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Eleuterio de Leon Berroa:Riendose de la desgracia nacional

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POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
ELEUTERIO DE LEÓN BERROA: EL PERIODISTA QUE SE REÍA DE LA DESGRACIA NACIONAL
Por Ramón Emilio Espinola
«El poder para moldear el futuro de una república estará en manos del periodismo de las generaciones futuras». Joseph Pulitzer
Aclaración:
Amazon, donde está disponible, sostiene lo siguiente de mi libro MEMORIAS DEL OLVIDO: “Antología de relatos intrahistóricos dominicanos”. El autor nos presenta a esos personajes olvidados que convivieron en el día a día con aquellos actores principales que la historia ha venido contando, y que al final del día son ‘tan humanos, demasiado humanos’, parafraseando a Nietzsche, como el que más. Con virtudes y defectos; con adicciones y manías; con amores y dolores. Incluso con valores, miedos y ‘vísceras’, y cuando lean el libro, lo comprenderán.
El historiador, investigador y docente, Ramón Emilio Espínola construye este proyecto editorial que pretende sacar a la luz, anécdotas, dominicanismos, frases, en fin, intrahistorias y sucesos en los que intervienen tanto personajes reconocidos por sus hechos y hazañas de sombras y luces, como gobernantes, dictadores, patriotas y sus afines. Ángeles y demonios retratados desde su vida diaria”. Pues el que leerán a continuación es uno de los relatos intrahistóricos mostrados en dicho libro cuya intención es que personas como el popular Edel Lede no se olviden nunca del imaginario nacional.
A continuación, el relato intrahistórico.
Hubo un periodista dominicano que vivió entre finales del siglo XIX y casi la mitad del XX: Eleuterio de León Berroa (1895-1945), nacido en Sabana de la Mar y dueño de una pluma tan peculiar como su sentido del humor. Escribía con una gracia singular, una ironía penetrante y esa sabiduría popular que no suele pedir permiso para entrar en la historia.
Firmaba sus trabajos bajo el curioso seudónimo de Edel Lede, nombre que, leído con cierta malicia y pronunciado con la debida dosis de imaginación, ya parecía anunciar que su propietario no venía al mundo para escribir solemnidades de sacristía ni para vestir de frac las desgracias nacionales.
Edel Lede tuvo una columna en el periódico El Independiente, fundado en Moca a principios del siglo XX. La publicación dejó de circular por razones que, como ocurre tantas veces en la historia dominicana, han quedado envueltas en esa nebulosa donde los documentos desaparecen, los recuerdos se contradicen y la verdad termina esperando que algún historiador la encuentre debajo de un montón de papeles.
Más tarde, durante la ocupación militar estadounidense de la República Dominicana, entre 1916 y 1924, El Independiente volvió a circular para denunciar la intervención extranjera y defender una soberanía nacional que, por aquellos años, se encontraba bajo administración ajena, como si la patria hubiera sido entregada temporalmente a una oficina de contabilidad imperial.
Los artículos de Eleuterio de León Berroa eran reproducidos también por El Eco de la Opinión, bajo el título de «Bromeando».
Y aquel título ya era, en sí mismo, una declaración de principios.
Porque Edel Lede bromeaba, sí. Pero, como ocurre con los verdaderos humoristas, mientras el lector reía, alguien quedaba desnudo. A veces era el gobierno. A veces el político. A veces la sociedad. Y, en ocasiones, la propia nación, que contemplaba sus desgracias con esa resignación criolla que suele comenzar con una carcajada y terminar con un suspiro.
El lector que se encontraba con el encabezado «Bromeando» sabía de antemano que no estaba ante un escritor convencional. Allí había un hombre de escritura original, ingeniosa y profundamente conectada con el lenguaje vivo del pueblo.
Edel Lede no escribía desde una torre de marfil. Escribía desde la calle. Desde el colmado, el camino polvoriento, la conversación de esquina, la voz del campesino, la ocurrencia del hombre sin zapatos y del dominicano que llevaba el machete al cinto y la inteligencia despierta en la cabeza.
Su materia prima no era la retórica académica, sino la conversación popular. Y en eso residía precisamente su fuerza.
