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El voto del hastío y la democracia de las emociones

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El voto del hastío y la democracia de las emociones

Por Felix Jimenez de Lora

Hay ideas que uno preferiría no pensar en voz alta, no porque sean falsas, sino porque en estos tiempos decir ciertas cosas parece más grave que callarlas. Vivimos en una sociedad donde muchas palabras deben pasar primero por el tribunal de la sensibilidad antes de tener derecho a entrar en la conversación pública. Ya no basta preguntarse si algo es cierto, razonable o digno de análisis. Ahora hay que preguntarse a quién puede molestar. Y como siempre habrá alguien dispuesto a sentirse ofendido, el pensamiento termina caminando en puntillas.

Pero la política no puede analizarse en puntillas. Menos todavía cuando empiezan a producirse resultados electorales que revelan no solo cambios de nombres, sino síntomas más profundos de una sociedad cansada, fragmentada y emocionalmente manipulable.

Lo ocurrido en algunos procesos recientes en Nueva York, incluyendo la elección en el Distrito 13, invita a una reflexión incómoda. No se trata únicamente de quién ganó o quién perdió. Tampoco se trata de reducirlo todo al origen étnico de los candidatos, a sus apellidos, a sus comunidades o a sus credenciales de identidad. Eso sería demasiado fácil. Lo verdaderamente importante es preguntarse qué tipo de elector está produciendo la democracia contemporánea y qué clase de decisiones colectivas nacen de una sociedad que vota más con el cansancio que con la razón.

Nueva York es un laboratorio perfecto para este análisis. Es una ciudad de enorme diversidad étnica, cultural, religiosa e ideológica. Allí conviven mundos distintos en pocas cuadras. Esa diversidad, que tantos celebran como virtud absoluta, tiene sin duda aspectos enriquecedores. Pero también produce una normalización de la fragmentación. Lo que en una sociedad más homogénea podría parecer una ruptura profunda, allí puede ser visto simplemente como otra expresión más del mosaico urbano.

El problema es que no todo mosaico forma una imagen coherente. A veces es solo un conjunto de piezas sueltas.

En una ciudad acostumbrada a la diversidad, casi nada sorprende. El electorado se ha habituado a convivir con discursos, identidades y causas muy distintas. Eso puede abrir espacios de tolerancia, pero también puede diluir la capacidad de distinguir entre una propuesta seria y una consigna bien empaquetada. Cuando todo cabe bajo el paraguas de la diversidad, incluso las ideas más discutibles pueden entrar por la puerta grande si vienen envueltas en el lenguaje correcto.

A esto se suma un fenómeno todavía más preocupante: una gran parte del electorado no vota realmente por plataformas. Vota por emociones. Vota por simpatía, por rabia, por cansancio, por imagen, por resentimiento, por moda, por identidad o por rechazo al que ya está. Las plataformas ideológicas, los programas de gobierno y las consecuencias prácticas de ciertas políticas suelen quedar en segundo plano. El ciudadano moderno tiene acceso a más información que nunca, pero eso no significa que esté mejor informado. Muchas veces solo está más expuesto a propaganda.

Por eso las campañas cuestan cada vez más. No porque haya que educar mejor al votante, sino porque hay que impresionarlo más. La política se ha convertido en una competencia de percepciones. Se vende un candidato como se vende un producto. Se diseña una imagen, se repite una frase, se crea una emoción, se identifica un enemigo y se promete un amanecer. Lo demás es secundario.

En ese mercado de emociones, el dinero pesa enormemente. Quien no tiene recursos, maquinaria, redes de influencia o una narrativa emocionalmente poderosa entra a la contienda con una desventaja casi insuperable. La democracia dice que todos pueden competir, pero la realidad demuestra que no todos pueden hacerse oír. Y cuando solo se escucha a quienes tienen suficiente fuerza para inundar el espacio público, el elector termina eligiendo entre imágenes fabricadas, no entre ideas comprendidas.

El otro ingrediente explosivo es el hastío. El votante cansado es comprensible, pero peligroso. Comprensible, porque muchas veces tiene razones reales para estar harto: servicios deficientes, inseguridad, costos de vida, promesas incumplidas, políticos eternizados y discursos vacíos. Pero peligroso, porque el cansancio no siempre produce buen juicio. A veces produce un simple deseo de castigo.

Y ahí comienza el problema.

