InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURAJUAN LUIS GUERRA HACE VIBRAR SANTALUCÍA SEVILLA FEST

JUAN LUIS GUERRA HACE VIBRAR SANTALUCÍA SEVILLA FEST

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SEVILLA. — Hay noches en que la piedra respira y el aire, de tan denso, se puede cortar con un cuchillo. La noche de este pasado fin de semana en la capital andaluza fue una de esas. El termómetro atrincherado por encima de los 30 grados no era clima, era un muro. Pero Sevilla, que sabe de penitencias y de fuegos, decidió que el sofoco no iba a ser una condena, sino el combustible.

El escenario: la monumental Plaza de España. Un templo de ladrillo y azulejo que Aníbal González levantó para la Exposición Iberoamericana de 1929 con la idea de abrazar a las antiguas colonias. Casi un siglo después, el abrazo se hizo carne, sudor y bachata.

El responsable del sortilegio no necesita más presentación que las cuatro letras de su apellido: Guerra. Juan Luis, el espigado maestro dominicano, plantó bandera con su orquesta 4.40 en el Santalucía Sevilla Fest. No cabía un alma más. Dieciocho mil personas —un «lleno absoluto» que en los papeles suena a cifra y en la realidad se traduce en una marea humana de caderas en movimiento— transformaron el monumento histórico en la pista de baile más hermosa y gigante de Europa.

La banda sonora de la nostalgia:
Sevilla no veía al dominicano desde 2017. Nueve años de ayuno que se rompieron de golpe cuando la sección de metales de la 4.40 rasgó la noche. El repertorio fue un bombardeo de nostalgia y vigencia. Porque lo de Juan Luis Guerra desafía las leyes de la física musical: sus canciones, con casi medio siglo a cuestas, no envejecen; se curan como el buen ron.

Sonaron los himnos obligatorios que habitan en el ADN de cualquier latinoamericano y de cualquier español con oído:

Como abeja al panal y Rosalía abrieron los fuegos del romance.

El costo de la vida y Visa para un sueño trajeron la crónica de la calle, esa denuncia social que Guerra envuelve en ritmos festivos para que duela, pero se baile. Las referencias a la crisis migratoria, la desigualdad Norte-Sur y las complejas políticas fronterizas de Estados Unidos resonaron con una vigencia que asustaba.

Ojalá que llueva café y El Niágara en bicicleta desataron el delirio colectivo de un público marcadamente migrante, repleto de banderas caribeñas y sudamericanas, que encontraron en la Plaza de España un pedazo de sus patrias perdidas.

Hubo también un espacio para la fe y la empatía. En un paréntesis entre tanto frenesí, el maestro detuvo el tiempo para lanzar un cable de luz hacia el otro lado del Atlántico: «Que Dios bendiga a Venezuela», soltó, aludiendo a las recientes emergencias que golpean al país caribeño. El aplauso fue unánime, un eco solidario que retumbó en los arcos de la plaza.

El clímax de la bilirrubina
Tras un falso final con Las avispas, la multitud se plantó en rebeldía. Nadie se mueve de aquí. Sevilla quería más fuego. Y la 4.40 regresó para el remate definitivo, una trilogía de infarto: A pedir su mano, Bachata rosa —cantada a dieciocho mil voces que eclipsaron la megafonía— y, por supuesto, La bilirrubina.

Ahí colapsó el orden público de la cordura. Los teléfonos en alto registraban el milagro, los cuerpos se olvidaron del calor y Sevilla, por un par de horas, dejó de ser la capital de Andalucía para convertirse en la provincia más calurosa, vibrante y hermosa de la República Dominicana.

Juan Luis Guerra se despidió con la humildad de los grandes, dejando la Plaza de España bendecida por el merengue y el eco de una noche en la que el Caribe y el Guadalquivir se fundieron en el mismo cauce.

-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-

rodriguezsluism9@gmail.com     https://teclalibremultimedios.com/category/portada

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