Por Ramon Espinola
EDUCANDO
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ANTILLANA
HAITÍ

Camino hacia una nueva ocupación
A manera de introducción:
(Los pueblos que ignoran su historia suelen extraviarse con facilidad en el laberinto del fanatismo. La historia de Haití —forjada entre los látigos de la esclavitud, el orgullo de la negritud y la violencia de interminables convulsiones políticas— constituye una de las experiencias más dramáticas del Caribe. Estas tres circunstancias, profundamente arraigadas en su pasado, han hecho que la relación dominico-haitiana sea, desde sus orígenes, compleja, tensa y, en no pocas ocasiones, amarga como la sal del mismo mar que separa y une a ambas naciones).
Haití entró al siglo XX transitando por un camino pedregoso, lleno de incertidumbres y peligros, que terminaría por conducirlo hacia el despeñadero de una nueva ocupación militar.
Esta vez no serían las tropas francesas —antiguos amos coloniales— quienes impondrían su presencia, sino el nuevo poder imperial que emergía con fuerza en el continente americano: los Estados Unidos.
Para comprender aquel desenlace es necesario mirar el tablero geopolítico de la época. A finales del siglo XIX, Estados Unidos había arrebatado el Caribe a una España agotada por los siglos.
La guerra hispanoamericana de 1898 selló ese cambio de poder. España se rindió como un león envejecido que, sin advertirlo, había perdido ya la melena, los colmillos y las garras.
Las guerras de independencia antillanas habían sido señales inequívocas de esa decadencia.
En la República Dominicana, la Guerra de la Restauración había demostrado que el viejo imperio ya no podía sostener sus dominios con la misma fuerza de antaño.
En Cuba, los mambises terminaron por quebrar la resistencia española. Cuando finalmente cayó La Habana, España perdió no solo una colonia, sino también la que solventaba cerca del cuarenta por ciento de sus gastos imperiales.
Derrotada y sin fuerzas para continuar resistiendo, España entregó en el Tratado de París de 1898 lo poco que aún conservaba: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Así se cerraba definitivamente el capítulo del imperio español en América y se abría otro, protagonizado por un nuevo actor imperial.
Desde ese momento emergía una potencia que pronto se consideraría dueña de ese inmenso lago salado llamado mar Caribe.
Durante más de cuatro siglos, Europa había jugado allí su partida de ambiciones, explotando territorios y pueblos con la tranquilidad de quien cree que la historia es eterna. En esas mismas aguas se había roto también el equilibrio racial del mundo atlántico cuando millones de africanos fueron arrancados de su tierra para ser convertidos en mercancía humana en las plantaciones del Nuevo Mundo.
La transferencia de poder quedó oficialmente sancionada por el Tratado de París. Por ello, cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Haití en 1915, el nuevo imperio ya llevaba diecisiete años consolidando su predominio en la región y se sentía plenamente autorizado —por la lógica brutal de la geopolítica— para intervenir donde considerara necesario.
En aquellos años, solo Haití y la República Dominicana eran reconocidos formalmente como repúblicas independientes en el Caribe insular.
Cuba vivía bajo la tutela de la famosa Enmienda Platt, que convertía su soberanía en una independencia vigilada, mientras Puerto Rico se transformaba abiertamente en colonia estadounidense, del mismo modo que Jamaica seguía bajo el dominio británico. En una palabra, el Caribe pertenecía a otro que por primera vez no era europeo.
Sin embargo, cuando los marines norteamericanos desembarcaron en suelo haitiano, el país distaba mucho de ser la potencia agrícola que había sido durante el esplendor del coloniaje francés. Aquella colonia que en el siglo XVIII había sido una de las más ricas del mundo se encontraba ahora sumida en una profunda decadencia económica.
Desde su grito libertario a inicios del siglo XIX, Haití había vivido una sucesión interminable de conflictos raciales, sociales y políticos que desorganizaron su sistema productivo.
La poderosa industria azucarera que había sostenido durante siglos su economía prácticamente desapareció. Cerca del ochenta por ciento de esa producción emigró hacia Cuba, donde capitales extranjeros aprovecharon el vacío dejado por la antigua colonia francesa.
Lo que quedó en Haití fueron pequeñas fábricas rudimentarias, dispersas por pueblos y aldeas, donde familias enteras fabricaban productos de consumo inmediato: jabones, sombreros, tejidos sencillos. Era una economía doméstica, casi artesanal, que apenas alcanzaba para sostener la vida cotidiana.
