Un joven blanco apuñalado mortalmente por otro de origen indio y religión sij, en la ciudad portuaria de Southampton, escenario habitual de tensiones raciales. Una daga de 21 centímetros para perpetrar el crimen, el kirpan, que las leyes criminales del Reino Unido contemplan como excepción por el simbolismo religioso que acarrea, y permiten que pueda llevarse encima siempre que permanezca envainada. Un agresor que miente, según se ha probado en el juicio, y que acusa en falso a la víctima de comportamiento racista para justificar sus puñaladas. Unos agentes de policía que cometen la torpeza de esposar a la víctima mientras agoniza en el suelo, incapaz de respirar. Una comunidad dispuesta a saltar a la menor chispa de odio intercultural. Y una extrema derecha que se frota las manos ante el episodio.
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