Porque muchas veces el pueblo, con una frase de siete palabras, explica mejor una tragedia nacional que un intelectual con veinte páginas, tres citas en latín y una biblioteca detrás.
Edel Lede comprendió que la sátira popular no era una simple manifestación de ignorancia o de ingenio callejero. Era, en realidad, una forma de conocimiento. El pueblo dominicano había aprendido a sobrevivir observando, sospechando y burlándose de quienes pretendían gobernarlo. Y cuando la realidad se volvía demasiado absurda, solo quedaban dos posibilidades: llorar o reír.
Edel Lede escogió la segunda.
Pero no porque el país tuviera motivos para reír.
Precisamente porque tenía demasiados motivos para llorar.
Su obra retrató al dominicano de su tiempo: al hombre pobre, al campesino, al trabajador, al ciudadano sin zapatos y al hombre que, después de haber peleado por la patria, descubría que la patria seguía siendo administrada por quienes habían aprendido a convertir la política en una profesión y la corrupción en una institución.
En sus escritos aparecen las huellas de la Guerra de la Restauración, sus actores y sus consecuencias.
Pero también aparece la nación que, casi medio siglo después, continuaba intentando construir una República entre caudillos, intervenciones extranjeras, ambiciones personales, miserias políticas y esa incurable costumbre nacional de cambiar de gobierno sin cambiar de vicios.
Por eso Edel Lede fue mucho más que un humorista.
Fue, en cierta forma, un sociólogo nacional sin título universitario, un observador de la conducta dominicana, un cronista de la vida cotidiana y un anatomista de nuestras contradicciones.
Su pluma diseccionaba la realidad sin necesidad de bisturí. Bastaba con una frase, una ocurrencia, una expresión popular o una comparación aparentemente inocente para revelar la enfermedad escondida debajo de la piel de la sociedad.
Y eso, naturalmente, siempre ha sido peligroso.
Porque el poder tolera muchas cosas. Puede tolerar una crítica solemne. Puede soportar un editorial académico. Incluso puede fingir que no escucha una denuncia.
Lo que suele soportar mucho menos es que alguien se burle de él.
La solemnidad permite al poderoso conservar la dignidad. La sátira se la arranca.
ENTRE LA OCUPACIÓN Y EL CAUDILLISMO
Durante el período comprendido entre 1917 y 1928, Edel Lede actuó como periodista comprometido con la defensa de la dominicanidad y la soberanía nacional.
Le correspondió vivir la desgracia de la ocupación militar estadounidense y observar luego las consecuencias políticas y morales que dejó su retirada.
Porque la desocupación no significó, como algunos ingenuos pudieron imaginar, la llegada automática de una República saludable, vigorosa y vacunada contra sus antiguos males.
La historia dominicana, que nunca ha sido partidaria de las soluciones sencillas, se encargó de demostrarlo.
Después de la intervención llegó la inestabilidad. Y después de la inestabilidad, la corrupción. Y detrás de la corrupción, los viejos caudillos, los nuevos intereses y esa interminable procesión de hombres que, una vez instalados cerca del poder, descubren que la patria es una palabra extraordinariamente hermosa cuando se pronuncia en público y una oportunidad extraordinariamente rentable cuando se administra en privado.
En aquel escenario apareció la figura de Horacio Vásquez, el viejo caudillo mocano de apariencia bonachona, cuyo nombre estaba vinculado a uno de los episodios más dramáticos de la historia dominicana: el ajusticiamiento de Ulises Heureaux, ocurrido en Moca.
Pero la historia tiene, como siempre, una ironía de reserva.
El hombre que había participado en el ajusticiamiento de un dictador terminaría siendo presidente de una República que, pocos años después, entregaría el poder a otro hombre destinado a convertirse en el dictador más largo, feroz y sangriento de la historia dominicana.
La política dominicana ha tenido siempre una imaginación extraordinaria para fabricar paradojas.
Y Edel Lede fue testigo de esa transición.
Observó cómo, mientras la República intentaba recomponerse, las ambiciones personales, los intereses particulares y la corrupción comenzaban a devorar lentamente el cadáver de una nación que ya había sido herida demasiadas veces.
