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LA CAMORRA DEL ALTO MANHATTAN NO SE RINDE

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LA CAMORRA DEL ALTO MANHATTAN NO SE RINDE

Por Ramon Emilio Espinola

Introducción

Decía Quevedo que donde falta la razón suele sobrar el ruido. La política contemporánea parece empeñada en demostrar que el viejo escritor español no exageraba. Hay lugares donde las campañas electorales dejan tras de sí propuestas, debates y proyectos; y existen otros donde únicamente sobreviven los resentimientos, los egos heridos y las eternas guerras de caudillos que confunden el servicio público con la propiedad privada.

Lo verdaderamente trágico no es que existan malos políticos. La historia está llena de ellos. Lo verdaderamente preocupante es cuando aparecen pequeños emperadores convencidos de que los votos pertenecen a su patrimonio familiar y de que una derrota electoral constituye un crimen contra su propia grandeza.

Eso, precisamente, parece estar ocurriendo en una parte del Alto Manhattan.

La vida nunca permanece inmóvil. Cambian las personas, cambian las sociedades, cambian las generaciones y cambian hasta las verdades que algunos juraban eternas. Solamente el fanatismo conserva la extraordinaria capacidad de permanecer petrificado mientras todo a su alrededor evoluciona.

Ha transcurrido casi un mes desde las primarias del Partido Demócrata en el Distrito 13 de Nueva York y, sin embargo, algunos continúan comportándose como si las urnas hubiesen cometido una insolencia imperdonable.

El Distrito 13 alberga una de las mayores concentraciones de población hispana de Nueva York y, al mismo tiempo, una de las zonas donde el costo de la vivienda ha expulsado a decenas de miles de familias trabajadoras.

Ese debió haber sido el verdadero centro del debate electoral.

¿Por qué más de cien mil dominicanos han tenido que abandonar ese distrito?

 La respuesta resulta dolorosamente sencilla: porque ya no pueden pagar los alquileres.

 Esa era la discusión que importaba.

 ¿Quién defendería a los residentes frente a la especulación inmobiliaria?

¿Qué propuestas existían para evitar que las familias siguieran siendo desplazadas?

¿Qué políticas podían mejorar la calidad de vida de quienes todavía permanecen allí?

Sin embargo, nada de eso ocupó el escenario principal.

Como suele ocurrir cuando la política degenera en teatro, el libreto terminó girando alrededor de los protagonistas y no de los ciudadanos.

Y mientras los vecinos buscaban soluciones para pagar la renta del próximo mes, algunos dirigentes parecían mucho más preocupados por salvar su propio prestigio.

Resulta inevitable que muchos habitantes se pregunten qué intereses preferían determinados propietarios de edificios y hacia dónde fueron dirigidos determinadas simpatías y aportes económicos durante la campaña. Son interrogantes que la propia dinámica política alimenta cuando las prioridades parecen invertirse.

Porque la verdadera lucha nunca debió ser por salvar el orgullo de ningún dirigente.

La verdadera lucha siempre debió consistir en mejorar la vida de quienes trabajan, pagan impuestos y mantienen viva la comunidad.

Al ciudadano común poco le interesa si el candidato nació en República Dominicana, Haití, Puerto Rico, Harlem o Marte.

Tampoco le interesa el color de su piel.

Lo único que pregunta es algo infinitamente más sencillo:

¿Va usted a mejorar mi vida?

Esa debería ser la única credencial obligatoria de cualquier aspirante a un cargo público.

Pero la vieja camorra política parece no haber recibido la noticia de que los tiempos cambian.

Continúa perdida entre los árboles del personalismo, incapaz de contemplar el bosque de las verdaderas necesidades sociales.

Su antiguo jefe continúa moviéndose con la solemnidad de un monarca destronado que todavía espera escuchar las trompetas anunciando su regreso al palacio.

Hasta en ciertos festivales culturales parecía desfilar más una corte que una comunidad intelectual.

Abundaban los aplausos.

Escaseaban los libros memorables.

Había más fotografías que literatura.

Más aduladores que escritores.

Y más reverencias que pensamiento.

