POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
Segunda Parte
LA BARRANQUITA: DONDE EL PATRIOTISMO SE VISTIÓ DE CORAJE

El día en que ochenta dominicanos desafiaron a un imperio
Por Ramon Emilio Espinola
«Los pueblos que olvidan a sus héroes terminan admirando a sus verdugos.»
La otra historia de la ocupación
Los libros de historia suelen decir que la ocupación norteamericana de 1916 obedeció a la necesidad de restablecer el orden político y garantizar el pago de la deuda externa de la República Dominicana. Es una explicación elegante, diplomática y hasta académicamente aceptable.
Sin embargo, detrás de aquella retórica se escondía una realidad más sencilla: las grandes potencias nunca han sido indiferentes ante las debilidades de las pequeñas naciones.
La República Dominicana atravesaba una de las peores crisis de su vida republicana.
Las luchas entre caudillos habían convertido al Estado en un edificio sin cimientos. Los cambios de gobierno eran tan frecuentes que los dominicanos apenas tenían tiempo de aprender el nombre de un presidente antes de que llegara otro.
Desde Washington se observaba aquel espectáculo con el mismo interés con que un banquero examina las cuentas de un deudor insolvente.
El Caribe se había convertido en un lago estratégico para los Estados Unidos. La construcción del Canal de Panamá había transformado la región en una pieza esencial de su seguridad y de su comercio internacional.
Por consiguiente, cualquier inestabilidad política en las Antillas era considerada una amenaza a los intereses norteamericanos.
La soberanía de las pequeñas repúblicas del Caribe quedaba entonces subordinada a las conveniencias geopolíticas de las grandes potencias.
Era la diplomacia del cañón envuelta en el papel de regalo de la civilización.
La resistencia del Noroeste
Mientras las tropas de ocupación avanzaban desde las costas, en la Línea Noroeste ocurría algo extraordinario.
No había dinero.
No había un gobierno fuerte.
No existía un ejército moderno.
No había artillería.
Ni siquiera existía la esperanza racional de una victoria militar.
Pero sí había patriotismo y coraje para luchar.
Y el patriotismo, cuando nace de las entrañas de un pueblo, suele ser una fuerza impredecible.
El general Carlos Daniel y sus compañeros comprendieron que estaban ante una encrucijada histórica. Podían aceptar la ocupación y regresar tranquilamente a sus hogares o podían levantar las armas para defender el honor nacional.
Escogieron el camino más difícil.
Y, como suele ocurrir en la historia, también escogieron el camino de la inmortalidad.
Ochenta contra ochocientos
La desproporción de fuerzas parecía una broma cruel del destino.
De un lado, cerca de ochenta dominicanos armados con escasos recursos con poca ropa y casi sin armas, solo con el amor a la patria en el pecho.
Del otro, más de ochocientos marines perfectamente entrenados, equipados con ametralladoras, artillería, vehículos, hospitales de campaña y abundantes provisiones.
Las probabilidades de triunfo eran prácticamente inexistentes.
Pero la historia de la República Dominicana nunca ha sido escrita por los cálculos de las probabilidades.
Fue escrita por hombres que se negaron a rendirse.
Así ocurrió en la Independencia Nacional de 1844.
Así ocurrió en la Guerra de la Restauración.
Y así volvió a ocurrir en La Barranquita.
Los patriotas combatieron con una valentía que sorprendió incluso a las propias fuerzas invasoras.
Por momentos lograron detener el avance enemigo y obligaron a las tropas norteamericanas a reorganizarse.
La resistencia fue feroz.
La dignidad de aquellos hombres era mucho más grande que el cerro donde combatían.
Eran los herederos de Duarte
En aquellos combatientes vivía el pensamiento de Juan Pablo Duarte.
No luchaban únicamente por un territorio.
Luchaban por un principio.
La nación dominicana había sido concebida para ser libre e independiente de toda dominación extranjera.
Cada disparo efectuado en La Barranquita era, en esencia, una reafirmación del juramento de Duarte.
Aquellos hombres demostraron que la patria no es una abstracción ni una palabra para los discursos oficiales.
La patria es un compromiso.
Es un deber.
Es un acto de responsabilidad con las generaciones futuras.
El olvido: la segunda derrota de los héroes
Resulta paradójico que uno de los episodios más gloriosos de nuestra historia sea también uno de los menos conocidos.
La Barranquita no ocupa el lugar que merece en la memoria nacional.
No se le estudia con suficiente profundidad.
No se le exalta con la solemnidad que merece.
Y, para colmo de ironías, muchos dominicanos pueden mencionar con precisión los nombres de emperadores romanos, de futbolistas europeos o de actores de cine, pero desconocen quiénes fueron los hombres que defendieron la soberanía nacional en julio de 1916.
La juventud de hoy conoce los nombres de los llamados artistas urbanos y no conoce a los héroes que le dieron la patria que tiene.
El olvido histórico es una forma de ingratitud.
Y la ingratitud de los pueblos suele ser la antesala de su decadencia moral.
La gran lección de La Barranquita
La Barranquita dejó una enseñanza inmortal.
Las naciones no se defienden únicamente con armas.
Se defienden con conciencia histórica.
Con educación.
Con memoria.
Con valores.
Con ciudadanos capaces de anteponer el interés colectivo a las conveniencias personales.
Aquellos ochenta patriotas perdieron la batalla militar, pero conquistaron una victoria mucho más importante: demostraron que el espíritu de la nación dominicana no podía ser sometido.
Las tropas extranjeras ocuparon el territorio.
Pero jamás pudieron ocupar el alma de la República.
Epílogo
Más de un siglo después, el cerro de La Barranquita continúa hablándonos.
Nos pregunta si somos dignos herederos de aquellos hombres.
Nos pregunta si todavía somos capaces de defender la soberanía, la dignidad y el honor nacional.
Y, sobre todo, nos recuerda una verdad que parece escrita en las piedras de aquel histórico lugar:
Los pueblos no se hacen grandes por la extensión de su territorio ni por la riqueza de sus recursos.
Se hacen grandes por la memoria que conservan de sus héroes.
Por eso, mientras exista un dominicano dispuesto a pronunciar con respeto el nombre de La Barranquita, aquellos ochenta patriotas seguirán de pie, vigilando silenciosamente el destino de la República Dominicana.
(Nota) Fin de la segunda parte


