InicioCHINACHINA: EL COMUNISMO QUE APRENDIÓ A HACER DINERO

CHINA: EL COMUNISMO QUE APRENDIÓ A HACER DINERO

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-De Mao al capitalismo rojo: la gran mutación que hoy desafía a Estados Unidos-

China ya no es la nación gris y cerrada de Mao Zedong. Tampoco es una democracia capitalista al estilo occidental. Es otra cosa: un híbrido político y económico que mezcla el control absoluto del Partido Comunista con el dinamismo feroz del mercado. Y mientras Occidente aún discute cómo definirla, Pekín ya compite por liderar el siglo XXI.

El día que China dejó de parecer comunista
Hubo una época en que China vestía uniforme.

Literalmente.

Millones de personas usaban la misma ropa, repetían las mismas consignas y caminaban bajo los retratos gigantes de Mao Zedong mientras el Estado decidía prácticamente todo: cuánto producir, cuánto sembrar, cuánto pensar y hasta cuánto soñar.

Aquella China revolucionaria que nació en 1949 bajo la bandera roja del comunismo parecía destinada a vivir eternamente encerrada detrás de su propia ideología. Una nación gigantesca, disciplinada y pobre, obsesionada con derrotar al capitalismo occidental.

Pero algo ocurrió. Y ocurrió silenciosamente.

Sin derribar estatuas.
Sin desmontar el Partido Comunista.
Sin elecciones multipartidistas.
Sin abandonar la bandera roja.

China decidió aprender a hacer dinero.

El pragmatismo cambió la historia. Tras la muerte de Mao en 1976, el país estaba exhausto.

Las políticas radicales del “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural” habían dejado pobreza, caos económico y millones de muertos. La utopía comunista había demostrado límites brutales.

Entonces apareció Deng Xiaoping, un dirigente mucho menos ideológico y mucho más práctico.

Fue él quien lanzó la frase que terminó redefiniendo el destino chino:

“No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”.

Traducido al lenguaje geopolítico:
China dejó de obsesionarse con el dogma y comenzó a obsesionarse con el crecimiento.

A finales de los años 70 empezaron las reformas: se permitió la iniciativa privada, llegaron inversiones extranjeras, nacieron zonas económicas especiales, y millones de chinos comenzaron a integrarse a la lógica del mercado.

Sin embargo, el Partido Comunista jamás soltó el poder.

Ahí nació la gran anomalía histórica.

El capitalismo rojo
Hoy China tiene: multimillonarios, bolsas de valores, fábricas privadas, competencia feroz, gigantes tecnológicos, centros comerciales futuristas, y consumidores obsesionados con el lujo.

Pero al mismo tiempo: existe partido único, censura, vigilancia estatal, control político absoluto, y una planificación nacional dirigida desde Pekín.

Es decir:
China introdujo el capitalismo… sin desmontar el comunismo político.

O, dicho de otra manera: creó un capitalismo vigilado por un Estado comunista.

Muchos analistas llaman a esto: “capitalismo de Estado”.
Otros lo llaman “socialismo de mercado”.
Y algunos, con cierta ironía histórica: “comunismo capitalista”.

La diferencia fundamental con Occidente:
En Estados Unidos y Europa, las grandes empresas suelen influir sobre los gobiernos.

En China ocurre lo contrario: el gobierno influye sobre las grandes empresas. Y esa diferencia cambia todo.

En Occidente, un multimillonario puede desafiar públicamente al poder político y seguir operando normalmente.

En China, no necesariamente.

El caso de Jack Ma —fundador de Alibaba— fue una señal mundial. Después de criticar el sistema financiero chino, desapareció del escenario público durante meses y el Estado frenó operaciones multimillonarias de su conglomerado tecnológico.

El mensaje fue claro:
nadie está por encima del Partido Comunista.

Ni siquiera los magnates.

Mientras Occidente debate, China construye
Aquí aparece otra diferencia profunda.

Estados Unidos vive atrapado en ciclos electorales, disputas partidarias y decisiones de corto plazo.

China piensa distinto.

Pekín planifica a veinte o treinta años.

Mientras Washington discute presupuestos, China:  construye trenes de alta velocidad, levanta puertos gigantes, domina cadenas industriales, impulsa inteligencia artificial, controla minerales estratégicos, y se convierte en líder de autos eléctricos y energía solar.

Occidente suele moverse al ritmo del mercado.

China se mueve al ritmo del Estado.

Y los resultados están a la vista.

El milagro económico que cambió el planeta
En apenas cuatro décadas, China pasó de ser una nación agrícola empobrecida a convertirse en: la mayor potencia manufacturera del planeta, el principal exportador mundial, y el rival económico más serio que ha enfrentado Estados Unidos desde la Guerra Fría.

Cientos de millones de personas salieron de la pobreza.

Ciudades enteras surgieron prácticamente de la nada.

Donde antes había arrozales hoy existen megaciudades iluminadas por rascacielos, inteligencia artificial y redes 5G.

Ese crecimiento ha sido tan impresionante que incluso sus críticos reconocen que China protagonizó una de las transformaciones económicas más grandes de la historia humana.

Pero el precio también existe
El desarrollo chino no vino acompañado de las libertades políticas que Occidente considera esenciales.

En China: el internet está controlado, la censura existe, la vigilancia digital es masiva, las protestas tienen límites estrictos, y el Partido Comunista conserva control absoluto del sistema.

Ahí reside el choque filosófico central entre ambos modelos.

Occidente sostiene: sin libertad política no existe verdadera libertad.

China responde: sin estabilidad y prosperidad no existe orden social.

Dos visiones completamente distintas del poder y de la sociedad.

¿Quién vive mejor hoy?
La pregunta ya no tiene respuestas simples.

Estados Unidos sigue dominando: las finanzas globales, el dólar, Silicon Valley, las universidades de élite, y buena parte de la innovación tecnológica.

Pero enfrenta: polarización política, desigualdad creciente, deterioro de infraestructura,

y tensiones sociales internas.

China, mientras tanto: avanza en infraestructura, lidera manufactura, gana influencia comercial, y expande su presencia global mediante inversiones y megaproyectos.

Sin embargo, su modelo político continúa generando preocupación en sectores que temen el crecimiento de un capitalismo autoritario capaz de competir económicamente sin abrir espacios democráticos.

Durante décadas, Estados Unidos creyó que el desarrollo económico inevitablemente conduciría a la democracia liberal.

China rompió esa teoría.

Demostró que un país puede: enriquecerse, modernizarse, competir tecnológicamente, y convertirse en superpotencia…
sin adoptar el modelo político occidental.

Ese es el verdadero terremoto ideológico del siglo XXI.

Porque ya no se trata solamente de economía.

Se trata de demostrar qué modelo puede ofrecer: estabilidad, crecimiento, seguridad, y prosperidad en un mundo cada vez más incierto.

El dragón y el águila
La vieja Guerra Fría enfrentó capitalismo versus comunismo.

La nueva disputa es más compleja.

Ahora el mundo observa un duelo entre: el capitalismo liberal occidental, y el capitalismo autoritario chino.

El águila estadounidense todavía domina el cielo financiero y militar.

Pero el dragón chino ya aprendió a respirar fuego económico.

Y mientras ambos gigantes compiten por definir el futuro del planeta, el resto del mundo —incluyendo América Latina— intenta entender si el siglo XXI hablará inglés…
o comenzará lentamente a pensar en mandarín.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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