La montonera política parecía disputarse los restos de la patria como si se tratara de una herencia familiar.
Y cuando un país se convierte en herencia de sus políticos, lo primero que desaparece suele ser el país.
Edel Lede observaba. No tenía ejército. No tenía un partido político. No tenía una fortuna. No podía ordenar fusilamientos ni repartir cargos públicos.
Tenía algo mucho más modesto y, a veces, mucho más peligroso:
Papel, tinta y una pluma.
Con esas armas escribió.
Escribió mientras veía cómo la República se debilitaba. Escribió mientras los caudillos se disputaban el poder. Escribió mientras la corrupción se extendía. Y escribió, finalmente, durante los años en que comenzaba a levantarse sobre el país la sombra de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Quizá Edel Lede no alcanzó a contemplar en toda su extensión la maquinaria de terror que se avecinaba. Pero sí vivió los años que prepararon el terreno.
Porque las dictaduras no aparecen siempre de repente.
A veces llegan precedidas por el cansancio de un pueblo, la corrupción de una clase política, la debilidad de las instituciones y la desesperación de una sociedad que, después de haber sufrido demasiado, termina creyendo que cualquier hombre fuerte puede ser preferible a todos los hombres débiles juntos.
Y así, entre la frustración, la corrupción y el desorden, la República fue preparando, sin saberlo, el escenario para la dictadura más larga, brutal y criminal que haya padecido la República Dominicana.
La tragedia, como suele ocurrir, no llegó sola.
Primero llegó la desilusión.
Después, el miedo.
Y finalmente apareció el hombre que prometía poner orden.
La historia ya nos ha enseñado demasiadas veces que cuando alguien llega prometiendo salvar la patria, conviene revisar cuidadosamente quién será el encargado de salvarla… y quién terminará cobrando la factura.
LA RISA COMO DOCUMENTO HISTÓRICO
Los escritos de Edel Lede provocaban en el lector el deseo de buscarlos. No únicamente por el humor, sino por la manera en que ese humor retrataba el dolor de la cotidianidad.
Él no necesitaba levantar grandes discursos para demostrar que algo andaba mal.
Le bastaba con mostrar la escena.
Un pueblo reunido.
Un político está prometiendo.
Un funcionario explicando.
Un ciudadano esperando.
Y, al final, como ocurre con tanta frecuencia en nuestra historia, el político quedaba con el poder, el funcionario con la explicación y el ciudadano con la espera.
La grandeza de Edel Lede consistió en comprender que la cultura popular no era un simple adorno del lenguaje nacional. Era una memoria viva.
Las expresiones que recogía en sus escritos formaban parte de una manera de pensar, de interpretar y de sobrevivir.
Por eso su obra posee hoy un valor que va más allá del humor.
Es un documento social.
Es una fotografía verbal de una República que hablaba con sus propias palabras.
Muchas de esas expresiones han ido desapareciendo con el tiempo. La falta de lectura, la pérdida de contacto con la tradición oral, la transformación cultural y la creciente influencia de modelos extranjeros han ido desplazando numerosas formas de expresión que alguna vez fueron parte natural del lenguaje dominicano.
La modernidad, con su extraordinaria capacidad para fabricar novedades, también posee la curiosa virtud de hacer desaparecer las palabras antiguas.
Y mientras algunas sociedades conservan sus modismos como tesoros culturales, nosotros, con admirable despreocupación, muchas veces los dejamos morir para sustituirlos por expresiones importadas que, además de no significar gran cosa, suelen pronunciarse con un acento que tampoco sabemos imitar correctamente.
Todavía sobreviven algunas expresiones.
Cuando se dice «hay un amarre», el pueblo entiende que ciertos grupos políticos están negociando, conspirando o buscando la fórmula para alcanzar un triunfo electoral.
La palabra «molote» todavía identifica a un grupo de personas reunidas en algún lugar.
Y términos como «féferes» y «cachivaches», utilizados con frecuencia por Edel Lede, aún sobreviven en la memoria de muchas personas mayores para designar objetos viejos, inútiles o acumulados en las casas por esa misteriosa convicción de que algún día, quién sabe cuándo, podrían resultar necesarios.