Ahora algunos pretenden impulsar una candidatura independiente del Rey sin corona para las elecciones de noviembre.

No porque hayan descubierto un nuevo proyecto político.

No porque posean una propuesta revolucionaria para resolver los problemas del distrito.

Sino porque no logran aceptar que una dirigente joven haya derrotado al hombre que durante años muchos consideraron invencible.

La democracia tiene una costumbre insoportable para los caudillos:

Las urnas no leen biografías.

Simplemente cuentan votos.

Y cuando el resultado no favorece al viejo cacique, siempre aparece algún sacerdote dispuesto a declarar hereje al electorado.

Los imperios suelen caer por creer que eran eternos.

Las pequeñas cortes políticas también.

La diferencia consiste únicamente en el tamaño del escenario.

Afortunadamente, Dios me concedió la gracia de no residir en ese distrito.

Vivo y voto en el Distrito Congresual 12 de Nueva York, el de menor extensión territorial de todos los Estados Unidos y, al mismo tiempo, uno de los más altos niveles de ingreso y educación del país.

Allí las discusiones políticas rara vez giran alrededor del culto a los dirigentes.

Los ciudadanos no veneran líderes.

Contratan administradores temporales.

Nadie pregunta de qué raza proviene el representante.

Nadie pregunta cuál es su orientación sexual.

Nadie pregunta cuál es su religión.

Mucho menos se organiza una romería para rendirle pleitesía.

La única pregunta importante es:

¿Está usted haciendo correctamente el trabajo para el cual fue elegido?

Y mientras ocupa el cargo, los ciudadanos observan, investigan, cuestionan y evalúan.

Porque entienden que el poder pertenece al pueblo y no al político.

El elevado nivel educativo del distrito explica buena parte de esa cultura democrática.

Más del 44 % de sus residentes posee título universitario y una proporción considerable cuenta con estudios profesionales o de posgrado.

La educación no garantiza la inteligencia.

Pero sí reduce considerablemente la posibilidad de convertir la política en una religión y a los dirigentes en santos de altar.

Cuando una sociedad aprende a leer, deja de creer ciegamente.

Cuando aprende a pensar, deja de obedecer automáticamente.

Y cuando desarrolla espíritu crítico, los caudillos descubren, demasiado tarde, que ya nadie les besa la mano.

Conclusión

La joven que obtuvo la victoria merece, como cualquier funcionario elegido democráticamente, la oportunidad de demostrar con hechos la calidad de su gestión.

Si gobierna mal, será el pueblo quien la sustituya.

Si gobierna bien, será el pueblo quien la ratifique.

Así funciona una democracia madura.

Lo contrario pertenece al mundo de las monarquías, las sectas y las mafias políticas.

Saber perder constituye una virtud democrática tan importante como saber ganar.

Quienes no aceptan el veredicto de las urnas terminan luchando únicamente contra el calendario, porque el tiempo siempre derrota a quienes se creen indispensables.

Epílogo

La historia enseña una lección que demasiados dirigentes olvidan: ningún liderazgo es eterno y ningún cargo público convierte a una persona en propietario de la voluntad popular. Los ciudadanos no eligen reyes; eligen servidores temporales.

Cuando la política sustituye las ideas por los egos, los programas por los resentimientos y el servicio por el culto a la personalidad, comienza la decadencia de cualquier comunidad.

Las sociedades más prósperas no son aquellas donde abundan los caudillos, sino aquellas donde abundan los ciudadanos capaces de fiscalizar a quienes gobiernan.

Por eso conviene leer más, estudiar más y pensar más. La educación sigue siendo el peor enemigo del fanatismo, del clientelismo y de toda camorra política. Los pueblos ilustrados no necesitan salvadores; necesitan instituciones fuertes, gobernantes responsables y ciudadanos libres.

En democracia, el verdadero vencedor nunca debe ser un dirigente político. El único vencedor legítimo debe ser siempre el bienestar de la comunidad.

 (Nota) Pedí a la IA que me hiciera una caricatura del rey de la camorra en llanto y al pueblo recordándole que el poder es del soberano, no de ningún personaje.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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