puedes vivir dignamente con lo que ganas?
Esa respuesta vale más que cien discursos.
VII. EL GRAN ENIGMA DE LAS COLAS
Una de las imágenes más características de la Cuba contemporánea ha sido la cola.
Colas para comprar alimentos.
Colas para combustible.
Colas para determinados medicamentos.
Colas para servicios.
Colas para casi todo.
Lamentablemente, las únicas colas que se han terminado son las de las culoncitas de Centro Habana porque ahora no hay casi turistas.
Y aquí aparece otra paradoja histórica.
La revolución pretendía liberar al ser humano de las miserias del capitalismo.
Sin embargo, terminó creando una sociedad donde el tiempo del ciudadano se convirtió en una especie de moneda paralela.
El ciudadano ya no solamente paga con dinero.
También paga con horas.
Horas haciendo cola.
Horas esperando.
Horas buscando.
Horas tratando de conseguir aquello que debería formar parte de una economía normal.
Y uno comienza a sospechar que la famosa sociedad nueva inventó una nueva forma de riqueza:
La paciencia de los ciudadanos.
VIII. LA PROPAGANDA Y EL ARTE DE CONTAR LAS COSAS
El problema no consiste únicamente en lo que dice Granma.
También consiste en lo que Granma no dice.
Un reportaje puede hablar de un incremento salarial.
Puede hablar de nuevas formas de producción.
Puede hablar de esfuerzo.
Puede hablar de compromiso.
Puede hablar de productividad.
Pero hay una pregunta que debería acompañar cada uno de esos reportajes:
¿Cuánto puede comprar realmente ese salario?
Porque un salario no debe medirse solamente por su número.
Debe medirse por su poder adquisitivo.
Decir que alguien gana 2,800 pesos puede parecer una cifra.
Pero decir qué puede comprar con esos 2,800 pesos nos acerca a la realidad.
Y aquí está la diferencia entre la propaganda y la economía:
La propaganda cuenta pesos; la realidad cuenta alimentos.
IX. LA GALLINA COMO TESTIGO DE LA HISTORIA
Quizá por eso he terminado pensando que la humilde gallina merece un monumento en la historia económica cubana.
Ha visto pasar presidentes.
Ha visto revoluciones.
Ha visto discursos.
Ha visto consignas.
Ha visto reformas.
Ha visto períodos especiales.
Ha visto dólares.
Ha visto pesos convertibles.
Ha visto pesos cubanos.
Y seguramente, si pudiera hablar, preguntaría:
—¿Y al final quién va a pagar el pienso?
Porque las gallinas, a diferencia de algunos economistas políticos, tienen una costumbre bastante saludable:
Comen todos los días.
Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que la naturaleza puede ofrecerle a la política.
La ideología puede esperar.
El estómago no.
X. NI PARAÍSO CAPITALISTA NI INFIERNO SOCIALISTA
No pretendo presentar aquí una defensa romántica del pasado cubano.
Eso sería tan poco serio como creer que todo lo ocurrido después de 1959 fue necesariamente positivo.
La historia merece algo mejor.
Merece comparación.
Merece documentos.
Merece estadísticas.
Merece memoria.
Y merece, sobre todo, que dejemos de tratarla como propiedad exclusiva de los gobiernos.
Cuba no pertenece a Batista.
No pertenece a Fidel Castro.
No pertenece a ningún partido.
No pertenece a ningún gobierno.
Cuba pertenece a los cubanos.
A los que viven en la isla.
A los que tuvieron que marcharse.
A los que murieron.
A los que todavía esperan.
A los que recuerdan.
Y también a las nuevas generaciones que tienen derecho a conocer las luces y las sombras de su propia historia. A los niños que piden una galletica y no la pueden tener y también a los ancianos que necesitan tomar leche y no la consiguen.
CONCLUSIÓN
Cuando el huevo se convierte en una cuestión política
El pequeño reportaje sobre una granja avícola puede parecer insignificante.
No lo es.
Detrás de esos 2,800 pesos hay una historia mucho más grande.
Esta es la historia de un modelo económico.
Esta es la historia de una revolución.
Esta es la historia de una promesa.
Está la historia de varias generaciones.
Y está la historia de un pueblo que, después de más de seis décadas, continúa enfrentando enormes dificultades para satisfacer necesidades elementales.
La pregunta no debería ser solamente si el bloqueo estadounidense ha perjudicado a Cuba.
Por supuesto que ha tenido consecuencias.
La pregunta más profunda es otra:
¿Qué responsabilidad corresponde al propio sistema cubano por sus resultados?
Porque un gobierno que pretende administrar una economía durante décadas no puede atribuir eternamente sus fracasos a las circunstancias externas.
Llegará inevitablemente el momento de hacer cuentas.
Y las cuentas no se hacen con consignas.
Se hacen con producción.
Con salarios.
Con alimentos.
Con vivienda.
Con hospitales funcionando.
Con infraestructura.
Con oportunidades.
Con libertad económica.
Con derechos.
Y con la posibilidad de que un trabajador pueda comprar aquello que produce.
Quizá ese sea el verdadero indicador de una sociedad justa.
No que el periódico diga que la producción aumentó.
Sino que el trabajador pueda vivir dignamente gracias a su trabajo.
Porque de nada sirve producir millones de huevos si quienes los recogen tienen que mirar desde lejos el desayuno de los privilegiados.
Y aquí aparece la ironía final:
La revolución prometió que el hombre dejaría de ser explotado por el hombre.
Pero después de tantos años, habría que preguntarle al trabajador de la granja:
¿Y quién explota hoy a la gallina… y quién explota al gallinero?
EPÍLOGO
La historia también se puede leer en un plato vacío
Hay momentos en que un país entero puede resumirse en una imagen.
Cuba puede resumirse, para este pequeño ejercicio de reflexión, en una trabajadora frente a una montaña de huevos que ella misma ha recogido.
Los huevos están allí.
Son reales.
Ella los produjo.
Pero quizá no pueda comprarlos.
Entonces comprendemos que el problema ya no es solamente económico.
Es filosófico.
Es político.
Es humano.
Porque cuando una sociedad llega al punto en que quien produce un alimento básico no puede adquirirlo con su salario, algo más profundo que el precio del alimento está fallando.
Y entonces conviene hacerse una pregunta que no debería pertenecer ni a la izquierda ni a la derecha:
¿Para quién debe funcionar una economía?
Si no funciona para el trabajador, ¿para quién funciona?
Si no consigue alimentar a sus productores, ¿qué clase de éxito estamos celebrando?
Y si para explicar esa realidad necesitamos recurrir eternamente a enemigos externos, quizá debamos tener el valor de mirar también hacia adentro.
La historia enseña que ningún sistema político es eterno.
Los imperios desaparecen.
Las dictaduras terminan.
Los partidos envejecen.
Los líderes mueren.
Las consignas se borran.
Pero los pueblos permanecen.
Y cuando llegue el día en que los cubanos puedan mirar su pasado sin miedo, quizá descubran que la verdadera grandeza de Cuba no estaba en una consigna, ni en un partido, ni en un caudillo.
Estaba —y continúa estando— en su pueblo.
Un pueblo que merece algo tan elemental como poder trabajar, cobrar un salario digno y sentarse a la mesa sin tener que preguntarse si habrá comida.
Porque, al final, toda ideología puede intentar explicar el mundo.
Pero hay una verdad que ninguna ideología ha conseguido derrotar:
El ser humano tiene que comer.
Y hasta las gallinas parecen saberlo.
Ramon Emilio Espinola


