Hablemos de Santiago Matías, «Alofoke», el hombre que convirtió el chisme de patio, el bajo mundo y las tiraderas de la música urbana en un emporio multimillonario. Ahora, con la mirada puesta en la política y su plataforma «Hablamos en el 28» (el movimiento con el que coquetea de cara a las próximas elecciones presidenciales), el panorama se pone verdaderamente picante.
La narrativa oficial de Alofoke es el clásico «sueño dominicano»: el muchacho pobre de Capotillo, corista de Vakeró, que a punta de código e informática hackeó el sistema de la comunicación tradicional.
¿Dónde está la picardía? En que Santiago descubrió que el morbo es la moneda más valiosa del mercado. Su éxito no radica en educar, sino en amplificar el conflicto. Él no creó la fauna urbana; la domesticó para que facturara para él. El «imperio» Alofoke Media Group se sostiene sobre una base genial pero peligrosa: el canibalismo digital. Sentar a dos enemigos a matarse frente a un micrófono, cobrar los views, y luego aparecer como el mediador «iluminado». Es un titiritero que sabe exactamente qué hilo jalar para que la opinión pública baile.
La «Presidencia» de los Millones de Views: ¿Delirio o Realidad? Hace unos años parecía un chiste de mal gusto cuando coqueteó con una diputación y se retiró alegando que la política era «sucia». Pero el ego de Santiago no cabe en una cabina de radio. Con su proyecto de «Hablamos en el 28», el runrún de sus pretensiones presidenciales o de su rol como el gran «Gran Elector» de la juventud ha tomado fuerza.
El discurso Bukelista/Trumpista: Él mismo se define como un tipo «muy conservador, de derecha y pro-vida» (pese a que sus plataformas destilan todo lo contrario). Sabe que el discurso de «mano dura» y nacionalismo vende en la República Dominicana de hoy.
La victimización como estrategia: Recientemente ha encendido las alarmas denunciando «persecución del gobierno» y supuestos planes para asesinarlo por no doblegarse ante el poder político. Para un estratega del algoritmo, no hay nada mejor que el traje de mártir. Si el gobierno te ataca, te conviertes automáticamente en el héroe del pueblo.
El complejo de «Mesías»: En sus arranques de megalomanía en vivo, ha llegado a decir que los políticos tienen un poder «pasajero y pendejo», mientras que el suyo es «eterno». Ese es el verdadero morbo: ¿puede un hombre que controla el entretenimiento de la masa manipular los votos de esa misma masa?
¿Candidato Real o el Mayor «Bait» de la Historia? Aquí es donde entra la suspicacia pura y dura. Santiago Matías es, ante todo, un empresario. Él sabe perfectamente que meterse a la política partidista formal es perder libertad, someterse al escrutinio de la Cámara de Cuentas y arriesgar el negocio.
Por eso, el verdadero juego de Alofoke no es necesariamente ponerse la banda presidencial (aunque su ego salive con la idea). El verdadero negocio es inclinar la balanza. En un escenario donde los partidos tradicionales están desesperados por el voto joven que no ve televisión ni lee periódicos, Santiago es el dueño del peaje. Los políticos tradicionales tienen que ir a su cabina a «humillarse», a comer pica-pollo mediático, y a ganarse la bendición de «La Cabra».
Se rumora tras bambalinas que sus movimientos buscan cotizarse al mejor postor: armar un bloque independiente, medir fuerza en las encuestas, y luego negociar una jugosa cuota de poder o apoyo con figuras de peso en los principales partidos políticos.
En TeclaLibre creemos que Santiago Matías no quiere ser presidente para arreglar el país; quiere que lo midan para demostrarle a la élite oligárquica e intelectual que el «muchachito de Capotillo» tiene más poder de convocatoria en un Live de YouTube que todos ellos juntos en un mitin político. Al final, todo es parte del mismo show, y nosotros somos los espectadores que pagamos con nuestra atención.
¿Cómo los políticos tradicionales se han tenido que doblegar ante su cabina?
Eso es, precisamente, lo más jugoso y lo que más morbo genera en este circo mediático: ver a los «viejos robles» de la política, esos que se formaron en la retórica de Peña Gómez, Bosch o Balaguer, bajando la cabeza y entrando al «Edificio Rojo» con una mezcla de pánico y sumisión.
La cabina de Alofoke se ha convertido en el Vaticano de la política moderna dominicana; si no vas a que «La Cabra» te bautice, simplemente no existes para el electorado menor de 35 años.
Aquí es donde la suspicacia de TeclaLibre ve el verdadero fenómeno de doblegación:
Antes, los políticos cuidaban las formas. Iban a programas de televisión con periodistas de saco y corbata que les hacían preguntas estructuradas sobre el PIB o la deuda externa. Hoy, para conectar con la masa, un candidato presidencial tiene que sentarse en una silla giratoria, aguantar que le pregunten si ha fumado marihuana, qué opina de la última tiradera de Arcángel, o si prefiere a las mujeres con o sin cirugías.
Hemos visto a ministros, senadores y candidatos punteros reírse de chistes de doble sentido y adoptar un lenguaje barriobajero solo para caer bien. Es la humillación del saco y la corbata ante la gorra plana y los tenis de diseñador. Se doblegan porque saben que un minuto de silencio incómodo en Alofoke destruye una campaña de millones de pesos.
Históricamente, los políticos dominicanos buscaban la bendición de la Iglesia Católica o de los grandes empresarios de Santiago y el Distrito Nacional. Ahora, la peregrinación es hacia la cabina de Matías.
Políticos de gran talla, e incluso figuras del actual gobierno, han tenido que pasar por ese micrófono. No van a presentar sus propuestas de gobierno; van a «humanizarse», que es el eufemismo moderno para decir que van a demostrar que no son tan estirados. El morbo radica en que Santiago lo sabe y lo disfruta: los recibe con una sonrisa socarrona, sabiendo que esos mismos políticos que antes lo miraban por encima del hombro como un «engendro de las plataformas», hoy necesitan sus views para reelegirse o alcanzar el poder.
El colmo de la doblegación es que el debate político formal ya no se genera en el Congreso ni en las ruedas de prensa del Palacio. Un chisme mal contado en el programa de la tarde, o una declaración destemplada de cualquier exponente urbano en la cabina de Alofoke, obliga a voceros presidenciales, directores de la Policía y ministros a emitir comunicados oficiales a medianoche. La política dominicana hoy es reactiva a lo que pasa en esa plataforma.
En conclusión, desde la óptica de TeclaLibre: Los políticos tradicionales no van a la cabina de Alofoke por gusto; van por pura y física supervivencia. Han tenido que aceptar las reglas de un juego que no entienden, entregándole las llaves de la opinión pública a un hombre que no responde a ideologías, sino al todopoderoso algoritmo del morbo y la monetización.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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