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La desesperación de los cubanos, entre la asfixia de Trump y la del régimen: “¿Cómo vas a resistir si no tienes nada?”

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Es mediodía y todavía no ha llegado el pan a uno de los barrios de Centro Habana. En un horno abierto con los estantes vacíos, los empleados explican el motivo que todos los vecinos conocen. Sin luz, no hay nada que hornear. Los 30 grados de la primavera caribeña se mezclan con la pegajosa humedad del aire. La calle huele a la basura esparcida por todas partes, recalentada por el sol y con moscas. Pasa algún triciclo eléctrico, una bici, un camión con agua potable. La gente se arremolina en una tienda donde venden huevos a unidades, porque comprarse un cartón de 24 equivale a más de la mitad de la pensión de un mes.

Por una de esas calles, Andrés, de 37 años, pedalea bajo el sol en su bicitaxi. “Doce, trece, hasta 15 horas al día”, cuenta mientras sortea socavones y charcos de agua hedionda. Lo hace solo los fines de semana, y eso que apenas se ven turistas. De lunes a viernes es médico veterinario, y aunque cobra el doble que el salario medio, unos 15.000 pesos al mes (unos 27 dólares o 23 euros), su situación, con una hija adolescente, “es muy difícil”. “Llevo cinco días sin agua en mi casa, ayer tuve solo dos horas de luz”, cuenta.

En el cuarto mes de asedio energético impuesto por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la parálisis va colonizando lo poco que en febrero medio funcionaba. Desde entonces solo un barco ruso ha descargado diésel en la isla, y ya el régimen cubano ha admitido que se han agotado las reservas de combustible. Dentro de la isla, la sensación de colapso se expande. Fuera, Washington suma los golpes a la asfixia. El mayor zarpazo al régimen lo ha dado esta semana, cuando un tribunal de Florida ha acusado a Raúl Castro, último símbolo vivo de la generación que puso en pie la Revolución a los 94 años, por dar la orden de derribar dos avionetas de una organización anticastrista en 1996 en la que murieron cuatro personas. Es la primera vez que Estados Unidos abre un proceso penal contra la cúpula del régimen cubano en décadas de antagonismo. Nunca antes había presionado en tantos frentes simultáneos a Cuba.

El efecto del cerco lo siente toda la ciudadanía. Se cuela en los fogones de las casas, que no tienen qué ni con qué cocinar; en la piel acalorada que lleva días sin ducha; en los estómagos de los que necesitan el sueldo de un mes para comprar dos kilos de pollo que se echará a perder en el próximo apagón. En el sueño de los cubanos, que tienen dificultad para descansar con ese oscuro calor sin ventilador a 27 grados de mínima, y en sus sueños, porque el cambio que esperan, empezando por cubrir las necesidades básicas, no acaba de llegar.

Mientras, todo se pudre. Persiste la expectativa de que el país mejore, de que la presión de Estados Unidos engendre una apertura económica y, aún más allá, una transformación política que derive en una transición a la democracia. Pero nada de eso ha sucedido. Lo que sí ha pasado es que, después de años en la cuesta abajo de la pobreza, ahora acelerada por el cerco, los cubanos constatan que aún se puede seguir descendiendo.

“¿Cómo vas a resistir si no tienes nada?”, plantea Andrés como interpelando al régimen cubano, cuyo discurso desde finales de enero se centra en esa idea y, en las últimas semanas, en la defensa de la patria frente al imperio, en estos términos. La semana pasada Miguel Díaz-Canel, el presidente de Cuba, advirtió de “un baño de sangre” si Estados Unidos utiliza la fuerza militar contra el país, una de las opciones sobre la mesa que en los últimos días está cobrando fuerza y compatible con la idea de Trump de “tomar Cuba” aunque haya un diálogo abierto. “Que venga ya Trump, los que no se pueden quedar son los que hay”, dice Andrés. “Venezuela al menos ha cambiado, nosotros queremos mejorar, y mientras estén aquí no va a pasar. No veo futuro ni para mí ni para mi hija, y si esto no cambia, mi plan es irme a Brasil”.