A esa fragilidad económica se sumó otro desastre silencioso: la devastación ambiental.
El Estado haitiano otorgó concesiones madereras a empresas extranjeras en territorios como La Gonâve, La Vaca y la isla de la Tortuga. Aquellas explotaciones arrasaron con extensos bosques. Los árboles desaparecieron, los ríos comenzaron a secarse y los suelos perdieron su fertilidad. Desde entonces, Haití empezó a pagar el precio de aquella deforestación con sequías, tierras áridas y hambrunas recurrentes.
Mientras tanto, el mundo exterior apenas comprendía la magnitud de la tragedia. Persistía la vieja creencia de que Haití seguía siendo un país rico, heredero de la legendaria prosperidad de Saint-Domingue. Pero la realidad era otra: la explotación indiscriminada, sumada a los interminables conflictos internos, había transformado aquella antigua colonia opulenta en una nación empobrecida, donde millones de seres humanos sobrevivían con lo mínimo, muchas veces dependiendo de la caridad internacional.
Paradójicamente, el subsuelo haitiano guarda recursos de gran valor: cobre, zinc, estaño, mercurio, oro e incluso tierras raras. Pero ninguna gran corporación minera ha querido arriesgar capitales en un país marcado por la inestabilidad política y social. En el lenguaje frío de los inversionistas internacionales, Haití siempre ha sido considerado un territorio demasiado impredecible para las grandes apuestas económicas.
Uno de los episodios más reveladores de aquella vulnerabilidad ocurrió a finales del siglo XIX. Un empresario norteamericano de notable astucia financiera, James MacDonald, obtuvo en nombre de la National Railroad Company una concesión para construir dos líneas ferroviarias en Haití.
El contrato resultó ser profundamente leonino.
Establecía que la compañía recibiría quince millas de terreno a cada lado de las vías férreas para cultivar plátanos, guineos y otros productos, sin obligación de pagar al Estado haitiano participación alguna en los beneficios.
Cuando los detalles del acuerdo se hicieron públicos, estalló un escándalo que traspasó las fronteras del país. Al final, el ferrocarril prometido nunca se materializó plenamente.
Apenas se construyeron tres pequeñas secciones aisladas que no servían para nada práctico.
El costo, sin embargo, fue exorbitante. Como tantas otras veces en su historia, el Estado haitiano perdió y el pueblo volvió a ser engañado.
Durante el gobierno de Florvil Hippolyte (1889-1896) se intentaron algunas reformas en beneficio del país. Se construyeron puentes, caminos vecinales y carreteras, se mejoraron instalaciones portuarias y se instaló el alumbrado eléctrico en Puerto Príncipe. Fueron esfuerzos meritorios, aunque insuficientes para transformar una estructura económica profundamente debilitada.
En esos años previos a la ocupación estadounidense, Haití recibió incluso montos de inversión extranjera que en ocasiones superaban a los que llegaban a la República Dominicana.
Para 1915, la inversión directa norteamericana alcanzaba los cuatro millones de dólares.
Francia, sin embargo, superaba ampliamente a los inversionistas estadounidenses mediante préstamos, muchos de ellos con intereses que bordeaban la usura. Para 1910, la inversión francesa en Haití ascendía a 24,6 millones de dólares.
Curiosamente, Francia evitaba invertir directamente en industrias haitianas. Las constituciones del siglo XIX lo prohibían expresamente, reflejo del temor histórico que existía hacia cualquier forma de control extranjero.
Los franceses, por su parte, tampoco olvidaban el destino que habían sufrido sus colonos y sus plantaciones durante la revolución esclava entre 1791 y 1804.
Algunos intelectuales haitianos criticaban aquella prohibición constitucional y la calificaban como “una retranca para el progreso”. El principal defensor de su eliminación fue el líder liberal Anténor Firmin, quien proponía otorgar concesiones de tierras a empresas extranjeras por noventa y nueve años para reactivar la producción agrícola. Sin embargo, los gobiernos temían modificar la Constitución por miedo a ser acusados de entreguistas o, peor aún, de querer restaurar formas encubiertas de esclavitud.
Pese a todas las tensiones históricas entre Francia y Haití, la nación gala continuó siendo el principal comprador de productos haitianos hasta los años de la ocupación norteamericana.
Antes de 1920, cerca del setenta por ciento del café haitiano se exportaba a Francia. Pero la presencia estadounidense transformó progresivamente ese patrón comercial.
