Donald Trump no sabe hacer ni la paz ni la guerra. Los gazatíes, los libaneses y los iraníes conocen el escaso valor de las treguas patrocinadas por la Casa Blanca. Más allá de cada momentáneo y frágil alto el fuego, todo se emborrona en cuanto se trata de acercarse a la paz, es decir, la estabilidad y el equilibrio de un nuevo orden regional o internacional duradero. A Trump se le da muy bien amedrentar con la guerra, pero luego queda muy lejos del capítulo decisivo: concluirla. Si lo consigue, como en Afganistán en 2020, al terminar su primera presidencia, es a costa de apaciguar al enemigo, traicionar a los aliados con la típica ‘paz aparte’ y dejar la vergonzosa retirada a la siguiente Administración, en su caso al desafortunado y torpe Joe Biden.
En un año ha participado en tres guerras contra Irán, animado siempre por Benjamín Netanyahu, sin que haya conseguido por el momento ninguno de los cambiantes objetivos que se había propuesto. La primera, durante doce días de junio en 2025, la inició Israel para destruir el programa nuclear de Irán. Fue la inauguración de Estados Unidos como directo beligerante, mediante bombardeos de alta penetración sobre las instalaciones iraníes de enriquecimiento de uranio. Muchos habían sido los presidentes estadounidenses que se habían negado a participar en la obliteración aérea de tales instalaciones sugerida por Israel, pero solo Trump se ha atrevido a sumarse, a pesar de que ganó las elecciones con la promesa de terminar con las guerras sin fin.
Con la segunda guerra, iniciada el pasado 28 de febrero, Netanyahu añadió al menú de los objetivos el descabezamiento de la cúpula del Estado, inmediatamente aceptado por Trump. Terminó casi cuatro meses más tarde con otro frágil alto el fuego, prorrogado y convertido en un voluntarioso y ambiguo Memorándum de Entendimiento para organizar una tregua de 60 días, destinada a la improbable negociación de la paz definitiva. Descarrilado desde el primer día, Israel y Estados Unidos solo han conseguido una apabullante demostración de superioridad militar y la cabeza de Jameneí como trofeo, pero han dado al régimen la victoria de la supervivencia y le están regalando un arma estratégica como es el control sobre el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz.
Así ha empezado la tercera guerra de la serie o si se quiere la nueva fase de una guerra que promete eternizarse. Es una escalada con intercambio de misiles y bombardeos, sin resolución ni negociación a la vista a menos que uno de los dos contendientes acepte aparecer como derrotado. Teherán se siente con fuerzas para resistir nuevas campañas de bombardeos, porque sabe que Washington solo obtendrá su nuevo objetivo si sus soldados desembarcan en suelo iraní, con el riesgo que significa para el presidente una guerra terrestre con numerosas bajas como las de Irak y Afganistán.
El marcador es ahora bien claro: ganará quien se quede con Ormuz. El estrecho es más estratégico que el programa nuclear, la industria balística o las guerrillas proiraníes de los países vecinos, puntos contenciosos todos ellos negociables según el propio régimen. No es tan solo un pivote geopolítico de la región, sino del tráfico marítimo y de la economía mundiales, una temible arma disuasiva que asegura la supervivencia del régimen y un peligroso ejemplo que otros países pueden imitar para construir su particular sistema de disuasión.
Esta tercera guerra está impulsando de nuevo los precios del petróleo y gravita sobre las elecciones de mitad de mandato de noviembre, negativamente para los candidatos republicanos. Refuerza además la incertidumbre sobre el modelo de prosperidad de una región tan crucial para la economía global. Trump fía por entero su política exterior a la indiscutible superioridad militar de su ejército, pero ha desmantelado el Departamento de Estado y limitado la diplomacia a un burdo trato entre poderosos multimillonarios asimilable a los métodos de la mafia. Los resultados están a la vista.
Tantas guerras y paces inconclusas revelan la fragilidad de las toscas pretensiones trumpistas. La paz por la fuerza que exhibe como principio significa que quien no se pliega a sus exigencias será sometido a un violento castigo, sea militar o económico, hasta que tire la toalla. No es diplomacia ni es transaccional sino vulgar coerción para obtener la capitulación. Y está visto que sin los expertos diplomáticos de los que Trump ha prescindido de poco sirven las victorias militares.
Su secretario de Estado para la Guerra, Peter Hegseth, exhibe una bandera acorde para una política tan primitiva con su exigencia a los militares de un nivel mínimo de testosterona, la hormona de la agresividad, la misma que segregaban los luchadores en el espectáculo de artes marciales mixtas con el que Trump celebró su 80º cumpleaños y el 250º aniversario de la independencia. Es el triunfo de las gónadas sobre el cerebro.