El secuestro de Nicolás Maduro en Caracas en una operación militar en la que murieron 32 cubanos que lo defendían en su refugio es una referencia muy presente en la isla, pero la traslación aquí resulta nebulosa. Nadie quiere violencia, y varios entrevistados, que piden anonimato por temor a represalias, expresan ese deseo de que “venga Trump” pensando en una operación militar limpia, si eso fuera posible. La expectativa más fuerte es que caiga el régimen, al que perciben como una cleptocracia represora y a la que culpan de las condiciones en las que sobreviven no de ahora, cuando están peor incluso que hace tres meses por el cerco, sino desde hace años.

En la calle, esa desesperación, esas ganas de que haya un cambio son unánimes, y en algunos casos, casi como sea. Pero se expresa de distintas formas, siempre atravesadas por el miedo y también por la incertidumbre, porque nadie sabe qué puede pasar. La única constancia es la agotadora supervivencia diaria. El otro precedente que sale a relucir con frecuencia es el de la represión de las protestas ciudadanas masivas del 11 de julio de 2021, después de las que se produjeron cientos de detenciones. Ahora mismo hay 1.260 presos políticos en la isla, según la organización Prisoners Defenders, y en las últimas semanas se han sucedido los cacerolazos nocturnos y las manifestaciones espontáneas con quema de basura que han elevado la tensión interna.

Una de las últimas se produjo la semana pasada frente al edificio del gobierno municipal de San Miguel del Padrón, una barriada tierra adentro al este de La Habana. En los vídeos en redes sociales se ve a decenas de personas de todas las edades a plena luz del día aporreando cazuelas y rodeando el edificio por la falta de electricidad con temperaturas sofocantes, sin agua y sin conexión por teléfono ni internet, algo que limita la difusión rápida de estos actos. Alejandro, de 22 años, trabaja vendiendo gomas de auto usadas y dejó los estudios hace dos años. “Esto es Apagonia, todas las noches quitan la luz, no se puede dormir del calor y los mosquitos”, cuenta en voz baja sentado en una franja de sombra rodeado de moscas. “Aquí no hay futuro. Hace rato que no tengo teléfono, no veo la tele. Mi sueño siempre ha sido salir de este país para ayudar a mi mamá. Mi padre está en España, pero nunca se ha preocupado de ayudarme con los papeles”.

Él sí se enteró de la protesta. “No me meto en eso porque dan golpes… yo solamente miro”, dice. “Nadie está de acuerdo con esta situación, si viniera Trump y cambiara algo para bien… aquí ya no podemos”. Su principal preocupación es esta: “Mi mamá está operada de tiroides y tiene que tener una buena alimentación. Hoy no he desayunado, tampoco ella, ni mi tío ni mi abuela. Vivimos juntos y anoche nos acostamos sin cenar. ¿Cómo voy a estar de acuerdo? Yo solo quiero irme”.

Muy cerca de allí, en una concurrida zona donde se ven numerosos triciclos eléctricos en los que caben seis personas y que son ahora el principal medio de transporte, está Alexander, de 54 años. Es profesor de Educación Física y está tratando de vender su piso de cuatro habitaciones en Centro Habana por 4.000 dólares, lo que necesita para el billete de avión a otro país donde vive su hijo con su familia. “Yo no quisiera, vivo ahí desde los tres años”, dice, pero ya ha tomado la decisión. “Después de todo lo que hemos pasado, una intervención militar sería triste, pero también creo que la única manera de que ellos [el Gobierno] suelten el poder es por la fuerza. El cubano está tan desesperado que quiere el cambio. El americano tampoco es bueno, pero puede traerlo aunque seamos esclavos de la economía de mercado. Se trata de vivir, no de sobrevivir”, afirma.

La retórica de defensa del régimen le resulta ajena. “Yo pensaba como un patriota, si me atacan me defiendo”, dice. “Pero ahora prefiero que me metan preso a pegar un tiro. Antes había hospitales, educación…el país está descontento porque no hay nada. ¿Qué vas a defender?”, plantea. “Mira ese edificio. Ahí se está cocinando ahora mismo con carbón, hay gente que come de la basura [se ven escenas así]. Este es un sistema fallido, la idea es buena pero no hay economía de mercado, no producimos nada. Por ejemplo, los chinos son socialistas a su manera”, explica. Él espera que haya en Cuba una operación similar a la de Maduro, porque no cree que el cambio se pueda conseguir con protestas. “Desde el exilio es fácil decir que salgamos a la calle, pero empezar una batalla para perderla no se echa. Los del 11 de julio están todos presos”, afirma.