Para la década de 1930, Estados Unidos dominaba casi por completo el comercio haitiano. El setenta y cinco por ciento de las importaciones provenía del mercado norteamericano, y cerca del ochenta por ciento de las exportaciones haitianas se dirigía hacia ese mismo destino.
Algo muy parecido ocurrió en la República Dominicana. Antes de las ocupaciones estadounidenses, Europa era el principal comprador de sus productos. Pero a partir de la década de 1920, el comercio dominicano también quedó firmemente orientado hacia el mercado norteamericano. Lo cual indica que por más de un siglo Estados Unidos ha sido y es en la actualidad el mayor socio económico de los dominicanos, aunque hay desconocedores de la historia que, aunque se creen inteligentes, no entienden esta situación de geopolítica económica.
Entre los pocos productos haitianos que conservaron cierta presencia en Francia durante ese período estuvieron los rones y licores, cuya exportación continuó incluso durante los años de la ocupación.
El sistema financiero haitiano tampoco escapó al control extranjero. Desde la creación del Banco Nacional en 1886 hasta su reorganización en 1910, apenas uno de los inversionistas era haitiano; todos los demás pertenecían a grandes consorcios financieros internacionales.
Los comerciantes extranjeros ejercían enorme presión sobre los gobiernos haitianos. A través de los cónsules de sus países exigían concesiones, privilegios comerciales y protección para sus intereses. Por ese mismo camino intervenían también en la política interna, apoyando o derribando gobiernos según conviniera a sus negocios.
El desorden económico se agravaba con el contrabando, el fraude comercial y la evasión de impuestos aduanales.
Los gobiernos se veían constantemente enfrentados a déficits fiscales que debilitaban su estabilidad política. En Haití, los gobiernos solían caer con la misma rapidez con que habían surgido.
Las guerras civiles entre 1867 y 1869, las luchas políticas de 1881 a 1883 y las revueltas de 1887 y 1902 terminaron por destruir cualquier equilibrio institucional. El país vivía atrapado en un ciclo de conflictos internos que deterioraba continuamente su estructura social, política y económica.
Ese escenario de caos, fragilidad financiera y permanente inestabilidad fue el terreno perfecto para justificar lo que ocurriría en 1915: la intervención militar de Estados Unidos.
Porque en la historia de las potencias imperiales —y el Caribe lo sabe muy bien— el desorden ajeno suele convertirse en la excusa perfecta para imponer el orden propio.
PINCELADAS HISTÓRICAS COMPARATIVAS
Conviene recordar que, mientras Haití atravesaba este largo período de turbulencias políticas y económicas, la República Dominicana —aunque también marcada por conflictos internos y precariedades— desarrollaba lentamente una estructura institucional que, con todas sus imperfecciones, logró evitar el colapso permanente del Estado.
Ambos pueblos nacieron de experiencias coloniales distintas. Haití emergió de la revolución de esclavos más radical de la historia moderna, una gesta admirable en su heroísmo pero devastadora en sus consecuencias económicas inmediatas. La República Dominicana, en cambio, siguió un proceso histórico menos abrupto, más lento y menos incendiario.
Esa diferencia de origen histórico explica en parte por qué, mientras Haití se vio atrapado durante décadas en una sucesión de golpes de Estado, revueltas y magnicidios, la República Dominicana, aun con sus propios sobresaltos, logró mantener una continuidad institucional algo más estable.
Podría decirse —con cierta ironía histórica— que ambos países aprendieron lecciones distintas del mismo Caribe:
Haití aprendió demasiado pronto a rebelarse:
La República Dominicana aprendió demasiado tarde a organizarse.
Y entre ambas realidades nació una relación marcada por la desconfianza mutua, alimentada tanto por la geografía compartida como por la diferencia profunda de sus trayectorias históricas.
Por eso concluimos:
Que en Haití todo nace del sueño libertario al laberinto del caos: camino hacia la ocupación de 1915.
Cuando la libertad nace entre la sangre, pero la política se extravía entre la ambición, las naciones suelen terminar bajo la tutela de imperios que dicen venir a imponer orden.
Dominicanos, si quieren preservar su patria, empiecen a conocer la historia de Haití; de lo contrario, estarán perdidos en el fanatismo patriotero. No se puede combatir a quien no se conoce y mucho menos a quien se le desconocen sus mañas.