El voto de castigo puede sacar a un incumbente, pero no necesariamente produce una mejor alternativa. Puede derrotar a quien decepcionó, pero también puede llevar al poder a quien simplemente supo aprovechar la decepción. La gente vota contra lo que conoce sin preguntarse demasiado por lo que viene. Vota para sacar, no para construir. Vota para expresar hartazgo, no para resolver el problema que originó ese hartazgo.

Ese tipo de voto es emocionalmente satisfactorio, pero políticamente riesgoso. Da la sensación de haber hecho algo, aunque no siempre se sepa exactamente qué se hizo. Se castiga al presente, pero se firma un cheque en blanco al futuro.

En un ambiente de gran diversidad, propaganda intensa y cansancio ciudadano, el resultado puede ser una combinación delicada: electores que ya no soportan lo viejo, pero que tampoco entienden bien lo nuevo; comunidades que votan desde identidades parciales; campañas que venden esperanza sin explicar costos; y candidatos que convierten el malestar en capital político.

El peligro no está en que una minoría participe. Ese no es el punto. En una democracia, toda minoría tiene derecho a organizarse, proponer, competir y ganar si convence a suficientes votantes. El peligro está en que una minoría ideológicamente motivada, disciplinada y bien organizada pueda imponerse sobre una mayoría dispersa, cansada y poco informada. No porque esa mayoría esté de acuerdo con todo lo que se le propone, sino porque ni siquiera se detuvo a entenderlo.

Eso es lo verdaderamente inquietante: no que gane una ideología determinada, sino que gane sin haber sido realmente examinada.

La política actual se beneficia de la superficialidad. Mientras menos lea el votante, más poderoso es el eslogan. Mientras menos entienda, más eficaz es la emoción. Mientras más cansado esté, más fácil resulta ofrecerle una salida simple. Y mientras más miedo tenga la sociedad de discutir ciertos temas por temor a ofender, más terreno ganan quienes saben manipular el lenguaje de la sensibilidad.

Así se crean paradojas absurdas. Una sociedad que ha sufrido las consecuencias de ciertas políticas puede terminar votando por versiones más radicales de esas mismas ideas. Un electorado cansado de la ineficiencia puede escoger propuestas que aumentan la complejidad. Ciudadanos preocupados por el deterioro de su entorno pueden entregar el poder a quienes ofrecen explicaciones atractivas, pero soluciones poco realistas. Todo en nombre del cambio.

Pero el cambio no es una virtud por sí mismo. Cambiar de rumbo puede salvar un barco, pero también puede estrellarlo si nadie sabe leer el mapa. La pregunta no es si la gente tiene derecho a cansarse. Claro que lo tiene. La pregunta es si el cansancio debe ser suficiente para decidir el destino colectivo.

El voto democrático tiene una dimensión moral que se suele olvidar. Votar no es simplemente descargar una molestia personal. Es participar en una decisión que afectará a otros. Por eso votar sin estudiar, sin comparar, sin entender consecuencias, es también una forma de irresponsabilidad cívica. Muy respetable en términos legales, pero no necesariamente admirable en términos ciudadanos.

Tal vez esa sea una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: hemos sacralizado el derecho al voto, pero hemos descuidado el deber de pensar antes de ejercerlo. Celebramos la participación, pero rara vez preguntamos por la calidad de esa participación. Nos basta con que la gente vote, aunque vote arrastrada por una campaña emocional, por una identidad tribal o por un enojo legítimo pero mal dirigido.

Y cuando alguien se atreve a decirlo, se le acusa de elitista, intolerante o antidemocrático. Pero no hay nada más democrático que exigirle seriedad al elector. La democracia no se fortalece fingiendo que todas las decisiones populares son sabias. Se fortalece cuando el ciudadano entiende que su voto no es solo un derecho, sino una responsabilidad.

Por eso algunas elecciones recientes deben leerse con cuidado. No como anécdotas locales, ni como simples victorias de nuevos rostros sobre viejas figuras, sino como señales de una democracia cada vez más emocional, más fragmentada y más vulnerable al hechizo de las promesas fáciles.

Quizá lo que estamos viendo no sea una revolución consciente, sino una rebelión del cansancio. Y el cansancio, cuando no piensa, puede terminar abriéndole la puerta a aquello que mañana lamentará.

La pregunta final no es si el pueblo puede equivocarse. Por supuesto que puede. Todos podemos. La pregunta es cuánto está dispuesta a pagar una sociedad por el lujo de votar sin entender, de castigar sin prever y de cambiar sin saber hacia dónde.

Porque una cosa es echar al capitán cuando el barco hace agua. Otra muy distinta es entregar el timón al primero que grite desde la cubierta que conoce el camino.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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