Un matrimonio está sentado en la puerta de su edificio a la sombra de un porche en otra zona de la ciudad, Centro Habana. Dos de sus cuatro hijos, muy pequeños, juguetean alrededor. Llevan desde el día anterior sin luz y varios días sin agua corriente. Él, obrero de la construcción, tiene una escayola hasta la rodilla porque se resbaló cargando bidones de agua que les trajeron en camión. Está de baja y no cobra, dice. Tampoco hay apenas obras ni materiales. Ella trabaja en casa. Ahora aguantan con la ayuda de sus familias.

El Gobierno acaba de actualizar y difundir la Guía familiar para la protección ante una agresión militar. Propone a los cubanos dotarse de un “bolso o mochila” de emergencia con documentación, linternas, velas o fósforos, comida en lata, medicinas y juguetes. Todo “según la disponibilidad de la familia”. El motivo es proteger a los vulnerables con consejos básicos, por ejemplo para hacer un torniquete, ya que “si el enemigo ataca, nuestra revolución se defenderá hasta alcanzar la victoria y expulsarlo del suelo de la patria”, dice el documento. A la pregunta de si conocen la iniciativa, responde ella con sorna: “Sí, la mochila que nadie puede preparar porque no hay nada que echarle”. La emergencia hoy, en Cuba, es comer.

El Gobierno cubano lo llama genocidio. El estadounidense, presión. Ambos están sentados en una mesa de diálogo al menos desde marzo, aunque apenas ha trascendido de qué hablan. Solo se ve lo que hacen y dicen, y el sufrimiento lo ponen los cubanos. Al embargo de décadas al que Estados Unidos somete a la isla, Trump ha añadido el cerco energético, sanciones contra Gaesa –que controla hasta el 40% de la economía cubana–, sanciones a varios ministros, detenciones de migrantes cubanos. Y ahora, la acusación contra Raúl Castro, que el régimen contestó este viernes con una manifestación con miles de personas en la llamada tribuna antiimperialista de La Habana.

Ante esta batería apabullante de medidas de fuerza, el régimen, que lleva 67 años en el poder, no se ha movido. En este tiempo, solo ha anunciado una tímida reforma económica que permite a los cubanos en el exterior hacer inversiones en la isla y ha excarcelado a unos dos mil presos, casi ninguno político. La guerra de Irán en la que está enfangado Trump le ha permitido ganar algo de tiempo, pero las señales que emite no permiten adivinar nada más que la resistencia, aunque el colapso sea inminente en medio de la asfixia. “Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución”, ha dicho el presidente cubano.

“El Gobierno se ha instalado en un esquema de acción-reacción, no da señales de querer amortiguar la escalada”, opina Alina Bárbara López, una respetada intelectual a la que sus críticas públicas le han valido amenazas y hostigamiento por parte del régimen. “¿Por qué no amnistía a los presos políticos? Es un acto de justicia y no porque se lo pidan los americanos, sino los cubanos”, añade. “Muchas personas no se sienten soberanas en su país porque la gente pierde la noción de que el país es nuestro. Están en modo supervivencia. En muchos casos no es que quieran a Trump por sí mismo, es que no ven posible el cambio desde dentro y no se ven como agentes políticos de ese cambio, se inhiben de participar porque asociarse y opinar han sido derechos reprimidos”, explica la historiadora desde la provincia de Matanzas y entre cortes constantes de la línea. Ella, que codirige el portal CubaxCuba Laboratorio de pensamiento cívico y es una voz crítica del régimen, sí cree que el “cambio es posible desde dentro, pero hace falta ayuda, también de Estados Unidos”.