Ese «algún día» es responsable de que muchas casas dominicanas tengan habitaciones enteras llenas de cosas que nadie utiliza, nadie necesita y nadie se atreve a tirar.
Porque el dominicano puede olvidar a un político.
Pero jamás se desprende fácilmente de un cachivache.
Entre las expresiones utilizadas por Edel Lede aparecen también aquellas que, por su sabiduría, merecen seguir viviendo:
«Más vale una onza de precaución que un quintal de remedio».
Una frase que, aplicada a la política nacional, habría podido evitar varias tragedias históricas, numerosos desfalcos y una cantidad considerable de discursos pronunciados después de que el desastre ya estaba sentado en primera fila.
También escribía:
«Cuando se trabaja con exceso, por patriotismo o por paga, algún día se coge cama».
Una advertencia que conserva plena vigencia. Especialmente en una sociedad donde algunos trabajan demasiado por la patria, otros demasiado por el sueldo y unos cuantos, más afortunados, logran cobrar por ambas cosas sin hacer excesivamente ninguna.
Y permanece también aquella expresión que todavía se escucha:
«Auyama no pare calabaza».
Una frase breve, popular y demoledora.
Porque no todo lo que promete dar frutos los produce.
Y no todo lo que se presenta como esperanza termina siendo cosecha.
LA MEMORIA QUE SE NIEGA A MORIR
Edel Lede pertenece a esa categoría de escritores que no deberían ser recordados únicamente como curiosidades de una época.
Su obra merece ser estudiada como parte de la historia intelectual y cultural del periodismo dominicano.
Fue un hombre que comprendió que la nación también se podía explicar desde la risa. Que la política podía ser observada desde la esquina. Que la corrupción podía ser denunciada con una frase popular. Y que, en ocasiones, una carcajada bien colocada puede ser más subversiva que un discurso entero.
Su humor no era evasión.
Era resistencia.
Mientras otros escribían para ser citados, Edel Lede escribía para ser entendido.
Mientras algunos pretendían hablar en nombre del pueblo, él escuchaba al pueblo hablar.
Y mientras los poderosos intentaban convertir la realidad en una ceremonia solemne, él se encargaba de recordar que detrás de cada ceremonia suele haber un hombre haciendo negocios, otro buscando un cargo y un tercero esperando que alguien se acuerde de él.
Por eso debemos rescatar a Eleuterio de León Berroa.
No para convertirlo en una estatua más, de esas que solemos inaugurar con discursos solemnes y luego abandonamos a la intemperie, sino para devolverlo al lugar donde verdaderamente pertenece: la memoria viva de la cultura dominicana.
Porque una nación que olvida a sus escritores termina olvidando también la manera en que aprendió a pensar.
Y un pueblo que pierde sus palabras termina perdiendo, poco a poco, la capacidad de reconocer su propia historia.
Edel Lede nos dejó algo más que artículos humorísticos.
Nos dejó una advertencia.
Nos enseñó que el humor puede ser un espejo. Y que, cuando el espejo refleja una sociedad enferma, romperlo no cura la enfermedad.
Podemos borrar las palabras.
Podemos olvidar los nombres.
Podemos abandonar los periódicos en los archivos.
Podemos dejar que el polvo cubra las páginas.
Pero la historia tiene una costumbre desagradable: tarde o temprano vuelve a aparecer.
Y cuando regresa, generalmente lo hace con la misma pregunta que ya nos habían formulado nuestros viejos cronistas:
¿No aprendieron ustedes nada?
Quizá por eso Edel Lede continúa siendo necesario.
Porque todavía hay «amarres».
Todavía hay «molotes».
Todavía existen demasiados «féferes» y «cachivaches» en las casas del poder.
Y, sobre todo, todavía hay demasiados frutos políticos que, después de una larga espera, terminan demostrando que, efectivamente:
Auyama no pare calabaza.
Fuente: Archivo General de la Nación (AGN).
Espinola, Ramón Emilio. Memorias del Olvido.
(Nota) La caricatura es una sátira curiosa sobre «Cachibaches» y Ede que le pedí a la IA que me construyera.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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