EL ASCENSO DEL «TIGRE»
Detrás de un cristal blindado y envuelto en el aura de la opulencia, un abogado de élite ha quebrado el tablero político colombiano. Abelardo de la Espriella, apodado «El Tigre», capitalizó el desgaste del gobierno de Gustavo Petro para alzarse como presidente electo. A sus 47 años, el polémico litigante —que construyó su fortuna y fama defendiendo a paramilitares, capos del narcotráfico y políticos bajo sospecha— logró canalizar el voto castigo frente a una izquierda en horas bajas.
En un balotaje de infarto, De la Espriella derrotó al izquierdista Iván Cepeda mediante una campaña de manual populista: retórica antisistema, ultranacionalismo y un discurso feroz contra la partidocracia tradicional. Con el aval explícito de Donald Trump y la mirada puesta en los modelos de Javier Milei y Nayib Bukele, el mandatario electo promete pasar de la «dolce vita» en Florencia a gobernar con «mano de hierro» un país sumido en un repunte de la violencia. Su agenda ya está marcada: propone una reducción del 40% del Estado, la construcción de mega-cárceles subterráneas, la liquidación de la justicia transicional derivada del Acuerdo de Paz de 2016 y una alianza militar directa con Estados Unidos e Israel para combatir el narcotráfico.
El fenómeno de Abelardo de la Espriella ilustra la perfecta mutación de un actor del sistema judicial y el jet-set en un catalizador político de extrema derecha. Su éxito radica en tres ejes fundamentales:
A diferencia del populismo tradicional que suele apelar a la austeridad o al origen humilde, De la Espriella explota la estética de la riqueza sin complejos. Sus trajes a medida, aviones privados y marcas de lujo no jugaron en su contra; al contrario, operaron como una garantía de su promesa central: «Yo no soy un mercader de ilusiones, soy un empresario de realidades». En un contexto de estancamiento económico, el electorado suele ver en el magnate a alguien que «ya sabe hacer dinero» y que, por ende, puede replicar ese éxito a escala estatal.
El sincretismo de referentes (El «Combo» Ultraderechista). El discurso y la puesta en escena de De la Espriella son un collage de las estrategias más exitosas de la derecha global:
De Nayib Bukele: Adopta la retórica punitiva, la promesa de megacárceles y la deshumanización del delincuente («pan y agua», «bandido que no se someta será dado de baja»).
De Javier Milei: Toma la promesa de la motosierra institucional (reducir el Estado un 40%) y la idea de gestionar el sector público con la lógica de una corporación privada.
De Jair Bolsonaro y Donald Trump: Copia el uso de símbolos patrios (la camiseta de la selección), el mesianismo de corte «judeocristiano» y la confrontación directa, casi existencial, contra la izquierda, catalogándola como un enemigo a «destripar» o «castigar».
Aunque se presenta como un elemento antisistema que viene a limpiar la «mafia que desgobierna», la trayectoria de De la Espriella está profundamente ligada a las estructuras del poder real en Colombia. Su cercanía histórica con el expresidente Álvaro Uribe y su historial como defensor de las élites cuestionadas demuestran que no es un elemento ajeno al establishment, sino un actor que sabe reconfigurar sus alianzas para presentarse como la única alternativa de orden ante la crisis de seguridad.
Su victoria marca el cierre del ciclo de la izquierda en el ejecutivo colombiano y abre un periodo de profunda polarización, donde el modelo de seguridad del Estado pondrá a prueba los límites de la institucionalidad democrática y de los derechos humanos en la región.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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