Nadie sabe si el Gobierno cubano habla otro lenguaje en la mesa de diálogo, pero la propaganda no se aparta de la resistencia. En una semana de alta tensión, el régimen mostró fotografías en redes sociales de la entrega a Díaz-Canel de 6,2 millones de firmas ―ni más ni menos, en un país de unos 8,5 millones de habitantes después de la hemorragia migratoria de los últimos años― para expresar la condena “al bloqueo, el cerco energético y la guerra”. Durante semanas, se pasó la hoja en centros de trabajo del país y en ocasiones se solicitó en las casas. “Esos desfiles en televisión, ese respaldo a la Revolución…nadie se cree eso”, dice sobre esas supuestas muestras de adhesión Marta, una camarera de 23 años en un café de La Habana Vieja, que guarda sus estudios universitarios en Turismo y su vocación para tiempos mejores. “Todos esperamos un cambio, yo veo las vidas de los jóvenes de otros países, que pueden viajar…No quiero una guerra ni violencia, eso nunca es bueno, pero aspiro a ir a comprar leche a la esquina y que no me cueste el salario de un mes”. También Juana, de 63 años, cree que el cambio es necesario y que el Gobierno “debería negociar con los americanos, hacer un trato”, porque ante todo se trata de que “no haya guerra”. Le gustaría ir a una manifestación a pedirlo, “pero para defender Cuba, no a Raúl”, dice sobre la concentración de apoyo a Castro.

En la isla la gente está tan pendiente de lo que dicen Trump o Rubio como les permiten los apagones y la mala conexión. Horas antes de la acusación a Raúl Castro, que todavía retiene influencia y poder a través de su entorno, una camarera de piso escucha en su móvil, en el pasillo de un hotel, al secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, hablándole en español al “pueblo cubano”. En el vídeo, Rubio conecta con las “dificultades inimaginables” que atraviesan, de las que culpa al régimen cubano, y les propone “una nueva Cuba, donde ustedes, los cubanos de a pie y no solo Gaesa [un opaco conglomerado de empresas en manos de la élite militar], puedan ser dueños de una gasolinera, una tienda de ropa o de un restaurante”.

En medio de una situación tan difícil, no hay que ser un experto para entender qué mensaje resulta más cercano, el de Rubio o el del presidente cubano, que contestó enseguida en X para rechazar que ellos tengan la culpa de las consecuencias del cerco y añadió: “Solo mentes muy retorcidas podrían negar ante el mundo ese castigo colectivo que se ejerce contra todo un pueblo y ya se va convirtiendo en acto de genocidio”.

Esto no va solo de palabras, pero reflejan la desconexión y el descrédito del Gobierno cuando el país, y no solo el régimen, se juega su destino. “La idea de resistencia frente a Estados Unidos del Gobierno tiene un flanco débil, el interno, y además no hay una oposición capaz de capitalizar el descontento”, dice Fabio Fernández Batista, profesor de Historia de la Universidad de La Habana, un crítico del sistema desde dentro. Por el camino, el régimen se ha dejado al pueblo al que tanto apela. “La Revolución y la patria se identificaron desde el principio, y ahora la erosión política hace que la idea de patria se vea vacía, atravesada por mentiras sistémicas”.

En casa de Chabeli, de 30 años, hace mucho que no esperan nada del Gobierno. Vive con su marido y su hijo de cuatro años en un barrio cerca del cementerio. Anoche tuvo que echar un colchón al suelo para dormir con el niño del calor que hacía. “Yo sí quisiera un cambio, algo tiene que pasar porque esto no es vida, queremos lo mínimo de todo ciudadano. Pero me da miedo una intervención de Estados Unidos, si tiran bombas”. Su pareja, Reinier, interviene: “El cambio tardará incluso con la presión de Trump, esto necesita demasiada inversión, son años, y nosotros no tenemos tiempo, queremos que él [el hijo] vea algo bueno. Cuba no tiene petróleo como Venezuela, y aquí algunos viven bien, los militares, pero el bloqueo es solo para nosotros. Yo no quisiera que las cosas pasaran así, con Trump, por el patriotismo. Pero no podemos resolver el problema, solo los que nos gobiernan, y a ellos no les interesa”.

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